Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Memoria Colectiva
Eduardo García Gaspar
11 mayo 2017
Sección: EDUCACION, POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La definición estándar de memoria colectiva es la de

«[…]los recuerdos y memorias que atesora y destaca la sociedad en su conjunto […] los procesos sociales de memorización colectiva, se componen de combinaciones de imágenes, ideas o conceptos y representaciones. La memoria colectiva es compartida, transmitida y construida por el grupo o la sociedad» es.wikipedia.org

Un algo abstracto, colectivo, que se encapsula en manifestaciones como los monumentos históricos del país, o los contenidos de la historia enseñada en las escuelas públicas, o las celebraciones nacionales.

La memoria colectiva es el conocimiento de la historia que tiene en común la sociedad de un país. Realmente una metáfora que carece de exactitud histórica y descansa en una simplificación de sucesos pasados.

Tiene su aplicación práctica en la construcción de la identidad nacional, lo que ha originado sarcasmos, como el de entender a una nación como esa serie de personas a las que une una visión equivocada de su pasado (más el odio a sus vecinos).

Sin duda, la memoria colectiva ayuda a crear nacionalismo, ese sentimiento de pertenencia a una nación con un pasado común y, más aún, tiene utilidad política para ensalzar al Estado y ampliar su poder.

Pero lo más interesante de la memoria colectiva es su simplificación histórica como requisito inevitable para ser memorizada en expresiones sencillas. No hay en ella necesidad de exactitud, ni de razón, sino de sentimiento y simpleza. Forma una visión nacional irrebatible, dogmática que se convierte en método de juicios rápidos e inapelables.

La memoria colectiva tiene, por eso, un empleo formidable para justificar y dar validez a propaganda nacional, a ideologías y activismos que así se justifican a sí mismos. Es decir, la memoria colectiva tiene aplicaciones más allá del servir como herramienta de identificación nacional.

Sirve también para la identificación ideológica de las personas. Por ejemplo, simplifique en unas pocas ideas la historia de las Cruzadas y de la Inquisición, para lograr tener unas armas que permiten validar opiniones rápidas e irrebatibles contra el Cristianismo. Esta memoria histórica, aunque necia, permite emitir juicios reincidentes y estándares.

La memoria colectiva para fines ideológicos selecciona algunos sucesos pasados, desecha otros, los simplifica sin preocupaciones de exactitud histórica y así produce la fundación que sostiene a la ideología en cuestión.

Y, listo: se tiene la legitimación o desligitimación de lo que usted desee: socialismo, comunismo, fascismo, feminismo, sindicalismo, islamismo, imperialismo, anarquismo, conservadurismo, nacionalismo, liberalismo…

Lo que estoy haciendo es llevar el concepto de memoria colectiva, usada en terrenos del nacionalismo, al campo de las ideologías que buscan identidad entre sus partidarios por medio de una memoria colectiva del grupo.

Su contenido simple, sesgado, distorsionado y selectivo, adquiere una forma de recuerdo obligado que reclama no ser olvidado por contener una lección moral que se convierte en un vínculo de identificación ideológica no sujeto a revisión. Un cimiento ideológico considerable.

Usted puede encontrar trazas esta memoria colectiva ideológica en los juicios rápidos y simples de sucesos históricos que sirven de justificación a opiniones. No hace mucho que presencié, de nuevo, el uso del juicio de Galileo como sustento único de la «obvia rivalidad entre ciencia y religión».

Lo mismo sucede en casos como el de la lucha obrera de Chicago. O con el romance alrededor del Che Guevara. O el uso chavista de la historia de Simón Bolívar.

Es un fenómeno de simplificación de sucesos pasados, convertidos en pruebas históricas distorsionadas y recuerdos dignos de celebración que sirven de certificados de validez a las opiniones propias, como la expropiación petrolera en México.

La memoria colectiva ideológica se adapta perfectamente a los tiempos de la posverdad, la que,

«[…] denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal». internacional.elpais.com

Ya no hay verdad que cuente sino poder que se ejerza; ni deseos de convivencia sino ansias de venganza e imposición; no de razón, sino de sentimiento y reclamo.

Post Scriptum

Para esta columna me apoyé en la obra de David Rieff, In Praise of Forgetting: Historical Memory and Its Ironies.

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