Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Urgencia Igualitaria
Eduardo García Gaspar
4 septiembre 2017
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Puede ser una angustia, una cierta desazón que inquieta y acongoja.

Unas ganas desbordadas de hacer algo, de remediar el objeto de tal ansiedad. Hacer algo, no importa qué, con tal de quitarse de encima la zozobra.

Existe, en estos tiempos de demasiadas redes sociales y pocas neuronas, un objeto de esa impaciencia que tanto intranquiliza a tantos. La igualdad, su búsqueda desasosegada y por todos lo medios posibles. Incluso sin atender consecuencias, ni esperar resultados.

Pensar en la desigualdad como epidemia es indicativo de esa ansiedad:

«La desigualdad, la mayor epidemia de nuestro planeta». sinpermiso.info

Ver pausadamente esto bien vale una segunda opinión.

Comencemos con una dimensión sencilla, una de poder para explicar. Nuestro mundo no es perfecto, tiene problemas y ellos merecen atención. Esos problemas tienen varias causas, lo que creo que es obvio. Es decir, no existe una sola variable que explique todos los problemas.

¿Es la desigualdad la variable que explica todos nuestros problemas y la que siendo corregida resolverá todos nuestros problemas? No lo creo. Nadie razonable lo creería. Pero a eso se llega cuando se tiene esa desazón igualitaria y monotemática. Por ejemplo:

«Los diversos estudios, los que se han hecho a nivel nacional y los nuestros, confirman que la causa más importante de obesidad y diabetes tipo 2 y, con ellas, de otras enfermedades cardiovasculares relacionadas, son las desigualdades sociales, expresadas por el nivel cultural». laopinióndemalaga.es

Independientemente de confundir correlación con causalidad, comentarios como este llevan a acciones asombrosas: dar becas de universidad para combatir obesidad, por ejemplo. Esto es a lo que me refiero y que produce dos marcos mentales dignos de ver más de cerca.

Primero, el ya tratado, de la persona alimentada por una indignación que le inquieta y acongoja, con tal fuerza que su visión acepta a la desigualdad como el problema mayor y más urgente. Su inquietud le lleva a suponer que una vez resuelta la desigualdad, toda la vida mejoraría y se viviría en un mundo mucho mejor al actual.

Es un marco mental alimentado por la zozobra y la urgencia, lo que le hace ser descuidada y negligente. Olvida pensar, relega los análisis, descuida la realidad, omite medir resultados. Quiere actuar ahora mismo, con prisa extrema, alimentada por su pasión bien intencionada de ayudar a otros.

Segundo, el otro marco mental. El que se alimenta de análisis y se nutre de reflexiones. El que pide definiciones y solicita distinciones, El que exige medición y propone cautela. Ese que no cree en explicaciones únicas y examina efectos colaterales. Uno que prefiere la prudencia a la urgencia, y al que mueve más la reserva que la impaciencia.

La diferencia entre esas dos mentalidades es una esencial de caución contra atolondramiento. No hay entre ellas diferencias de buenas intenciones, ni de propósitos compasivos. Las dos mentalidades desean ayudar a resolver problemas.

Difieren en su actitud de cordura contra imprudencia, de juicio contra temeridad. Eso es todo y es una gran diferencia. Algo que bien vale una segunda opinión para apuntar explícitamente y que nos lleva a la arena política, especialmente en tiempos electorales.

Suele acontecer algo deslumbrante en política: el predominio de la mentalidad inquieta y obsesionada que lleva a la fácil implantación de medidas gubernamentales urgentes en contra de la desigualdad, sin cautela, ni juicio, ni seriedad. La sola intención justifica esas medidas, las que sean.

Este es un real problema de nuestros tiempos políticos, la justificación de los medios por motivo de sus intenciones. Si el propósito es bueno, se nos dice, la medida debe ser aprobada sin dilación. Aunque el error sea obvio, no suele considerarse.

Las medidas que buscan solucionar a la desigualdad sufren las consecuencias de una urgencia equivocada y que se sostiene en ese razonamiento erróneo: el fin justifica los medios. Si el objetivo es bueno, cualquier forma de alcanzarlo es bueno también (así sea la estupidez más grande).

Es, en buena parte, un problema de premura y apremio. Una urgencia desviada que olvida a la prudencia y a la realidad misma. Un síndrome frecuente de estos tiempos en los que la razón ha sido desplazada por los sentimientos, el juicio por las sensaciones. Y donde hacer algo, así sea lo más descabellado, tranquiliza a la persona aunque eso dañe a quienes quiso ayudar.

Porque esta urgencia igualitaria que todo lo justifica, en su fondo es más un medio para tranquilizar al inquieto que para ayudar a otros.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que intentan explicar la realidad económica, política y cultural. Defiende la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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