Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Desdicha de Nuestros Días
Eduardo García Gaspar
28 marzo 2017
Sección: ETICA, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es un problema fascinante, una situación digna de examinar.

Se trata de la diferencia entre protestantes y católicos. Interesante en sí misma y, más aún, por las consecuencias en otros campos en estos días.

Comencemos por el principio. Puesto de manera sencilla, en cuanto al tratamiento dado a las Sagradas Escrituras, los protestantes creen que ellas pueden ser interpretadas por ellos mismos, cada uno, y son ellas la máxima autoridad religiosa.

Por su parte, los católicos adjudican a la más alta jerarquía religiosa la interpretación de las escrituras, es decir, los fieles no pueden hacer interpretaciones autónomas. La autoridad de la Iglesia Católica se encuentra justificada en esas escrituras y en la tradición (el cúmulo de escrituras de los padres de la iglesia, los documentos conciliares y papales).

La diferencia real no es tan simple como puede aparentar lo anterior, pues con dosis variadas los protestantes dan importancia a pensadores católicos de los primeros tiempos al igual que los católicos. Y los católicos dan cierta cabida a interpretaciones personales congruentes con la enseñanza aprobada.

Esta situación es realmente fascinante.

Bajo una manera de pensar, la interpretación es dejada a la persona individual confiando en la recta conciencia de ella. Representa una carga fuerte sobre los hombros de la persona, la que se obliga a hacer una interpretación honesta y verdadera; jamás acomodaticia.

Bajo la otra manera de pensar, la interpretación última de las escrituras es confiada en una autoridad alta, competente en esos menesteres y la que se encarga de instruir a sus fieles en el correcto significado de los textos sagrados.

¿Qué sucederá en cada caso? Resulta razonable pensar en las posibilidades siguientes.

Cuando la interpretación es dejada a la libertad personal, seguramente sucederá una multiplicación de «iglesias», cada una formada por personas que piensan de manera similar. Los números varían, sin embargo, muestran esa multiplicidad complicada por falta de definición.

Cuando la interpretación es centralizada no se tendrá esa multiplicación de «iglesias», aunque no dejará de tenerse el problema de interpretaciones rivales, las que son examinadas centralmente para arribar a conclusiones. Las creencias del arrianismo son un ejemplo temprano de una interpretación diferente y que fueron rechazados en el Concilio de Nicea I.

Lo anterior puede resultar un motivo de desgano y de aburrimiento para muchos y, sin embargo, tiene su fondo. Algo que es importante en nuestros tiempos.

Cuando, en tiempos pasados, las ideas y creencias morales sobre el bien y el mal estaban determinadas por el pensamiento judeo-cristiano, protestante y católico, se vivía bajo un consenso moral aceptado por la inmensa mayoría.

Las cosas se complicaron al plantearse una posibilidad. ¿Es posible tener ideas morales sobre el bien y el mal sin la intervención cristiana? ¿Pude tenerse una moral creada por la razón humana sin recurrir a la religión cristiana?

La respuesta fue afirmativa, sí es posible. Las personas libres e ilustradas, al menos ellas, lo podrían hacer. Ellas crearon sus reglas, con grandes aspiraciones y valores, pero eran diferentes. Y se produjo lo obvio: cualquiera podía crear sus reglas.

El resultado del intento es lo que estamos viviendo ahora, la explosión de posibilidades morales y religiosas, lo que Charles Taylor llamó «efecto nova», la multiplicación estrepitosa de alternativas. No muy diferente a la multiplicación de denominaciones protestantes.

Esto es lo que vivimos en nuestros días, algo que coloca en una nueva posición al Catolicismo y al Protestantismo. Están ellos ahora colocados cada uno como una de las múltiples alternativas morales y espirituales, con una desventaja: ellas recurren a la ayuda de la Sagradas Escrituras lo que no es precisamente muy popular.

Más una faceta de terribles consecuencias, la mutación gubernamental que lleva a llenar el vacío religioso con la autoridad estatal convertida en jurisdicción moral-religiosa. Esta, creo sinceramente, es la desdicha de nuestros días: la moral que cambia según caprichos de popularidad del gobernante frente a grupos de presión.

Post Scriptum

Para esta columna usé la obra de Bellitto, Christopher M. The General Councils: A History of the Twenty-One General Councils from Nicaea to Vatican II. New York: Paulist Press, ©2002.

López Obrador, el candidato a la presidencia en México, como un ejemplo entre muchos, ha propuesto la elaboración de una Constitución Moral, elaborada por consenso de representantes sociales seleccionados, bajo la coordinación de su gobierno. Es decir, su gobierno se adjudicaría la responsabilidad de determinar el bien y el mal, una modalidad de la teocracia bajo ropajes democráticos. El poder de las iglesias, del que tanto se quejaron, ahora lo tiene el gobierno.

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1 comentario en “La Desdicha de Nuestros Días”
  1. Celia Palacios Dijo:

    Más interesante para mí fue la forma en que el autor abordó la cuestión (muy suscintamente) y que fue variando el foco de atención hasta terminar ¡en López Obrador!

    En cuanto a sus preguntas cuasifinales «¿Es posible tener ideas morales sobre el bien y el mal sin la intervención cristiana? ¿Puede tenerse una moral creada por la razón humana sin recurrir a la religión cristiana?», mi respuesta es que sí para unos, y no para muchos.

    Me explico: No todos los hombres necesitan de un marcador de moralidad, o unas reglas escritas, o la autoridad (válida o no) de libros, santos, sabios, etc. El verdadero hombre libre solo escucha su propia voz interior, que no es de complacencias ni de frivolidades acomodaticias, sino es la voz del alma que responde a los valores más altos de bondad, belleza, justicia y verdad.

    Pero (y ahí está el quid) no todos los hombres son capaces de escuchar su propia voz del alma… y por eso requieren de autoridades externas que les marquen el camino, como las de las muchas iglesias que existen, desde la más vieja (con todos sus vicios y virtudes) hasta las más novedosas que supuestamente se adecuan a la nueva espiritualidad del hombre moderno.

    A mi vez, yo quiero preguntar al autor de este artículo sobre sus conclusiones después de leer el libro de Bellitto que menciona. ¿No le dio escozor leer sobre tantos acuerdos acomodaticios de cada época para responder, no a la verdadera naturaleza y bienestar del hombre, sino a los intereses claramente ambiciosos de los hombres de la jerarquía católica?

    Eso sí, para mí es diferente el mensaje “cristiano” de los hombres de la jerarquía católica, del fervor del «cuerpo de Cristo» (llámese el pueblo) y de los cristianos reales que comulgan con el mensaje profundo y esotérico de los Evangelios.





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