Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Mercados libres y E. Burke
Selección de ContraPeso.info
21 noviembre 2017
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Análisis
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Una defensa conservadora del libre mercado es la idea de Samuel Gregg en esta columna. 

No es un secreto que, en los últimos años, los mercados libres han perdido el favor de los conservadores en todo el Occidente.

Ya sea la británica Theresa May, la alemana Angela Merkel, o la australiana Malcolm Turnbull, muchos políticos de centro-derecha han vuelto a adoptar silenciosamente algunas de las políticas de intervención económica que prevalecieron entre los años cuarenta y setenta.

Del mismo modo, importantes segmentos de la opinión intelectual conservadora, como la revista estadounidense First Things, han condicionado sustancialmente su fuerte apoyo anterior a las economías de mercado.

Hay muchas razones para esto. Una es la creciente preocupación por algunos de los aparentes efectos sociales y culturales de los mercados libres. Otra es la propagación innegable del nacionalismo económico, alimentado por la sensación de que el libre comercio ha socavado el bienestar de las comunidades enteras. En la medida en que se percibió que la liberalización económica era el principal culpable, tampoco la crisis financiera de 2008 ayudó a la causa de los mercados libres.

Utilizo palabras como ‘aparente’, ‘sentido’ y ‘percibido’ porque, en muchos de estos casos, lo que importa es la percepción. La realidad es con frecuencia muy diferente.

Lamentablemente, tales realidades, como la medida en que la recesión de 2008 fue facilitada por factores como la política monetaria defectuosa y los esfuerzos del gobierno para diseñar socialmente el mercado inmobiliario estadounidense, no llegan a la atención que merecen entre algunos conservadores escépticos de los mercados.

Pero, pienso, este giro en contra de los mercados entre algunos conservadores se deriva principalmente del deseo de algo que ha crecido en nuestra era de globalización económica. Y ese es un anhelo generalizado y perfectamente razonable de estabilidad.

El inmenso crecimiento económico y las reducciones de la pobreza generadas por los mercados globales necesitan la aceptación de la constante inquietud que es parte integrante de la libre competencia y la creatividad económica. A largo plazo, la abrumadora mayoría se vuelve mucho más rica. La desventaja es una considerable inestabilidad, y todos nosotros necesitamos y queremos un cierto grado de certeza en la vida, incluida su dimensión económica.

Esto presenta dilemas particulares para los conservadores. Después de todo, el conservadurismo enfatiza los beneficios de la permanencia, el orden, la tradición y las comunidades fuertes y con raíces.

Los conservadores, que creen que los mercados libres son los óptimos entre sistemas económicos imperfectos, necesitan replantearse cómo integrar, en la agenda conservadora más amplia, sus argumentos para los mercados. Y aquí, argumentaría, el hombre cuyo pensamiento dio origen al conservadurismo moderno tiene mucho que enseñarnos.

Burke hace su entrada

Aunque ampliamente considerado progenitor intelectual del conservadurismo moderno, las opiniones económicas de Edmund Burke generalmente reciben escasa atención. El conservadurismo de Burke se relaciona principalmente con su ortodoxia religiosa, su defensa de lo que llamó «libertades antiguas» y su implacable crítica a la destrucción que la Revolución Francesa produjo en muchas de las instituciones que protegían la libertad y el orden social.

Cada vez menos gente sabe que Burke era un defensor comprometido del libre comercio, un fuerte defensor de la propiedad privada y un escéptico de la intervención económica del gobierno.

Una vez describió a La riqueza de las naciones, de Adam Smith, como «en sus últimos resultados» «tal vez el libro más importante jamás escrito». Los albaceas literarios de Burke, Laurence y Walker King, incluso afirmaron que Burke «también fue consultado, y el Dr. Adam Smith tuvo muy grande deferencia hacia sus opiniones en el progreso del célebre trabajo sobre La riqueza de las naciones».

Cuando la obra maestra de Smith apareció en 1776, Burke la reseñó para el ampliamente leído Annual Register. Cantó los elogios del libro como un texto que logró alcanzar los objetivos más difíciles: «enseñar cosas que de ninguna manera son obvias».

Incluso antes de la publicación de La riqueza de las naciones, Burke argumentaba a favor de una mayor libertad comercial. En los debates parlamentarios de 1772, por ejemplo, insistió en que la mejor forma para que los segmentos más pobres de la sociedad recibieran pan suficiente, era a través de un mercado libre de interferencia legislativa.

