Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tiempos Como Justificantes
Eduardo García Gaspar
24 mayo 2017
Sección: EDUCACION, FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
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«Hacen lo que en estos tiempos se hace», dijo la persona.

Agregó: «Van a la cama con cualquiera y hablan de amigos con derechos». Y repitió, «Son estos los tiempos que vivimos y poco puede hacerse».

Hay en eso una buen grado de fatalismo, esa actitud de resignación que lleva a concluir que nada es posible de cambiar y ante lo que solamente queda una aceptación de la realidad sin pretensión mayor al conformismo. La sumisión irremediable ante la realidad.

Una realidad que se verbaliza en expresiones como «estos tiempos» o «esta época». Formas de hablar y que resumen lo que se piensa es la cultura del momento, la forma de pensar que existe ahora. R. Scruton llama a esto «la falacia del espíritu móvil» [moving spirit].

«[…] la falacia de asimilar todo lo que está sucediendo en el mundo en el que se habita, incluyendo los propios proyectos, al “espíritu de los tiempos”. Usted comete [esta falacia] cada vez que ve a las acciones libres de individuos vivos como las consecuencias necesarias de los tiempos en los que viven». Scruton, Roger. The Uses of Pessimism.

Lo llamativo de la idea es el calificar a esa manera de pensar como una falacia, es decir, como un modo engañoso de pensar, un error de razonamiento.

Por un lado, comete un error de consideración, que es el negar a la libertad humana. Coloca a la persona como un títere de fuerzas poco definidas, o definidas a modo, frente a las que está indefenso: no tiene otra opción que sujetarse a lo que los tiempos dicen, sea lo que sea.

Y, además, crea un modo de pensar que tiene sentidos de interpretación del pasado, del presente y del futuro. Una especie de teoría de etapas o cambios ordenados de cierta manera para que coincidan con alguna concepción personal que explique a la historia, al estilo de K. Marx (1818-1883), por ejemplo.

No está mal examinar etapas históricas, aunque sea en etapas sencillas de comprender, pero existe un brinco demasiado atrevido cuando se interpretan con la ausencia de libertad e iniciativa personales. Esto es lo que creo que merece una segunda opinión.

Piense usted en lo que dijo la persona que cité antes y su aceptación de «estos son los tiempos en los que vivimos». Ha creado ella una fuerza vaga y poderosa que le impone al menos la resignación ante lo que se piensa es inevitable. Una fuerza que se mueve en el tiempo exigiendo ciertas conductas a todos y sin posibilidad de hacer algo distinto.

La cosa se pone interesante con algunas observaciones de Scruton. Las expongo según mi interpretación.

• Hay campos en los que es admisible aceptar etapas y pensar en ellas como una trayectoria de progreso acumulado, como en la ciencia. Hay allí acumulación de conocimientos de un momento al siguiente.

• Pero esa acumulación de conocimiento no existe en todos los campos y, por eso, es una falacia suponer que el espíritu de cada tiempo lleva una trayectoria de progreso, en la que cada etapa muestra un avance sobre la anterior.

Los campos en los que no existe esa línea de avance histórico son el arte, la moral, la filosofía. No son campos de técnica y ciencia, en los que es posible acumular conocimiento. Por tanto, puede haber retrocesos artísticos, por ejemplo, o filosóficos.

También en la política puede haber retrocesos a períodos peores que los pasados. La mejora continua no está garantizada. Si lo estuviera no se habrían tenido regímenes como el nazi y el soviético; tampoco guerras, ni terrorismo. No significa que no haya cambios, sino que esos cambios no necesariamente significan mejoras y avances.

Por consecuencia, está equivocado quien sea que piense que en estos campos se tienen siempre avances: creer que porque es nuevo es mejor no es una verdad asegurada. Pueden existir cosas anteriores mejores y que merecerían ser conservadas. De mi parte, en lo que esto me hace pensar primero es en el arte, donde lo nuevo no es necesariamente mejor a lo previo.

Un amigo cita ejemplos de estos retrocesos: la Cuba de Castro, la Venezuela de Chávez, la Alemania de Hitler, la Cambodia de Pol Pot. Casos en los que la etapa anterior seguramente no era loable, pero la siguiente fue aún peor. Creer que en política lo siguiente será mejor es una falacia; puede ser peor, mucho peor.

La conclusión es, entonces, reveladora: la creencia del progresista que supone que por definición sus nuevas propuestas son mejores es de una imaginación injustificada. Es bien posible que su liberación sexual no sea mejor que la sexualidad respetada; que su estado de bienestar no sea mejor que el gobierno vigilante de libertades; que sus listas de derechos sociales no sean mejores que los derechos naturales.

La idea es realmente genial y se sustenta en la sencilla propuesta de que en ciertos campos los humanos hemos tenido avances pero también retrocesos y que el progreso no es una garantía que razonablemente pueda esgrimirse para justificar que las nuevas ideas en, política o arquitectura, por ejemplo, sean un avance.

El problema es, por supuesto, tener la inteligencia para diferenciar.

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