Identificador de tema. Ética: vacío moral.

La libertad necesita religión. La necesita como brújula que guía el camino. La libertad se pierde fácilmente si ella no es guiada por creencias religiosas.

Introducción

¿Es la religión algo necesario o inconveniente para la persona libre?¿Son deseables las creencias religiosas en una democracia? Existen juicios que responden con una negativa contundente.

Otros piensan diferente. Creen que la libertad necesita religión.


Alexis de Tocqueville tiene una respuesta persuasiva. La idea contenida aquí está tomada de La Democracia en América, volumen II, capítulo V, Aguilar, Madrid, 1989, pp. 48-53.


Las creencias son guías importantes

El primer punto de este autor es dar un papel vital a las creencias. Las personas necesitamos creer en algo, necesitamos tener ideas.

Todos nuestros actos tienen orígenes en las ideas que tenemos de la naturaleza del alma, de nuestros deberes, de las relaciones entre los hombres, de Dios.

Sin esas ideas, sin esas creencias, nuestros actos serían desordenados e impotentes. Las ideas que tenemos guían nuestra conducta, orientan nuestras decisiones.

No es posible que cada persona cree esas guías

Sin embargo, no podemos desarrollar en lo individual todas las ideas. Ese desarrollo es una cuestión de mentes excepcionales a través de mucho tiempo, con experiencias acumuladas.

Los seres normales, cada uno individualmente, no tenemos el tiempo de descubrirlas. Nuestra vida diaria las requiere, pero nuestras tareas cotidianas nos lo impiden. Esas ideas y creencias provienen de autoridades. Una de esas autoridades es la religión.



El papel de las religiones

Como segundo paso, Tocqueville habla del papel de las religiones en estos asuntos. ¿Qué es lo que ellas pueden aportar para darnos las ideas que necesitamos para actuar en libertad?

Dice que el objetivo y ventaja de las religiones es que ellas nos proveen de soluciones precisas e inteligibles en estas cuestiones. Es decir, nos dan creencias e ideas. Guían nuestras acciones. La libertad necesita religión.

Por falsa y absurda que sea una religión, si ella no impide el libre desarrollo del espíritu, tiene la enorme ventaja de imponer un yugo saludable a la conducta humana.

Tal vez no salve a los hombres en el otro mundo, pero al menos será útil para que logren su felicidad en este.

La conclusión de los dos pasos anteriores resulta natural. Si se destruye a la religión, se destruyen ideas y creencias que no pueden ser creadas por cada persona aisladamente. Y la libertad necesita la guía de esas religiones.



El escenario sin esas creencias

Al destruirse ideas y creencias, las mentes de los hombres se llenan de duda y de confusión.

Los hombres tendrían nociones enredadas y cambiantes, desordenadas. La consecuencia de eso es el aflojamiento de las voluntades.

Los hombres estarían preparados, sin creencias, para la servidumbre. Abandonarían su libertad por ellos mismos. Sin ideas y sin creencias, las personas nos daríamos a un amo.

No soportaríamos una libertad sin la guía que dan las ideas y creencias. Si la persona no tiene fe tendrá que ser esclava y si es libre tendrá que creer en algo. La libertad necesita religión para conservarla.

Tocqueville duda de que la persona pueda soportar al mismo tiempo la total independencia religiosa y la entera libertad política.

Las personas desarrollamos un gran gusto por los bienes materiales cuando vivimos en regímenes democráticos y solemos ocuparnos mucho más de nuestros intereses personales que del bienestar ajeno.

Precisamente en esto se ven las ventajas de las religiones. Ellas inspiran sentimientos contrarios a esas tendencias. Ellas llaman a los hombres a despegarse de lo terrenal y a demostrar su amor por los demás.

Su opinión es humana

Tocqueville se encarga expresamente de señalar que sus opiniones sobre la influencia de las religiones son hechas desde un punto de vista enteramente humano.

Lo único que le interesa es ver el efecto de las religiones en las sociedades, especialmente en los regímenes democráticos. Y, hasta aquí, su análisis da resultados positivos.

Esas ideas orientan la mente, fomentan la libertad e impiden excesos de goces y egoísmos materiales. Imponen límites a la libertad.

Las religiones tienen una influencia beneficiosa en la sociedad porque dan ideas y creencias a los hombres. Cosas que se necesitan para guiar a la libertad con la que actuamos. La libertad claramente necesita religión.

Théodore Chassériau - Alexis de Tocqueville“Théodore Chassériau – Alexis de Tocqueville” by irinaraquel is licensed under CC PDM 1.0

Otras consideraciones

A lo anterior, el autor añade otra serie de importantes consideraciones. Se refieren al acomodo de las religiones dentro de la sociedad. Y, más que consideraciones, son recomendaciones para el éxito de las religiones entre los hombres.

