Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Poder Como Motivo
Eduardo García Gaspar
14 agosto 2017
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es un marco mental, una manera de entender al mundo. Una explicación personal de la realidad sustentada en el poder.

El poder y su búsqueda se toman como la dilucidación que lo esclarece todo. Es la mentalidad que usa a la ambición de poder como interpretación de la realidad. Si alguien hace algo, si sucede lo que sea, todo puede ser interpretado como un conflicto de poder.

El problema con esa manera de entender las cosas no es que sea falsa, sino que es solo parcialmente cierta. Los conflictos por el poder son reales, existen, pero la pregunta que debe hacerse es si ellos constituyen la explicación del todo.

Dada la complejidad de la conducta humana y sus motivaciones, es perfectamente posible negar que la voluntad del poder sea la única y exclusiva de esas motivaciones. Con un problema de obsesión extrema: es posible racionalizar a toda conducta o a casi toda como una modalidad de obtención de poder.

La conducta del más humilde misionero en China, el sacrificio de los padres por sus hijos, la conducta de un maestro de escuela, o la obra de un pintor, si se les da el suficiente giro, pueden ser reconstruidas como modalidades de lucha por el poder.

La explicación universal de la lucha por el poder es una variante del vicio de la codicia y está ligada al egoísmo que interpreta al beneficio personal como equivalente al daño ajeno. Para yo tener un beneficio es requisito que otro sea perjudicado.

Creo que es obvio que esta mentalidad sea el principio central de una sociedad gobernada despóticamente. Los gobernantes entienden que deben acumular poder retirándolo de los ciudadanos. Es la conducta del avaro del poder y significa que nunca estará satisfecho. Siempre querrá más.

Es una avaricia que sí funciona como suma cero: el poder que el ciudadano tiene es uno que no posee el gobernante; y el poder que tiene el gobernante es uno que no tiene el ciudadano. Un régimen despótico es uno en el que el gobernante tiene notablemente más poder que el ciudadano; uno totalitario es aquel en el que el ciudadano prácticamente no tiene poder alguno.

En una república democrática se tiene una situación en la que el poder del gobernante está acotado en sí mismo y, más aún, incluye una obligación de rendición de cuentas al ciudadano. Este el el régimen de las libertades personales y que pueden ser vistas como ese poder que queda en el ciudadano una vez que se le resta el poder que tienen los gobiernos.

Quien sea que defienda a las libertades es, también, por default, un defensor de gobiernos limitados que rinden cuentas. Defender a las libertades al mismo tiempo que proponer gobiernos más grandes y más poderosos, es una contradicción esencial, en la que caen muchos sin realmente estar conscientes de su error.

Si los gobernantes tienen esa mentalidad de la lucha por el poder como explicación única de la conducta humana, su desempeño tenderá por naturaleza a realizar actos congruentes y frecuentes con la acumulación de poder. Todo gobierno por diseño inevitable está inclinado a crecer, muy especialmente cuando se sostiene a la lucha por el poder como explicación universal.

Esas cosas las sabemos. No son sorpresa. Lo que me lleva a explorar lo que sucede a los ciudadanos que son gobernados e influidos por personas que suponen que la lucha por el poder es la motivación humana única.

El primer efecto es el obvio: conforme aumente el poder de los gobernantes disminuirán sus libertades y el régimen iniciará su camino hacia el despotismo, quizá muy lentamente, quizá velozmente.

Ya que la pérdida de libertades desnuda y descarada es inaceptable, ella tiene que ser disfrazada con benevolencia. Tiene que aparecer como positiva la acumulación del poder en el gobierno. Aquí es donde son de utilidad enorme las ideas y teorías que persuaden al ciudadano de que la sociedad será mejor con gobiernos mayores y más poderosos. Es lo que convierte a la pérdida de libertad educativa en educación gratuita estatal.

El clima intelectual, vía escuelas, libros, medios, programas, intelectuales, se vuelve favorable al crecimiento estatal. Es una labor de persuasión masiva, un adoctrinamiento general que se evidencia en la popularidad de gobernantes que son elegidos gracias a promesas de dádivas y favores gubernamentales, como en el estado de bienestar.

Es lo que acontece en la mente del ciudadano, sin embargo, lo más interesante.

Se convierte en un ser ingenuo que es capaz de creer las más imposibles promesas de campaña electoral y sucumbe a ellas sin razonar. El adoctrinamiento le ha provocado una metamorfosis notable. Es ahora un tipo cándido y simple que acepta las más descabelladas ideas políticas y económicas. Especialmente cuando su costo es ignorado y se prometen grandes programas sin elevar impuestos ni préstamos:

«Las promesas de AMLO cuestan $1,020,400,000,000.00». elfinanciero.com

Al mismo tiempo, esa ingenuidad tan candorosa tiene un efecto en su conducta: lo vuelve egoísta y codicioso, porque el régimen de un gobierno mayor le hace entender que lo que otros reciben de él es algo que no recibirá él. Estará dispuesto a mentir y a ocultar, a engañar reclamando favores de gobierno.

Suponer que la lucha por el poder es la explicación única de la conducta humana tiene consecuencias y, mucho me temo, no son agradables.

Post Scriptum

Es fascinante esta lista de promesas intelectuales de un candidato en México, especialmente cuando se ven en conjunto.

«No se aumentarán impuestos ni se seguirá endeudando al país […] Se aumentará el devaluado salario mínimo. Habrá incrementos salariales a maestros, enfermeras, médicos, policías, soldados y otros servidores públicos; la pensión a adultos mayores se aumentará al doble en todo el país […] Se construirán refinerías, se fortalecerá la industria eléctrica y bajarán los precios de las gasolinas, el diésel, el gas y la energía eléctrica». proceso.com.mx

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