tolerancia

¿Es posible que exista algún tipo de intolerancia deseable y buena? La intolerancia es universalmente reprobada y combatida. Se le considera un vicio que debe erradicarse. ¿Lo es en absoluto? No realmente, hay casos de intolerancia que son bienvenidos.

Introducción

Cuando la tolerancia es colocada como el valor central de convivencia, en automático se reprueba toda intolerancia. Eso lleva a una pregunta inevitable.

¿Debe reprobarse toda absolutamente toda la intolerancia? ¿O puede haber situaciones en los que la intolerancia sea considerada deseable y buena?

Esta es la interrogante que explora Sheen. Pone en tela de juicio la noción de reprobar todo caso de intolerancia. Después de todo, la tolerancia no es el único valor que existe. También hay otros valores con los que ella debe compaginar.

Esta idea fue encontrada en el libro de Fulton J. Sheen, Old Errors, New Labels. Conviene recordar que esa obra fue publicada en los años 30 del siglo pasado.

Punto de partida: exceso de tolerancia

La idea aceptada es afirmar que se sufre de intolerancia, que lo que se necesita es más y más tolerancia. El autor pone en duda esa afirmación.

Más aún, dice que se sufre de exceso de tolerancia. Tolerancia del mal y del bien, del error y la verdad, de lo correcto e incorrecto. El problema no es uno de prejuicios, sino de mente abierta.

Síntomas del exceso de tolerancia

Es como un desperfecto, no moral, sino mental, que puede ser demostrado de tres maneras:

  1. la tendencia a resolver discusiones no con argumentos sino con palabras;
  2. la tendencia irrestricta de aceptar la autoridad de cualquiera en los asuntos religiosos; y
  3. el amor apasionado por las novedades.

Sheen, a continuación, amplía cada uno de esos síntomas del exceso de tolerancia, ese desperfecto mental. Lo hace en un contexto católico, pero con facilidad eso puede ampliarse a otros.

Sigue así su camino a responder si es posible que exista una intolerancia buena y deseable.

Argumentos reemplazados con palabras

La sustitución de argumentos con palabras es el abandono de demostraciones y razonamientos.

Las discusiones usan palabras, adjetivos; como negar a Dios llamándole «antropomórfico», o calificar a la Iglesia de «medieval» y «reaccionaria».

La falsa tolerancia que se tiene es demostrada claramente en esta sustitución de uso de la razón por la manipulación del lenguaje, bajo la idea de que el lanzamiento de una palabra al opositor lo descalificara por completo.

Es fácil proyectar este síntoma del exceso de tolerancia a otros campos, conociendo la frecuencia con la que las discusiones entre quienes piensan diferente hacen uso de palabras con connotaciones negativas.

Son palabras que se entienden como insultos y que persiguen asociar al contrario con significados reprobables.

La autoridad famosa y creíble

El segundo síntoma que propone el autor, para probar una tolerancia desmedida, es la

«presteza con la que muchas mentes aceptan como autoridad en cualquier campo a individuos que se convierten en autoridad famosa en un campo particular».

Cita ejemplos, como el del profesor que es una autoridad en fenómenos atómicos convertido en una autoridad acerca del matrimonio.

De quien sabe mucho sobre luminosidad y se le da autoridad en materia de inmortalidad. De un inventor de automóviles que se piensa es una autoridad en la relación entre Budismo y Cristianismo.

Es un fenómeno periodístico que no reconoce límites de conocimiento y supone que cualquiera con un conocimiento científico de Astronomía es también una autoridad en Historia.

La Religión es también una ciencia, «a pesar del hecho de que algunos la hagan solamente un sentimiento», y tiene derecho a ser atendida oyendo a sus autoridades propias.

La falsa tolerancia ha creado la situación de quienes creen que la intolerancia es buena y deseable en sus terrenos. Pero que se vuelven tolerantes en lo que desconocen.

No se llama a un miembro de alguna religión para reparar tuberías, ni a un oculista para reparar el ojo de una aguja, ni a un tenista para saber la autenticidad de una pintura.

Y, sin embargo, en el asunto más importante, el de la Religión, se está dispuesto a escuchar al que sea.

¿No debe acaso solicitarse que quien opina sobre el tema deba conocer sobre él, que a quien se le otorgue autoridad para hablar de religión tenga conocimientos correspondientes a los de esa autoridad?

De nuevo, este síntoma del desperfecto mental, puede proyectarse a otros campos fuera de la religión. No es infrecuente escuchar opiniones económicas de celebridades artísticas, por ejemplo. Ni propuestas de leyes por parte de cantantes pop.

