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Tomar en serio a la pobreza
Selección de ContraPeso.info
13 noviembre 2017
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Análisis, Sección: Una Segunda Opinión
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Para resolver realmente a la pobreza se necesita entender a la riqueza. Esta es la idea de William R. Luckey en esta columna. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. 

Los cristianos están por lo general conscientes de que tienen la obligación de ayudar a los pobres. Se predica desde púlpitos, se escribe en libros, se enseña en las escuelas.

Sin embargo, el tema se vuelve más polémico cuando la discusión se dirige al mejor método para hacerlo. Con demasiada frecuencia, los defensores de los pobres ignoran el fundamento para el alivio de la pobreza: la producción de bienes.

Si los cristianos toman con seriedad la mejoría de las vidas de los pobres, deberemos también tomar con seriedad la comprensión de las fuentes de la creación de riqueza.

La máquina de la creación de riqueza: la búsqueda de bienes

Cuando un economista dice «bienes», no necesariamente habla de «bienes tangibles» como una lavadora o un automóvil. Para los economistas austriacos y otros influidos por la tradición aristotélico-tomista, un bien es aquello que creemos que es «bueno»: cualquier cosa que satisfaga la necesidad que tiene una persona.

Este bien se ve en un sentido subjetivo: hay bienes objetivos en el universo, pero para desear este o aquel bien, objetivamente bueno, debo hacerlo subjetivo; es decir, realmente debo verlo como un bien para mí en un momento particular.

Las necesidades que las personas experimentan pueden ser de casi cualquier cosa: educación, amor, comida, cultura, o la lavadora mencionada antes.

Para nuestros propósitos, existen dos tipos de bienes: bienes libres, es decir, cosas que forman parte de nuestro entorno natural y que podemos tener siempre que queramos, como el aire; y bienes económicos, es decir, bienes de los que no hay lo suficiente como para satisfacer nuestros deseos.

Debido a que nuestros deseos no tienen un límite real, y que los bienes económicos son finitos, estos últimos deben ser economizados. Esto significa que no pueden entregarse indiscriminadamente porque el suministro desaparecería rápidamente.

La mayoría de las veces, los bienes que necesitamos son cosas simples como comida, ropa y albergue. Necesitamos automóviles para ir al trabajo, la tienda y la iglesia, necesitamos atención médica y atención dental, libros para leer, papel para escribir.

De hecho, dado que el hombre es co-creador con Dios, como dijo el Papa Juan Pablo II (Laborem Exercens, nos 12-13), crea él su propia sociedad que servirá a sus fines, la mayoría de los cuales son solo fines intermedios, que deberían, a su vez, servir a su fin último. Por lo tanto, la sociedad y la economía son órdenes espontáneos impulsados por las cosas que los seres humanos necesitan.

La novela Robinson Crusoe es un buen ejemplo. Crusoe se encuentra solo en una isla sin prácticamente nada para su supervivencia. Inmediatamente comienza a proporcionarse su primera necesidad, comida y luego otras necesidades, como refugio.

Cuando llega Viernes, hace arreglos con él para desarrollar cosas que hacen la vida algo más fácil. Cuanto más compleja se vuelve esta sociedad, más cosas están disponibles para mejorar el florecimiento humano. En la novela, Crusoe encuentra una Biblia entre el material del barco, y se convierte en cristiano y luego convierte a Viernes. Entonces, las relaciones sociales y económicas tienden a cosas más elevadas, como la propia salvación eterna.

Es natural que los seres humanos quieran llevar a ellos y a sus familias a un estado de cosas mejor que el presente. No importa si se habla de finanzas, educación, salud, religión o de condiciones de vida; la gente generalmente trata de pasar a una situación mejor en todas estas áreas y muchas más. Si una persona estuviera completamente satisfecha con su estado actual de cosas, no haría ella nada para cambiarlo.

El esfuerzo por mejorar el estado de las cosas requiere creer en causas y efectos. Uno debe ser capaz de predecir que hay acciones que mejorarán el estado de cosas. Además, debe existir la posibilidad de realizar esas acciones.

En muchos países subdesarrollados, las opciones se ven limitadas por varias razones, lo que disminuye la probabilidad de que las personas quieran (o puedan) tomar medidas para mejorar su condición. En Occidente, y en lugares como Hong Kong, Taiwán, Singapur y Japón, tales acciones suelen estar disponibles.

En estos lugares, puede haber otras razones por las cuales las personas no se esfuercen por mejorar su condición, incluida la apatía y la existencia de incentivos perversos (un debilitamiento de la relación de causa y efecto que normalmente motiva la acción).

Entonces, al considerar estrategias para aumentar la riqueza, este impulso humano natural para mejorar la condición propia es el motor que debe ser alimentado. Los enfoques y las políticas que disminuyen este impulso, o lo redirigen de manera infructuosa, acabarán siendo contraproducentes.

Sin este impulso natural para mejorar nuestra condición, el mundo nunca se habría levantado de la barbarie. Si lo destruimos, el mundo puede regresar en esa dirección.