Más de veinte años después, en medio de la épica lucha británica con la Francia Revolucionaria, Burke redactó, en 1795, un memorando cuidadosamente redactado titulado «Pensamientos y detalles sobre la escasez» para el primer ministro William Pitt el Joven. Aquí explicó por qué el Estado generalmente no debería interferir con el precio de mercado de bienes, servicios y mano de obra.

No está en duda la fuerte creencia de Burke en la libertad económica y las instituciones y los hábitos que la sostienen. La verdadera pregunta es porqué tenía estos puntos de vista. Resulta que el apoyo de Burke a una amplia libertad comercial no se basó centralmente en lo que hoy llamaríamos premisas libertarias. Sus principales razones para abrazar el libre mercado fueron las de un conservador.

El enfoque de corto plazo es irresponsable

En muchos sentidos, el largo plazo lo es todo para el conservadurismo. El conservador mira hacia la historia para recordar la sabiduría del pasado. Los conservadores también son escépticos frente la posibilidad de responder a inquietudes inmediatas, reales o no, actuando en desafío a las verdades que se pueden conocer por la razón y/o la experiencia histórica.

Para los conservadores, esta visión es una cuestión de prudencia, perspectiva y buen gobierno.

Todas estas preocupaciones se encuentran en las reflexiones más extensas de Burke acerca de la importancia de la libertad económica, el intercambio libre y los precios libres. El contexto de su memorándum de 1795 fue uno en el que el gobierno de William Pitt, después de una mala cosecha, se enfrentó a la escasez de alimentos en toda Gran Bretaña.

Al igual que los gobiernos en todas partes en tiempos de crisis, la administración de Pitt estaba bajo una enorme presión para «hacer algo».

Algunos proponían que el gobierno enfrentara el problema otorgando subsidios para elevar los salarios de los trabajadores. Otros querían que Pitt estableciera un efectivo monopolio gubernamental del mercado de granos con el propósito de establecer precios fijos para este producto.

Estos esquemas fueron acompañados por una retórica que denunciaba los diferenciales de riqueza y enfatizaba el creciente antagonismo entre los pobres y los ricos. La implicación era que si Pitt no actuaba, Gran Bretaña podría atestiguar el tipo de desorden social extremo que se había manifestado en Francia.

Parte del consejo de Burke a Pitt consistió en explicar las dificultades económicas de las propuestas consideradas. Burke repitió, por ejemplo, su argumento de 1772 de que era más probable que un libre mercado de cereales satisficiera las necesidades de los pobres que otros arreglos económicos. Los esfuerzos estatales para manipular el precio de mercado de las mercancías, señaló, obligarían a los consumidores y productores a «descubrir mutuamente sus necesidades».

Los intentos para corregir las distorsiones de tales intervenciones en el mecanismo de precios a través de más intervenciones, dijo Burke, harían aún más difícil que la gente supiera el precio de mercado real de cualquier producto dado. El resultado sería recursos mal asignados y escasez creciente.

El memorándum de Burke también argumentó en contra de demonizar a las grandes disparidades de riqueza asociadas con la acumulación de capital. La acumulación de capital era, según él, esencial para el tipo de inversión que facilita el crecimiento y ayuda a aquellos a quienes Burke llamaba «gente trabajadora» para encontrar trabajo y escapar de la pobreza.

En su propia vida, dijo Burke, había notado cómo la expansión de la libertad comercial y el crecimiento del capital acumulado habían ayudado a que un número cada vez mayor de personas pobres se hiciera más rico, hasta el punto de estar desarrollando sus propias reservas de capital.

Estas observaciones no fueron simplemente las de alguien que comprendió las ideas a menudo contra-intuitivas de la economía moderna, como las expuso Smith. También fueron conservadoras en la medida en que advirtieron a los gobiernos de no actuar precipitadamente para apaciguar a aquellos que no conocen —o no les importan— los probables impactos negativos de determinadas decisiones políticas sobre el bienestar de la nación.

No era un asunto de ser elitista. Para Burke, se trataba de ayudar a los legisladores y electorados a entender que ciertas verdades económicas (lo que Burke llamaba «leyes del comercio») no cambian frente a lo que él llamaba «cuentos ociosos», «tonta buena intención» y «la credulidad maligna de la humanidad». En tales condiciones, la primera responsabilidad del gobierno hacia la gente «es información», es decir, la verdad, «para guiar nuestro juicio».

