Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Redistribución, su Base
Eduardo García Gaspar
25 octubre 2017
Sección: DERECHOS, POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Fue un baño de sentido común, eso que no es frecuente. La persona hizo una pregunta directa a otra.

Le preguntó acerca de la base fundamental de la políticas redistributivas. ¿En qué están sustentadas, qué las hace aceptables y justas?

La otra respondió con el lenguaje acostumbrado de remediar la pobreza y solucionar la desigualdad (¡como si fueran lo mismo!); de la justicia social y lo usual. La primera, sin embargo, insistió en el tema: ¿Que cimiento tiene el implantar políticas redistributivas?

«No es un asunto de buenas intenciones. Lo que deseo que me diga es qué creencia se tiene para justificar esa redistribución», dijo la persona. La otra volvió a repetir, en otras palabras lo anterior acerca de pobreza, desigualdad, caridad, ayuda, justicia social. Nunca respondió nada que no fuera la letanía emotiva usual de nuestros días.

La conversación se volvió un tanto tensa debido a la insistencia de la primera persona sobre el tema y la imposibilidad de la segunda para dar una respuesta razonable. La cuestión terminó allí, con un cierto enojo entre ambas, pero con buenos modales (lo que ya no es común).

El tema es tan fascinante como poco explorado. ¿Qué idea central fundamenta a las políticas de redistribución de riqueza? Debe ser algo sólido y que no se refiera a las buenas intenciones de ayudar a los de menores ingresos. Las intenciones no son justificaciones sólidas de medidas gubernamentales.

Si entendemos qué es una redistribución de riqueza tal vez podamos encontrar esa idea que sirve de fundamento a tales políticas. De manera esquemática, la redistribución funciona así.

• Un retiro de recursos a grupos de personas que se piensa tienen abundancia de ellos; generalmente una tasa progresiva de impuestos sesgada hacia los altos ingresos haciendo que paguen proporcionalmente más que los de ingresos menores.

• Un depósito de esos recursos en las arcas gubernamentales, desde donde ellos serán distribuidos a grupos de personas que se piensa tienen escasez de recursos; y llevado a ellas bajo diversas modalidades directas e indirectas.

No hace falta en este análisis ver fallas de mermas en los recursos recolectados, sino el punto de partida, ese primer paso, el retiro de recursos a personas que se piensa tienen demasiados. La pregunta podrá responderse si se encuentra qué es lo que hace legítimo el retirar recursos a esas personas usando la coerción gubernamental.

Una posibilidad es suponer que las propiedades de terceros no son en realidad propiedades y que ellas pueden quitárseles sin que haya cuestionamiento alguno. Es la suposición de que en realidad no existe la propiedad.

Esto es revelador, pues entonces la suposición básica de las políticas de redistribución de la riqueza presuponen la inexistencia de la propiedad personal, haciendo de esta forma posible que la riqueza sea tomada por cualquiera sin que se cometa una acción indebida. Se presupone un régimen de no propiedad y eso hace que la noción de robo desaparezca. Nada es de nadie en particular y lo que exista está a disposición del que tenga más poder para hacer lo que quiera gracias a ese poder.

Otra posibilidad es la existencia de un límite de cierto monto, definido según algún criterio, que establezca un monto de riqueza o ingresos más allá del cual ya no existe su propiedad y ella pueda disponerse de la manera que ordene la autoridad.

Es otra manera de negar a la propiedad que, independientemente de la dificultad de fijar ese límite y justificarlo racionalmente, se sustenta en el mismo principio de la no existencia de propiedad personal. Como autorizar a un ladrón a robar el excedente solamente a quienes tienen más de, por ejemplo, 200 pesos en la billetera.

Mi conclusión es clara: las políticas de redistribución de la riqueza implantadas por los gobiernos admiten que la propiedad personal no existe, o al menos que tiene un límite fijado por el gobierno. Entonces, y solamente de esta manera, pueden sustentarse tales políticas.

Esto tiene un significado: los resultados del trabajo personal no son propiedad personal, sino riqueza que no tiene dueño y que el gobierno puede tomar a su antojo. Es la negación de que el esfuerzo, la iniciativa y la creatividad personal rinda frutos que puedan reclamarse como propios. Una posición extrema y que va contra el más profundo cimiento de la civilización tal y como la suponemos.

Esta conclusión, no tengo la menor duda, será vista como radical, insensible, calculadora y el resto de los adjetivos usuales. No tengo problema. Los adjetivos no son argumentos sólidos, solamente emotivos.

Me parece que buena parte del problema por el que las políticas redistributivas tienen popularidad, incluso entre personas que defienden a la propiedad privada, es que ellas gozan de eso que puede llamarse «conceptos default»: han sido tan repetidos por tanto tiempo que forman creencias automáticas, instantáneas, inconscientes, involuntarias.

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