Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Expectativas Peligrosas
Eduardo García Gaspar
17 octubre 2017
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Parece ser una lección no aprendida. O una terquedad irremediable.

O, quizá, una esperanza alocada que los humanos no podemos evitar del todo.

Hablo de la esperanza política, de esa especie de ilusión intensa que deslumbra a tantos y que consiste en dar como ciertas a una serie de expectativas fantásticas, posibles solamente en caso de llegar al poder una cierta persona.

Es el traslado de la fe religiosa al terreno de la política, en el que Dios es sustituido por un ser humano común, pero que ha sido revestido de un aura especial: es un iluminado, un salvador, el que sabe más que el resto y el que todo lo puede hacer.

Todo lo que hace falta es colocarlo en la silla presidencial y el país será salvado por esta persona milagrosa. Que esta esperanza suceda una y otra vez es motivo de desesperación en cualquier mente razonable.

¿Qué piensa esa mente razonable? Que los gobernantes son gente común y corriente, ni peores ni mejores que el resto; no obran milagros, no son más sabios y sufren las mismas tentaciones que el resto; cometen las mismas faltas, se equivocan igual.

Esta aclaración me produce cierta vergüenza por lo obvia que es, pero es vital hacerla. Ninguna persona es todopoderosa, ni lo sabe todo, ni es moralmente intachable. Suponer que algún candidato es perfecto es una expectativa riesgosa (y, por supuesto totalmente equivocada).

Sin embargo, eso precisamente he visto en casos de personas que se han vuelto fanáticas incondicionales de uno de los casos de candidatos presidenciales en México. Como ha sucedido en otras partes con otras personas.

¿Qué más piensa esa mente razonable? Algo que es sabido pero que parece ser ignorado una y otra vez: el mejor sistema político en el que usted puede pensar es uno en el que no se tiene que depender de la perfección humana.

Es muy peligroso tener la expectativa de que es posible tener un mejor gobierno si uno se dedica a buscar a las personas perfectas, las pone a cargo del gobierno y ¡violà! el problema ha sido solucionado: el país tendrá la garantía de prosperar sin límite. Es más realista suponer la existencia de Batman que viene al rescate el país.

Es una expectativa en extremo riesgosa suponer que se ha encontrado a la persona perfecta y darle todo el poder para que haga y deshaga a su gusto en el país. El fundamentalismo se ve como moderado cuando uno habla con personas que así piensan.

Entonces, cualquiera que sea la forma de gobierno en la que alguien piense, que no sea ella la que coloca todos los huevos en la canasta de encontrar al ser perfecto y darle a continuación todo el poder político. Nadie es perfecto, nadie es absolutamente confiable. Todos tenemos fallas y defectos.

Más aún, si todos tenemos fallas y defectos, ellos tienden a amplificarse cuando se nos coloca en una situación de poder. El poder no solo tiende a agrandar nuestra imperfección corrompiéndonos, también nos hace soberbios y eso significa dejar de usar la mente. El poder atonta.

Lo que la mente razonable supone es una sana incredulidad ante quienes ambicionan el poder, con una máxima sabia «cuanto más ambicione el poder, más y más desconfía de él». El anhelo de poder es un mal signo en sí mismo.

La lección es razonable: no confíes en los gobernantes, no creas que son perfectos; sospecha de todos, especialmente de los que se colocan como salvadores nacionales y prometen sociedades perfectas. Hacer lo contrario es una expectativa peligrosa.

Recordar cosas tan de simple sentido común produce un cierto bochorno en cualquiera, pero es necesario recordar de tiempo en tiempo eso a lo que conduce la razón: no creas que existen personas perfectas y, si lo crees, no las lleves al poder. Hacerlo es quizá el peor riesgo que puedan correr millones de ciudadanos en un país.

La expectativa peligrosa, esa de poder encontrar a personas perfectas y colocarlas en el poder para que todos las obedezcan, es en su fondo un un asunto de ingenuidad y candor, de inocencia e ignorancia y que no es algo que afecte al menos educado solamente. Afecta a todos, en quizá la misma proporción, pero imagino que lo padezcan más los intelectuales.

Incluso entre personas que pueden ser las más sagaces en sus negocios, algo les sucede cuando se adentran en el terreno político volviéndose de una candidez pueril. O al estudiante que en clases aprende a usar su razón, pero que cuando habla de política se convierte en un crédulo extremo.

Porque esas expectativas peligrosas terminan por dar un poder ilimitado a quien, por el contrario, se debería mantener bajo un muy estricto sistema de control y rendición de cuentas.

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