Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Simpleza Como Enemigo
Eduardo García Gaspar
26 junio 2017
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
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«Todavía vivimos bajo el influjo de argumentos demagogos y absurdos, que aseguran, con una simpleza insensata, que el pobre es bueno porque es pobre y el rico es malo porque tiene más». Rubén Blades

La acusación fue la estándar. El comentario era el esperado y usual. La persona acusó a la Iglesia Católica de actos reprobables. Nada que no sea normal.

Habló de los escándalos de abuso sexual, de envidias y conflictos internos en el Vaticano, de las cruzadas, de la educación dogmática, de inmoralidad económica. Aunque muchas de sus acusaciones eran fantasiosas o inexactas, en otras había buena dosis de realidad.

Una vez enumeradas las acusaciones, dijo ella que la Iglesia Católica no tenía razón de ser. Debía desaparecer ante la cantidad de actos reprobables que sus miembros habían cometido, desde jerarcas católicos hasta los fieles católicos.

Esto último es lo realmente interesante y bien merece una segunda opinión para verla por partes y con sosiego. Comencemos.

Es usual, me parece, que dentro de esa iglesia se haga una distinción que suele pasar inadvertida a muchos, incluso a los mismos fieles católicos.

Es la separación entre lo que se llama Iglesia y quienes son sus fieles y ministros. Puede parecer sutil, pero es central. Una cosa es la santidad de la Iglesia guiada por el Espíritu Santo y otra, muy distinta, es la imperfección de sus miembros.

Esta diferencia es lo que anula a las acusaciones de la persona. La Iglesia, hasta donde sé, no supone que sus ministros sean todos ángeles dotados de toda perfección. Al contrario, supone que son ‘pecadores’, esa palabra que sirve para describir a la imperfección humana.

No es novedad alguna. Basta leer a los Evangelios para darse cuenta de eso desde los orígenes mismos del Cristianismo. Per no solamente eso. La idea aplica al resto de nuestras vidas.

Piense usted en la Medicina y verá que la conducta reprobable de algunos médicos no es causa razonable para solicitar la desaparición de toda esa profesión. Lo mismo sucede con, por ejemplo, los abogados, los gobernantes, los albañiles. Que algunos de ellos realicen acciones indebidas no puede justificar su desaparición total.

Recuerdo haber hablado con más de un sacerdote que era muestra patente de imperfección humana, autor de actos reprobables y de opiniones equivocadas. ¿Dejaría yo de ser católico por eso? No, por supuesto que no.

La distinción que hice no es solamente aplicable a la Iglesia como dije, sino al resto de nuestras vidas. Encontrar escándalos en profesores de una universidad no justifica que ella desaparezca.

El asunto tiene sus derivaciones. Cuando se hace distinciones sutiles, como la anterior, usted encuentra la realidad de una acusación usual lanzada contra esa iglesia. Al reprobar ella la homosexualidad, se supone que condena a los homosexuales como personas.

La cosa no es tan burda. Hasta donde yo sé, lo que se reprueba es a la conducta homosexual y no a la persona entera. Es lo mismo que sucede con las leyes que castigan al robo y que reprueban un acto concreto, pero no a la persona completa. Si no puede hablarse de «ladronfobia», tampoco podría hablarse de «homofobia».

De lo anterior puede obtenerse una lección natural: las cosas suelen ser menos simples de lo que aparentan. La simplicidad, si bien es deseable, no debe ser sacrificada en aras de la pereza mental y convertirse en simpleza.

Tome usted, por ejemplo, otra acusación de esa persona con la que inicié. Aseguró que la Iglesia había producido una Edad Media llena de ignorancia intencional, sin progreso ni adelantos, sin escuelas ni universidades, sin ciencia ni tecnología.

¿Es cierto eso? En realidad no y existe evidencia abundante al respecto.

«Entre otras cosas, los monjes enseñaron metalurgia, introdujeron nuevos cultivos, copiaron textos antiguos, preservaron el alfabetismo, fueron pioneros de tecnología, inventaron el champagne…» Thomas E. Woods Jr.

Lo que bien vale una segunda opinión es resaltar a la simpleza como un enemigo intelectual posible. Esa simpleza que nos convierte en inocentes que son capaces de creer lo imposible y rechazar lo posible; en ingenuos que sucumben a lo que sea que puede expresarse en unas pocas líneas.

Me refiero a la invaluable contribución de la simpleza para crear sensación de conocimientos e información considerados sólidos, pero que en realidad son débiles e incluso falsos. No es algo que sea infrecuente.

Aconseja un amigo que para tener un conocimiento aceptable de la historia, es necesario leer varios libros sobre el mismo tema, es decir, conocer varios informes y diversas interpretaciones de los hechos. Tiene razón.

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