Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Socialismo e Inteligencia
Eduardo García Gaspar
31 mayo 2017
Sección: FAMOSOS, Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Es un fenómeno común. Puede verse en los círculos académicos. También entre científicos e intelectuales.

Esas personas favorecen al socialismo, sabiéndolo o no. Encontrar a un literato liberal es más la excepción que la regla.

«Cuanto más alto subimos por la escalera de la inteligencia, cuanto más hablamos con intelectuales, más probable es encontrar convicciones socialistas. Los racionalistas tienden a ser inteligentes e intelectuales; y los intelectuales inteligentes tienden a ser socialistas». Friedrich A. Von Hayek The Fatal Conceit: The Errors of Socialism.

Por consiguiente, es posible concluir que conforme más intelectual sea la persona más tenderá a ser socialista; o del otro lado, la persona socialista tenderá a ser más inteligente. No es que haya relación causal entre socialistas e inteligentes; es solamente una asociación marcada.

Y, por supuesto, eso no quiere decir que no haya socialistas tontos, que los hay, como existen también liberales tontos.

¿Puede el socialista entonces afirmar que su doctrina es superior a la del liberal puesto que este no es tan inteligente como él? En apariencia sí.

Superficialmente esa sería la conclusión: el mejor sistema es el que apoyan las personas más inteligentes y si los socialistas son más inteligentes, entonces el socialismo es el mejor sistema.

Examinar esto, paso por paso, bien vale una segunda opinión.

Los más intelectuales, los más inteligentes, cometen un error severo: se sobrevaloran ellos mismos y sus ideas. Se vuelven racionalistas y cometen un error tremendo, el de la soberbia. Concluyen que su inteligencia tiene la capacidad para diseñar y crear arreglos sociales óptimos.

Un alumno mío, estudiante de Letras Españolas, solucionó el problema de la planeación económica para la producción de bicicletas: las personas le dicen al gobierno si comprarán o no una bicicleta durante los siguientes doce meses y entonces el gobierno produce y entrega esas bicicletas a quienes las pidieron. Igual con salchichas y cervezas.

La falla no es tan obvia como debía serlo. Es un error severo, como una especie de falacia, la de la superioridad propia. Una variante de la falacia ad verecundiam, por la que se defiende una opinión diciendo que también es la opinión de una autoridad reconocida; como cuando se argumenta, «eso mismo lo dijo Aristóteles».

La falacia a la que me refiero es la que reclama que mi opinión es cierta porque ella es mía y yo soy más inteligente que el resto. Es decir, hay un fuerte elemento de soberbia que manda desechar lo que sea que otros digan porque no llegan la altura del intelectual (que es un gran literato, o célebre poeta, o un físico famoso).

Esa mentalidad de inteligencia mezclada con superioridad sucumbe con facilidad a la idea de poder diseñar un sistema social nuevo y mejor, basado en la razón y la ciencia, usando expertos y especialistas. Es eso que se llama magister dixit: lo dicho por el experto es la última palabra.

Desde esa superioridad intelectual combinada con soberbia, el intelectual se torna socialista al concluir que él puede y debe diseñar esa mejor sociedad para todos, para lo que necesita que el resto sigan sus instrucciones. Este es el corazón del socialismo, requiere que exista un mando central que sea obedecido por todos.

Por esto, el socialismo coincide con la existencia de gobiernos grandes y fuertes que centralizan poder sobre el resto de las personas. Una especia de gobierno del experto, del que piensa que es más inteligente. Usted puede percibir esto en los partidos socialistas de todas partes.

El problema está en la inteligencia mezclada con soberbia y produce lo obvio, ceguera y cerrazón. Si el intelectual dejara de lado a la soberbia, es decir, tuviera siquiera un poco de humildad, vería que en la sociedad, sus costumbres, instituciones y conductas, hay un diseño no intencional, producto involuntario de generaciones anteriores y actuales, y que no puede ser destruido y luego creado desde cero, ex nihilo, desde la nada,

La sociedad es de tal complejidad y fragilidad que no admite un diseño creado centralmente por expertos a quienes el resto debe obedecer. Es decir, si el intelectual socialista inteligente, fuera incluso más inteligente por quitarse su soberbia, concluiría que no es posible diseñar desde arriba a la sociedad perfecta, o casi perfecta.

Diseñar a la sociedad desde una posición central por parte de expertos inteligentes, significaría crear una categoría de personas inferiores y sin libertades, que estarían obligadas a obedecer al experto. Una posición insostenible con la igualdad humana y sus libertades.

Pero aún más. Significaría que todo el talento acumulado de millones de personas sería un recurso inactivo porque solo se usaría la inteligencia de los expertos centrales; no la del resto. Y, por mucho que sepan los expertos, ellos no pueden saber más que todo el resto de las personas.

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