Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Fanatismo, Dogmatismo…
Eduardo García Gaspar
20 febrero 2017
Sección: EDUCACION, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es irresistible hacerlo. Algunas cosas son así y no pueden resistirse.

Me refiero a la idea, más o menos frecuente, de que las personas religiosas son necesariamente fanáticas. Me refiero a, por ejemplo, opiniones como esta:

«El fanatismo es la renuncia a pensar, a tender puentes con el otro sobre la base del respeto a la diversidad. El fanatismo pretende imponer una sola forma de ser y creer, y para ello busca incluso eliminar a ese otro mediante la violencia; todo en el nombre de preceptos religiosos, políticos o morales, aunque en realidad lo que priva es la estupidez, la miseria humana que busca suprimir al otro» etcetera.com.mx

Tan vago en su fondo que de poco sirve, pero que asocia al fanatismo con preceptos religiosos (y de otros tipos). Da la impresión de definir como fanático a todo aquel que no piensa de cierta manera. En fin.

Entremos a la mente de una persona religiosa cualquiera, alguien que cree en Dios.

Necesariamente ella parte de una idea: su conducta debe ser en todo lo posible coincidente con lo ordenado por Dios. No creo que haya sorpresa en afirmar que el creyente piensa en su conducta tratando de hacer lo que sabe que Dios manda. Los Diez Mandamientos ilustran esto (junto con Las Bienaventuranzas).

La pregunta que surge de inmediato es la obvia: cuál es la razón por la que debo tener una conducta que respete lo que Dios manda. Para responderlas, tenemos una ayuda razonable, la del libro de Alasdair MacIntyre A Short History Of Ethics: A History Of Moral Philosophy From The Homeric Age To The Twentieth Century.

El creyente puede alegar tres razones, o, me imagino, una combinación de ellas:

La santidad de Dios, su infinita bondad, o su poder. Sea la razón que sea, alguna de esas o cualquier otra, la decisión del creyente tiene un fundamento y su conducta es lógica. Suponer que existe un ser superior, infinito, que suma la perfección absoluta, lleva a justificar el tratar de acoplar la conducta propia a esa creencia.

Es la misma racionalidad del ateo, quien supone que no existe ese ser supremo y, por tanto, no cree que debe adaptar su conducta a lo mandado por religión alguna (y si acaso se comporta de acuerdo con el mandato de alguna religión, lo que sucede, no es porque crea en Dios).

Ahora viene el paso importante: el poder o no concluir que al creer en Dios y seguir sus mandatos en lo posible, el creyente entra la campo del «incorregible dogmatismo religioso», como dice MacIntyre. No necesariamente.

Creer en Dios (como el no hacerlo) implica un cierto uso de la razón y ella no es cancelada inmediatamente después de usarla para creer o no creer. Seguramente, en algunos casos, podrá estarse cerca de ese extremo, pero no hay una orden para dejar de pensar.

Ni el ateo, ni el creyente, renuncian al uso de la razón después de su decisión de creer o no. No se vuelven dogmáticos ni fanáticos en automático y sin remedio.

Lo anterior es de ayuda para entender al fanatismo y su real esencia. Una definición común es esta:

«El fanatismo es el apasionamiento del fanático, una persona que defiende con tenacidad desmedida sus creencias u opiniones. Un fanático también es aquel que se entusiasma o preocupa ciegamente por algo». definición.de

Demasiado amplia para ser de utilidad. Cualquiera que tuviera ideas firmes y arraigadas sería considerado un fanático y sería blanco fácil de críticas por parte de sus opositores. Llegaría a pensarse que la tibieza intelectual sería la posición ideal, sin nada en qué creer con convencimiento (excepto en esa misma creencia).

Vayamos al dogmatismo, posible de definir como:

«[…] la tendencia de asumir ciertos principios o doctrinas de un modo absoluto y tajante, sin admitir cuestionamientos […] cuando estas carecen de comprobación práctica o demostración real, de lo cual se desprende el uso despectivo de la palabra». significados.com

Tampoco muy útil porque convierte en dogmático y malo a todo aquello que no sea sujeto a estudio científico, una creencia que en sí misma tampoco tiene comprobación demostrable. El ateo no podría demostrar en un laboratorio la inexistencia de Dios, como tampoco el creyente su existencia.

Pero quizá hayamos encontrado una rendija por la cual podamos llegar a un entendimiento más exacto del fanatismo y del dogmatismo, religioso o no: cuando existe una renuncia consistente y continua al uso de la razón, especialmente cuando se trate de justificar las propias creencias frente a argumentaciones contrarias o diferentes.

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