Amor por lo nuevo

Otra demostración del desperfecto de la razón, la tercera, es la «pasión por la novedad» como una postura contraria al «amor por la verdad».

El autor comprende esto como la atención desmedida a la popularidad, a las últimas y más nuevas ideas, cuando la víctima es la verdad. «La acidez de la modernidad carcome los fósiles de la ortodoxia», como lo expresa Sheen.

Cuando las cosas se entienden como modas que van y vienen, la verdad es vista así y tomada como algo ya pasado. Lo que ahora cuenta es la tolerancia y la aceptación de la última moda que se haya convertido en masiva.

Es una mutación de la verdad, ahora hecha equivalente a moda y que, por tanto, cambia con el tiempo, siendo por definición verdadero aquello que es lo más novedoso.

Es una culminación necesaria de quienes ven a su alrededor a algunos diciendo unas cosas y otros, otras, lo que les sirve para concluir que la verdad no existe. Solo existe lo nuevo y popular, definiendo al progreso como la aceptación de lo nuevo que siga y el rechazo de lo nuevo anterior.

También aquí, la idea del autor puede ser usada en otros campos en los que lo nuevo aturde a la razón. Esta es el tercero de los síntomas que le llevan a probar que hay situaciones en las que es bienvenida.

Cuando la intolerancia es buena y deseable

Lo anterior es lo que lleva al autor a pedir intolerancia, a reclamar la distinción entre lo bueno y lo malo. Y parte de esa distinción es el uso correcto e incorrecto de la tolerancia.

Para algunos, la intolerancia es, sin excepciones, mala, un sinónimo de odio, estrechez mental y prejuicios. Son quienes sostienen que la tolerancia es buena siempre, un sinónimo de apertura mental, compasión y caridad.

Esto lleva a la definición de tolerancia como «[…] una actitud de paciencia razonada ante el mal y de sosiego que nos pone frenos para mostrar enojo o infligir castigo».

¿Con quién ser tolerantes?

Pero la definición no es tan importante como el con quién usarla. La tolerancia se usa con las personas, dice Sheen, nunca con la verdad. La verdad necesita intolerancia, pero no las personas.

Lo que sucede no es un sufrimiento por existir intolerancia, sino por tolerancia ante la verdad y el error. El exceso de tolerancia del que habló al principio.

La caridad y la compasión llevan a la tolerancia personal, pero ella no es aplicable a la verdad. La intolerancia así entendida es el cimiento de toda estabilidad.

Concluyendo

Siempre es sano poner en tela de juicio a las ideas tomadas como dogmas inapelables que se blindan contra críticas y estudio. El reclamo de tolerancia creciente es una de ellas.

Pero ya que la tolerancia no es el único valor que existe, entonces se entiende que ella debe jugar conjuntamente con otros valores. Y es eso precisamente lo que hace necesaria la pregunta de si es posible que existe una intolerancia que sea deseable y buena.

Y esa es la gran aportación de Sheen: explicar con demostraciones razonadas que la tolerancia, como se entiende ahora, muestra un error en la forma de pensar.

Así puede refinarse la noción de tolerancia y cuándo es aplicable, porque existen ocasiones en las que lo que se necesita es lo opuesto.

Con una adición valiosa: explicar la paradoja de que quienes llaman a la tolerancia se muestran demasiadas veces intolerantes.

Y unas cosas más…

Conviene ver también

Sobre el libro usado en esta columna:

Old Errors and New Labels

Old Errors and New Labels by Fulton J. Sheen
My rating: 4 of 5 stars
Con un estilo elegante, a veces complicado, publicado en 1931, el autor presenta una evaluación de «ideas contemporáneas en el campo moral, religión, ciencia, evolución, sociología, psicología y humanismo» usando un enfoque de sentido común.
Con eso intenta mostrar que lo que «a menudo es llamado “moderno” es solamente una nueva etiqueta de un error viejo y lo que es calificado como “pasado su tiempo” es en realidad “más allá del tiempo” y fuera de modas, como la verdad y la tabla de multiplicar».
Con este enfoque trata temas como el agnosticismo, el ateísmo, el conductismo y otros muchos temas, como las declaraciones teológicas de A. Einstein y la noción de la tolerancia. En fin, un festín de sentido común que apunta con precisión esos errores viejos bajo el disfraz de nuevos nombres.
Habiendo sido obispo católico, Sheen incluye amplios comentarios pertinentes sobre la religión en cada tema, mostrando una inteligencia fuera de serie.
Muy recomendable para quienes se precian ahora de ser políticamente incorrectos. Más el hecho de haber sido escrito hace muchas décadas, lejos de empobrecer al libro, lo hace aún más interesante.
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[La columna fue revisada en 2019-12]