Las campañas electorales son sucias. Las estrategias de campañas electorales son cuestionables. Están llenas de engaños, bajeza y ataques. La democracia es menos pura de lo que se piensa. Una idea de J. Greenfield.

Introducción

Tantos elogios recibe la democracia que llega a tener connotaciones celestiales. Tantas cosas buenas se dicen de ella que disfruta de una aureola angelical.

La democracia ha sido transformada en una utopía. ¿Lo es? Desde luego que no. La democracia no es tan limpia como se cree. Pocas cosas tan ilustrativas para conocer los serios defectos de la democracia como las elecciones. Son sucias y tienen estrategias indeseables.

La idea tomada para esta columna es del libro de Greenfield, Jeff, Playing To Win: An Insider’s Guide To Politics. New York. Simon and Schuster. Chapter II «Understanding the political terrain and the eternal principles of politics», pp. 32-57.

Estrategias de campañas electorales exitosas

La intención del autor es mostrar la realidad de los partidos políticos y las elecciones democráticas. Con esa información concluirá algunos principios que derivan en estrategias electorales ganadoras para cualquier candidato. Estrategias de campañas electorales exitosas.

Empieza afirmando que los detalles de las tácticas electorales no pueden ser proyectadas de una campaña política a otra. Sin embargo, según él, sí hay principios que se mantienen vigentes.

El candidato debe ser conocido

Uno de esos principios es claro y hasta obvio. Quien seriamente tenga la intención de tener una victoria electoral tiene la preocupación clara de ser conocido y mantenerse en la boca del ciudadano.

Sólo aquellos candidatos que son capaces de capturar la atención nacional tienen probabilidad de ganar una presidencia. El nombre del candidato tiene que ser conocido, muy conocido, si es que él quiere tener probabilidades razonables de ser elegido.

Una de las estrategias más importantes de campañas electorales, si no la mayor.

Las campañas electorales son sucias

Sigue Greenfield con su análisis para hacer otra afirmación, derivada de su experiencia personal y de la historia electoral americana. No hay campañas políticas que sean limpias y de caballeros.

Una campaña electoral es en realidad una operación de guerra con estrategias que persiguen un solo objetivo, ganar. No hay resultados intermedios, se gana o se pierde.

Eso produce un estado mental, al que se añade un elemento que eleva las tensiones de campaña.

Los candidatos tienen enemigos claros, abiertos y conocidos. Los candidatos están plenamente conscientes de que en alguna parte hay gente trabajando directamente para derrotarlos.

Ganar lo es todo

Dentro de una campaña electoral no hay posibilidad de que exista la objetividad.

Todo se supedita al objetivo de ganar. Se crea por tanto un cuadro mental en cada candidato. Quien de verdad aspira a un puesto de elección popular entiende todo suceso desde el punto de vista de su campaña.

Si gana un cierto equipo de fútbol, ¿es eso bueno para la campaña? Si hay una inundación, una sequía, cualquier cosa, el candidato va a examinar el hecho bajo el criterio de si eso le ayudará o no a su victoria.

El gozo del daño ajeno

La cosa empeora con otro hecho relacionado. El candidato va a gozar de todo ataque que sufra su enemigo, por pequeño que sea y por injusto que sea.

Y va a sufrir indeciblemente todo ataque que él reciba, aunque sea el más pequeño ataque y la más razonable crítica, dirá que todo es inmerecido.

Comienza a comprenderse el por qué las campañas electorales son sucias y las estrategias exitosas electorales, cuestionables.

Estados mentales exaltados

Una campaña electoral, por tanto, produce estados mentales muy exaltados en los candidatos y sus equipos.

La intensidad del ambiente electoral es enorme en esas personas. Eso es lo que según Greenfield explica los horrendos y terribles ataques que se dan entre los candidatos. Los sucio de las campañas electorales se ve ya mejor.

Más aún, el autor señala otro elemento que hace más extremas las mentalidades de los candidatos y sus equipos electorales. Desde su punto de vista, es una realidad que la victoria de cualquiera de los candidatos contrarios representa una amenaza seria y fuerte para toda la sociedad.

Los temas de campaña

Además de la cuestión del estado mental, están los temas de campaña, los asuntos electorales. Esos temas son las cuestiones de mayor importancia.

Todo candidato que considere seriamente su posibilidad de ganar debe conocer los temas, conocerlos bien y aprovecharlos de la manera más efectiva, sin importar su personalidad.

Símbolos sustituyen conocimiento

Debe estar informado e interpretar esa información en argumentos a favor de su candidatura. Esta es una de estrategias campañas electorales más básicas.

Pero el conocimiento de los temas de campaña no es suficiente.

Hay otro aspecto que es crítico. Greenfield lo llama manipulación de símbolos.

No es realista esperar que el ciudadano promedio lea la plataforma electoral de los candidatos, haga un análisis comparativo y decida su voto de manera enteramente racional y objetiva. Por esto, los candidatos emplean símbolos.

Los símbolos han estado siempre presentes, desde las primeras campañas políticas. Los símbolos son el sustituto del conocimiento de la plataforma del candidato.

El más conocido de los símbolos es la identificación del candidato con la gente común, de manera que el candidato no sea percibido como parte de una elite arrogante y alejada del votante. Una estrategia de campañas electorales exitosas.

Para esto, el candidato busca posturas, gestos, imágenes, vestimentas que sean congruentes con la imagen que quiera dar, y puede cambiarlos con cada auditorio que enfrente.

Todos los candidatos usan símbolos. Es imposible pensar en un candidato que no haga uso de símbolos. El punto principal es obvio, el candidato tendrá que buscar los símbolos adecuados, esos ante los que el electorado responda mejor.

Campañas electorales, son guerra sucia

Las elecciones son una campaña de guerra. Una buena ofensiva es mejor que una buena defensiva. El ataque es el arma política de mayor calibre.

En una elección es axiomática la existencia de al menos un enemigo y, por tanto, los ataques a ese enemigo son racionalmente buenos, además de esperados.

Esa guerra hace que ninguna campaña pueda ser un juego con reglas justas y caballerosas. En una campaña se enfrenta a enemigos reales, personas que de tiempo completo trabajan para atacar al candidato.

Sí, las campañas electorales son sucias. Es parte de su naturaleza.

Campaña electoral sucia, atacar al enemigo

Dice el autor que existe otro principio fundamental de campaña. Años de experiencia enseñan que es más fácil mover al electorado en contra de algo que a favor de algo.

Greenfield abiertamente señala su fascinación ante el hecho de que ninguna idea por noble, buena e idealista que sea, carece de enemigos. ¿Cómo aprovechar esto en contra de los candidatos opositores?

Haciendo que el candidato contrario sea identificado por el electorado con posiciones que sean reprobables para el público. En campañas políticas, la manera más cierta para ganar es identificar al oponente con puntos de vista y posiciones que son anatema para los votantes.

Un ataque a un candidato puede decidir una elección sin necesidad de que el atacante haya desarrollado una posición propia. Otra estrategia muy frecuente de campañas electorales.

Concluyendo

Las facetas de campaña electoral democrática que apunta el autor sirven para prevenir al defensor de la democracia. Ella no es lo celestial y perfecta que puede llegar a imaginar. Las campañas electorales son sucias.

Las elecciones son un escenario de lucha en la que se tiene un solo ganador y eso no es precisamente una causa de reposo y sosiego, al contrario.

Y una cosa más…

La columna fue originalmente publicada en 1997. Aquí se presenta con pocos cambios.

[La columna fue revisada en 2019-06]