Condiciones de la creación de riqueza: capital y propiedad

Si una persona simplemente recolecta comida para sobrevivir, no hay forma de que aumente su nivel de vida. Todos sus productos se utilizan para el consumo presente. Pero si posee algunos bienes que utilizará para producir bienes de consumo para el consumo futuro, entonces posee capital.

Por ejemplo, si el recolector de alimentos inventa un tipo de arado, plantará parte del grano que habría consumido para comenzar a cultivar su propio grano, en lugar de desmontar la tierra y seguir como antes. El arado es un bien capital. Pero, ¿cómo lo adquirió?

Tuvo que pasar el tiempo realmente pensando en su invención y cómo podría hacerse y usarse. Para hacer esto, tuvo que abstenerse de consumir parte de su suministro actual de grano y guardarlo para alimentarse durante el período de fabricación de la invención, cuando dedicaría su tiempo a hacer y probar el arado. A esto llamamos ahorros. Todo aumento de producción requiere ahorros.

El ahorro implica un tipo de moralidad. La disposición de uno a consumir menos requiere autocontrol. Mientras que en el próspero Occidente somos bombardeados con constantes reclamos para comprar esto o aquello, esto de ninguna manera nos obliga a hacerlo.

Muchos se quejan de que la publicidad «nos obliga» a comprar cosas que no necesitamos. Pero todas las compras son acciones de libre voluntad de criaturas racionales. El problema no es la publicidad, sino una mentalidad materialista que, como escribió el Papa Juan Pablo II (Centesimus Annus, n. 36), tiene a una persona definiéndose ella misma por lo que tiene, no por lo que es.

¿Cuáles son las motivaciones para ahorrar? Primero es un retorno del dinero. Las empresas pedirán dinero prestado a los ahorradores por un precio, el interés. El interés es el incentivo para que el ahorrador sacrifique bienes actuales por bienes futuros. El segundo incentivo para ahorrar es que una persona tenga un fondo para emergencias. Otra es para que la persona tenga dinero para vivir cuando se jubile.

Independientemente de la intención del ahorrador, los ahorros se destinan a expandir a la industria, la educación u otras actividades productivas.

En otras palabras, sin ahorros, no habría cosas nuevas: no más dispositivos de ahorro de mano de obra; no habría coches mejores y más seguros; no habría calefacción central ni agua corriente, ni el fregadero, la bañera y los accesorios del inodoro para controlarla; no habría aire acondicionado central ni ascensores eléctricos; no habría avances en diagnósticos médicos, tratamientos, ni nuevos medicamentos.

Otro factor indispensable es la protección de la propiedad privada. El séptimo mandamiento existe por una muy buena razón natural. Si los productos de cualquiera de nosotros pudieran ser tomados por otros, nos daríamos cuenta de que no vale la pena trabajar.

Si, tan pronto como llego a casa del trabajo con mi paga o de una tienda con mis compras, alguien pudiera llevarse mi dinero o mis cosas, rápidamente desarrollaría una actitud cínica. Probablemente decidiría que la forma más efectiva de mantener o mejorar mi condición sería robar cosas ajenas, y tratar de defender mis objetos robados lo mejor que pudiera de otros ladrones itinerantes.

Pero hay otro lado de este problema que es importante para el desarrollo económico. Una persona no solo no puede regalar algo que ha robado; ni siquiera puede venderlo. No puedo vender lo que no tengo.

No puedo darte el dinero que otro me ha confiado. Incluso si utilizo un camión para transportar acondicionadores de aire para la empresa en la que trabajo, solo puedo usar el camión para el propósito que el propietario me asignó. No puedo sacarlo de la carretera ni ingresarlo en un evento de NASCAR.

El punto aquí es la importancia de lo sagrado de la propiedad privada para el funcionamiento del mercado. Sin la certeza de que mi propiedad, incluido mi dinero, están seguros, abundará el robo y el desarrollo económico se detendrá.

Por lo tanto, el desarrollo económico, y también la creación de riqueza, requieren ahorros, que provienen de personas que producen más de lo que consumen y donde su derecho a guardar lo que obtienen y disponer de ello está protegido por la ley y/o la costumbre.

Además, es necesario que haya una expectativa de que serán recompensados con un rendimiento decente cuando inviertan el exceso que lograron sobre lo que consumieron. Sin estos factores, resultarán el estancamiento y la pobreza generalizados.

Hay muchos obstáculos para la creación de riqueza que están más allá del alcance de esta discusión, entre ellos la lucha política; la confiscación de riqueza por parte de tiranos; la industrialización forzada de las sociedades agrarias; el exceso de regulación por parte del gobierno; y los altos impuestos.

Resolver estos problemas no es una tarea fácil. Pero el trabajo monumental de curar la pobreza no puede concluir con éxito si no comienza con una comprensión exacta de cómo crear riqueza.

Nota del editor

La traducción del artículo «Getting serious about poverty means understanding wealth» publicado por el Acton Institute el 25 octubre de 2017, es de ContraPeso.info: un proveedor de ideas que sostienen el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

William R. Luckey es profesor emérito de economía en Christendom College en Front Royal, Virginia. Este comentario está extraído y adaptado del volumen 24 de Christian Social Thought Series del Acton Institute, Wealth Creation: The Solution to Poverty, ahora disponible en Amazon.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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