Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Razón y Alegría
Eduardo García Gaspar
15 junio 2017
Sección: CIENCIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Fue un encuentro afortunado. Una persona explicó brevemente su postura.

Creía ella que la razón se usa en la ciencia y que el método científico era el único método aceptable para la razón humana: todo eso que pudiera medirse, cuantificarse, y estuviera sujeto a corroboración experimental o por medio de la observación.

La conclusión de esa manera de pensar es que nada que esté fuera de esos métodos es aceptable para la razón humana.

La postura no es nueva y ciertamente es, de seguro, uno de los rasgos de nuestros tiempos.

La razón humana, nuestro poder para pensar, se limita exclusivamente a la ciencia y sus métodos. Lo que no es medible, lo que no es observable por medio de los sentidos, no tiene sentido y, más aún, puede ser negado con certeza.

Esta es la manera de pensar que lleva a las afirmaciones de que el Evolucionismo es una prueba de la no existencia de un plan divino y, por lo tanto, Dios no existe. Más aún, lleva a la conclusión de que lo bueno y lo malo solo pueden justificarse por las consecuencias de las acciones realizadas.

Esto bien vale una segunda opinión. ¿Es cierto todo eso que dijo la persona? Si lo fuera, tendría que probarse que la razón no tiene uso fuera del método científico y eso es algo que no puede probarse científicamente. Pero no importa que no sea posible, la postura se mantiene ignorando esa inconsistencia interna.

Ese reclamo de excluir al uso de la razón de todo lo que no esté sujeto al método científico ha recibido un nombre, el de «deshelenización». Hace referencia al descartar las creencias de la filosofía griega y que creía posible usar a la razón humana para asuntos más allá de lo tangible.

Piense usted en la mentalidad que dice que la razón puede ir más allá de las causas materiales de las cosas, como el estudio de la Botánica, hasta las causas formales y finales de las cosas. Ponerle un límite a la razón, me parece, es ser un tanto pesimista; lo opuesto del optimismo griego y que produjo pensamientos e ideas que siguen presentes.

Y quizá todo el asunto sea uno de perspectivas mentales optimistas y pesimistas. Me uno a las optimistas, a los griegos.

Vea a su alrededor, a las cosas y a las personas, a usted mismo. Todo eso que forma el mundo es una invitación a pensar en respuestas que lo expliquen todo lo posible. Investigar cómo funciona el mundo y desarrollar teorías o hacer descubrimientos que nos dicen cómo funcionan las cosas, eso es apasionante.

Pero creo que eso no es todo. Es fantástico saber cómo funcionan las alas de un pájaro y que le permiten volar, como también lo es conocer lo que sucede cuando se mezclan ciertas sustancias químicas. O cómo funciona la oxigenación de la sangre en el cuerpo, y las reacciones químicas en las neuronas.

Pero creo que eso no es todo. Hay otras respuestas que buscamos y para las que el método científico no se presta. Limitar a la razón a las condiciones del método científico es una postura pesimista, triste. La razón puede ir más allá y la realidad es que ha ido. Los griegos lo hicieron y no hay razón por la que nosotros no hagamos lo mismo.

Me refiero a la «pasión para entender» de los griegos, como la llama R. Tarnas. A la curiosidad de entrar en las verdades que van más allá de saber cómo funcionan las cosas. ¿Por qué negarle a las personas la posibilidad de pensar con solidez en los propósitos del mundo?

Más aún, si tratamos el tema de la existencia de Dios, o la belleza de una novela, o la bondad de un acto, o la existencia de la Verdad, ¿por qué negar esa posibilidad de discutir sobre eso solo porque son temas no posibles de examinar científicamente?

Este racionalismo extremo llega a afirmar que Dios no existe, que la belleza es subjetiva, que el mundo no tiene propósito, no porque eso sea verdad, sino porque no tiene los instrumentos para examinarlos y estudiarlos. Y concluyen que, como no puede estudiarse científicamente a Dios, entonces no existe.

Está negándonos la posibilidad de examinar a Dios y a todo lo demás no porque no sea posible, sino porque sus instrumentos no sirven para eso. Es como negar que existe la temperatura porque no se tienen termómetros. Como el daltónico que por serlo niega la existencia de ciertos colores.

No es que esté mal la aplicación de la razón a la ciencia, sino que la razón puede ir más allá de ella a otros terrenos que necesitan otras herramientas y métodos.

¿Como explicar científicamente que 100,000 cristianos mueren por causa de su religión?

¿Cómo explicar científicamente la belleza del Requiem de Mozart, o de Los Miserables?

Un mundo limitado a la razón que no puede ir más allá de la ciencia no es mundo optimista, al contrario.

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