Un Estado enfocado, pero limitado

Hay, sin embargo, otro aspecto de las creencias de libre mercado de Burke que están enraizadas firmemente en su conservadurismo: su visión del papel del estado en relación con la economía.

En su «Pensamientos sobre la escasez», Burke articuló el principio que él había desarrollado como una forma de determinar qué funciones particulares fueron legítimamente realizadas por los gobiernos. Como él lo expresó:

«el Estado debe limitarse a lo que concierne al Estado, o las criaturas del Estado, a saber, el establecimiento exterior de su religión; su magistratura; sus ingresos; su fuerza militar por mar y tierra; las corporaciones que deben su existencia a su mandato; en una palabra, a todo lo que es verdadera y propiamente público, a la paz pública, a la seguridad pública, al orden público, a la prosperidad pública».

No era esta una actitud de hostilidad a priori hacia el gobierno. Para Burke, lo que importaba era que las funciones que estuviera desempeñando el Estado fueran realmente tareas que solo los gobiernos pueden realizar: defensa nacional, administración de justicia, ley y orden, etc. Mientras que Burke estaba dispuesto a «admitir excepciones» a esta regla, ellas eran eso, excepciones.

La referencia de Burke a la «prosperidad pública» podría abrir la puerta a la extensa interferencia estatal en la vida económica. Burke, sin embargo, dejó en claro que el papel económico del Estado era limitado por tres consideraciones.

La primera era que los gobiernos debían dudar antes de embarcarse en una legislación que tratara de influir directamente en el ejercicio de los derechos legítimos de propiedad y el funcionamiento del contrato privado.

Sostuvo que la participación excesiva del gobierno en estas áreas podría socavar sustancialmente (1) la seguridad provista por la propiedad y (2) la libertad de los individuos para negociar acuerdos de forma que beneficien mutuamente a todas las partes de un contrato dado. Resolver cualquier desacuerdo subsiguiente entre las partes relevantes, Burke comentó, era la responsabilidad de la judicatura: no de los ministros del gobierno.

En segundo lugar, Burke pensó que cuanto más se involucraran los gobiernos nacionales en asuntos locales y provinciales, más distraídos estarían de cumplir con sus responsabilidades principales. Esta convicción se vio reforzada por la tercera consideración relacionada de Burke: que ciertas funciones de bienestar se llevaban a cabo mejor por entidades no estatales.

«Sin ninguna duda», Burke consideró la asistencia a los necesitados como «un deber directo y obligatorio de los cristianos». En ese momento, esa designación incluía a casi todos en Gran Bretaña. No obstante, agregó, «la manera, el modo, el tiempo, la elección de los objetos y la proporción se dejan a la discreción privada».

El punto de Burke era que los funcionarios con sede en Londres simplemente no podían saber lo suficiente, para actuar con eficacia, acerca de la naturaleza de la pobreza en Inverness o Galway.

Por el contrario, los individuos y grupos privados cercanos a un problema dado probablemente poseían una comprensión más profunda de la naturaleza de la dificultad que los gobiernos nacionales. Estos últimos, Burke dio a entender, deberían ser mucho más humildes con respecto a su capacidad para ayudar a los necesitados.

Todas estas reflexiones por parte de Burke se suman a una defensa conservadora clásica del mercado libre.

Lejos de ser doctrinaria, la posición de Burke subrayó la importancia de la prudencia, prestó atención a ideas cruciales delineadas en La riqueza de las naciones de A. Smith, insistió en que las comunidades locales y las instituciones no estatales siguieran siendo libres para enfrentar los problemas locales y enfatizó que los gobiernos deberían centrarse en sus funciones esenciales y tener la humildad de conocer sus límites.

Sobre todo, Burke creía que las economías debían basarse en ciertas verdades sobre la condición humana que los utopistas y los románticos de todo tipo tienden a ignorar.

Si esto no equivale a un argumento claramente conservador en favor de los mercados libres, que complementa el resto de la agenda política del conservadurismo, no sé lo que es.

Nota del editor

La traducción del artículo «Edmund Burke’s conservative case for free markets» publicado por el Acton Institute el 7 de noviembre de 2017, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

Esta columna fue publicada originalmente en Burkean Journal el 2 de noviembre de 2017.

Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es «Edmund Burke’s conservative case for free markets».

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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