Debe recordarse que a Tocqueville le interesa que las religiones tengan influencia en la sociedad. Que ellas provean de ideas y creencias a los hombres. Que esas creencias apoyen la libertad, pero imponiendo sobre ella un saludable yugo.

Religiones dentro de su campo

El primer tipo de recomendación es sencillo. Las religiones deben mantenerse dentro de sus límites naturales para tener éxito al poner guías a la libertad.

Si acaso rebasasen esos límites se arriesgarían a no ser creíbles. Por ejemplo, el Corán es una serie de creencias e ideas, pero también contiene reglas políticas, leyes y hasta teorías científicas. El límite es rebasado.

Por el contrario, el Evangelio cristiano sólo contiene ideas generales sobre las relaciones de los hombres entre ellos y con Dios.

Dice el autor que por esas características el Corán no podrá tener vigencia en épocas ilustradas, como sí la tendrá el Evangelio. Todo por salirse de los terrenos propios de la religión.

Religiones y democracia

¿Cómo puede salirse una religión de su terreno? La contestación de Tocqueville se fundamenta en los rasgos de las democracias. El gusto por el bienestar material es parte de la esencia democrática.

La religión que vaya contra ese gusto y quiera destruirlo, terminará por destruirse ella misma.

Las religiones se equivocan si quieren apartar al hombre del bienestar material, pero sí pueden persuadirlo de enriquecerse por medios honestos. Y convencerlo de usar su fortuna sabiamente.

La religiones purifican, regulan y restringen el gusto desbordado por lo terrenal, pero fracasarían al intentar desaparecerlo.

La religiones deben respetar los instintos democráticos que no le sean contrarios. Incluso deben ayudarse de ellos para luchar con éxito contra el exagerado espíritu de independencia individual que es su peor enemigo.

La libertad necesita religión: el papel de los sacerdotes

Tocqueville toma como ejemplo a los sacerdotes americanos de ese tiempo.

Esos sacerdotes se apartan de los asuntos políticos. No entran en discusiones con los partidos. Son discretos. Se alejan de las formas exteriores para presentar ideas y creencias sencillas y claras sobre el espíritu humano.

Esos sacerdotes consideran importantes, pero secundarios, los logros materiales. No impiden el enriquecimiento y aplauden los logros de la industria.

Enseñan al otro mundo como el objetivo mayor, sin impedir el logro honesto del bienestar en la vida temporal.

Las formas exteriores de la religión

La segunda recomendación a las religiones se refiere a las formas exteriores.

No conviene a las religiones llenarse de prácticas ceremoniales externas. En los tiempos democráticos eso se ve vacío y artificial. Las formas exteriores son necesarias, pero sin exageración.

La religión que cometiera este error se vería con un muy número reducido de fieles. Los ritos exagerados dejan frío al hombre que comprende la importancia esencial de la religión.

Concluyendo, la libertad necesita religión

En resumen, Tocqueville cree necesarias a las creencias religiosas porque orientan actos humanos. La libertad necesita religión.

Esa orientación es un apoyo a la libertad personal. Y aconseja a las religiones, para que tengan ese efecto positivo, concentrarse en las creencias, sin caer en excesos de formas, ni mucho menos, en áreas fuera de su esfera.

En otras palabras, aconseja seguir más a las verdades eternas que a los artículos secundarios de fe.

Con creencias se puede ser libre. Sin creencias se es siervo.

La libertad necesita guías que sirvan de brújulas a las libres decisiones humanas. Si esas guías para usar la libertad se perdieran, las personas estarían a la deriva.

Sí, la religión es especialmente útil y necesaria para las personas que viven en libertad, como en las democracias. La libertad necesita religión.



Y unas ideas más…

[Actualización última: 2020-12]

La libertad por fuerza necesita ética

La libertad por fuerza necesita ética. Defender a la libertad implica defender a la moral. Promover a la libertad sin promover un código moral es irracional, destruye a la libertad misma.

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Introducción

Hay defensas de la libertad que proponen que ella es la liberación de todo código moral. Que sostienen que la libertad real es la renuncia a todo principio ético.

Eso es imposible e incongruente. Existe una conexión íntima entre libertad y ética o moral. Una no puede sobrevivir sin la otra.

Defender a la libertad es también defender a la ética

La libertad bien cimentada y defendida comienza con un código moral que afirma que la libertad es buena y la no-libertad es mala. Lo que promueve a la libertad es deseable y lo que la ataca es indeseable.

Esta premisa es inevitable y es ética. Si no se supusiera que la libertad es buena no habría razón para defenderla. Esto es un juicio de valor que significa un principio moral.

