Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Que Venga y lo Pruebe
Eduardo García Gaspar
16 agosto 2017
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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El reclamo tiene su razón y no es mala. Lo ilustró una persona recientemente.

Un ateo convencido dijo: «Si Dios existe, bien podría decirlo abiertamente, dejándose ver a todos y ofreciendo las pruebas de su existencia. Mientras no haga eso, no podré creer en él».

Tiene su punto. ¿Por qué no, de una vez por todas, acabar con la discusión de si existe o no? Cuando lo haga, al instante siguiente, se acabarán las discusiones y peleas; se sabrá cual dios es el real; nadie podrá negar la evidencia que presente.

No es una mala sugerencia. Plantea un problema fascinante de nuestro entendimiento de estas cuestiones. Me recuerda la idea del libro de E. Jardiel Poncela, La Tournée de Dios, que narra los sucesos no afortunados, y humorísticos, de la aparición de Dios a principios del siglo pasado.

Pero en un plano de razonamiento serio, el reclamo tiene su peso. Unos creen, otros dudan, a muchos les importa un comino, algunos lo niegan. Se tienen discusiones infructuosas y hasta se usan causales divinas para justificar hechos horrendos.

No estaría mal, nada mal, que Dios apareciera a todos y acabara con las dudas y discusiones, por ejemplo, en una transmisión de televisión en todo el mundo. En esencia, ese es el reclamo.

Tiene su lógica y justificación, al menos en nuestro nivel humano. Es aquí donde comienza lo interesante porque hay un contraste notable entre ese reclamo de aparición inmediata perfectamente identificada de Dios y lo que aparece en la Biblia cristiana.

No me quiero meter en terrenos teológicos que me llevaría a errores (que tal vez cometa en lo que sigue), pero lo que recuerdo que aparece en el Nuevo Testamento es llamativo. Si se leen los evangelios, se verán ocasiones sorprendentes.

Esas en las que Jesús no se puso a gritar en ciudades, montes y calles que él era Dios. No solamente no se puso a gritarlo a todo pulmón, sino que solía hacer lo contrario. No respondía directamente a esa pregunta, incluso mandaba callar a aquellos en los que obraba milagros. Solamente en pocas ocasiones respondía abiertamente y eso cuando parecía no haber otra posibilidad.

Tenemos entonces, de un lado, una petición muy humana, la de solicitar a Dios que se aparezca en nuestro mundo y nos quite toda duda al respecto de su existencia. Seguramente se le pedirían algunos milagros que lo demostraran, en un laboratorio.

Del otro lado, curiosamente, Jesucristo rehusándose a hacer eso. Si le pedían milagros o señales como prueba, lo rechazaba; respondía con evasivas e indirectamente. No se subió al templo y les gritó a todos que él era Dios con demostraciones masivas de su poder. Curiosa actitud.

Una actitud que merece verse más de cerca. Si Jesús es Dios, entonces debe concluirse que eso que hizo era lo mejor para nosotros. Quizá es mejor ser persuadido suavemente, por convicción voluntaria y sin ser forzado por una contundencia abrumadora.

«Pienso que Jesús entendió a su identidad como un misterio que necesita ser revelado». Brant Pitre, The Case for Jesus: The Biblical and Historical Evidence for Christ.

Revelado gradualmente, internamente, porque nuestra naturaleza no podría enfrentar de golpe en un solo instante a Dios frente a frente, diciéndole: «Muy bien, ya te vi, ahora haz tres que cuatro prodigios para que te pueda creer y recuerda que hay científicos observando lo que haces».

No creo que las cosas funcionen así en estos terrenos.

«[…] la habilidad de Pedro para reconocer que Jesús es el “hijo del Dios viviente” no es, en el análisis final, el resultado de esfuerzo humano o habilidades intelectuales [… sino] porque Pedro está abierto a recibir el misterio». Ibídem

En fin, es seguro que nuestras discusiones al respecto continuarán dejándonos como nuestra responsabilidad el creer o no. Cada uno será responsable de examinar a conciencia su decisión y que podrá cambiar en cualquier momento.

Esto me gusta. No sería de gran mérito el decidir creer cuando para ello se exigen a Dios pruebas científicas que pasen todos los estándares científicos. Y, más aún, dada la naturaleza humana, aunque eso sucediera, no serían pocos los que se negarían a creer.

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