Libertad simple

En su interpretación simple la libertad se ha entendido como un «puedes hacer lo que te venga en gana mientras no alteres mi libertad y yo puedo hacer lo que quiera siempre que no altere la tuya».

No está mal como principio simple pues muestra una aplicación práctica de relaciones entre humanos. Usted puede abrir el negocio más alocado que quiera y yo no voy a frenarlo; al igual que usted no va a alterar mi libertad para drogarme si así lo deseo.

Esto tiene una faceta muy clara en los mercados libres reprobando al intervencionismo, por ejemplo. O bien, aprobando la libertad de expresión, incluso para decir idioteces.

Hasta aquí el respeto a la libertad, considerada moralmente buena, es relativamente simple. La no existencia de frenos externos a la persona, conocida con el desafortunado nombre de:

«Libertad negativa (o derecho negativo) es aquella que se define por la ausencia de coacción externa al individuo que desee realizar un curso de acción determinado. El individuo A que pretende realizar un curso de acción X, es libre si y solamente si, no existe un Y tal que impida que A realice X. Se siente libre de hacer lo que quiera sin que nadie le diga qué hacer; es, en pocas palabras, independiente.» es.wikipedia.org

No creo poder agregar mucho más que eso para definir la mentalidad esencial de quienes defienden a la libertad entre personas, pero sí creo que las relaciones entre las personas son solo una parte a examinar.

La otra es la persona misma, su interior. La libertad de la persona misma, considerando que el ser libre es bueno. Esta calificación de la libertad como algo moralmente positivo muestra la innegable conexión con la ética.

Defender a la propia libertad

Si la libertad es éticamente buena eso debe tener algún efecto en la persona misma, y no solamente en sus relaciones con otras. Si no debo anular la libertad de los demás, es obvio que tampoco debo anular la mía propia.

Si la persona es libre, eso tiene que tener algún significado, comenzando por el obvio: ella debe ejercer su libertad de manera que la conserve. Perderla sería indeseable, malo.

Eso al menos me manda a creer que debe creerse que la vida es buena porque en ella se realiza la libertad. Por tanto, matar a alguien es malo, igual que robarle. Y será malo lo que la persona se haga a sí misma que se rebaje su libertad.

Si se reprueba lo que otros puedan hacer para obstaculizar mi libertad, sería lógico que también fuera reprobable lo que yo haga para perder mi propia libertad.

En la relación que yo tengo conmigo mismo tengo la obligación de no perder por mi mismo esa libertad que poseo. Una conexión poco comentada en las defensas de la libertad y que muestra su íntima relación con la ética y la moral.

Dos preguntas adicionales

Sé que los demás no pondrían obstáculos al consumo de drogas de otros, al menos bajo un régimen liberal ortodoxo. Pero esto plantea dos asuntos que deben responderse.

  1. ¿Pierdo libertad usando drogas o haciendo otras cosas similares?

Si la respuesta es positiva, se deduciría una regla moral liberal: hacer esas cosas es reprobable y la persona debe evitarlo porque pierde su libertad (lo que no significa la prohibición estatal).

  1. ¿Si pierdo libertad haciendo ciertas cosas, no habrá acaso personas a las que eso preocupe?

Quizá la familia o los amigos reaccionen así e intenten persuadirme de dejar de hacerlo. Es difícil suponer un total desinterés de todos con respecto a lo que uno haga y que cause la pérdida de la libertad propia.

Un esquema explicativo

Lo dicho antes puede verse así:

Es bueno y deseable que la persona A respete la libertad del resto.
El bueno y deseable que el resto respete la libertad de A.
Por tanto, es bueno y deseable que A respete su propia libertad.
De lo que se sigue que es malo e indeseable que A realice actos que le hagan perder su libertad y que será conveniente que el resto ayude a A a no perderla por iniciativa propia.

Conclusión

La idea de que el defensor de la libertad debe concentrase en defender la libertad de otros es solo una parte de su argumento. La otra parte es defender su propia libertad personal.

Sería absurdo defender la libertad de otros mientras no se defiende también la propia. La libertad es buena y merece defenderse, y eso es un principio moral inevitable.

Esto lleva a una respuesta de hace varios siglos, el énfasis en la virtud de la propia conducta. Esto es la capacidad de autogobierno propio reconociendo principios que tienen como deseable a eso que mantiene libres a las personas.

Creo que lo que he dicho es un olvido sustancial de la defensa tradicional de la libertad y que supone que todo lo que debe hacerse es no impedir que otros hagan lo que les venga en gana.

También ellos mismos deben entender que no deben hacer eso que les haga perder su libertad.

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