Abandono de la responsabilidad

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Un popular economista, S. E. Landsburg —véase la referencia abajo— usa un ejemplo que ilustra la relación entre decisiones, acciones, consecuencias y reclamos posteriores.

Toma el autor a dos niños a los que hace elegir entre comprar un helado y un dulce —con cada uno de ellos decidiendo diferente, Lleva a los niños, primero, a comprar el helado, que es lo que quiere uno de ellos.

Después va a otro comercio, donde el segundo niño recibe el dulce que quiso que le comprasen —pero algo sucede, el primer niño inicia un reclamo: ahora él también quiere un dulce, además del helado que ya tomó.

Un padre con sano juicio les hará ver a los niños que cada uno decidió y que eso significa que deben aceptar las consecuencias de sus actos —es decir, el reclamo del primer niño no tiene fundamento.

Si acaso el padre sucumbiera al reclamo y le compra un dulce al primer niño cometería un error doble: (1) incentivar la conducta quejosa del primer niño y (2) borrar la idea de responsabilidad en ambos.

El autor proyecta esa situación al mundo adulto, con dos situaciones:

1. Pedro acepta un trabajo de 35 horas a la semana, con un salario garantizado y hace eso durante varios años.

2. Pablo abre un negocio que le obliga a trabajar hasta 60 horas a la semana, sin tener garantía alguna de ingresos, y hace eso durante varios años.

Pedro y Pablo tienen 30 años después fortunas distintas y desiguales —no importa quién tenga la mayor. ¿Tiene uno de los dos justificación válida para reclamarle al otro la diferencia en fortuna? 

Por supuesto, no —y la razón es una personal: cada uno de ellos tomó una decisión y eso implica que ambos aceptaron las consecuencias de sus acciones, lo que se conoce como ‘responsabilidad’.

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Si Pedro tiene una fortuna mayor a la de Pablo (o al revés) sería disparatado que Pablo le exigiese a Pedro una parte de su fortuna para igualar las de ambos —y sería aún peor que Pablo contratara a un maleante para que le robara a Pedro sus propiedades.

Sin embargo esa posibilidad descabellada e irracional puede llegar a ser vista como una opción lógica cuando se retira de esa situación a uno de sus elementos —el de responsabilidad.

Cuando se retira a la responsabilidad se inhabilita la conexión que existe entre la acción personal y sus consecuencias —resultando en una supresión de la relación causa-efecto entre conducta y resultados.

El inutilizar esa relación causa-efecto entre conducta y consecuencias —que elimina a la responsabilidad—, la persona se extravía al no encontrar enlace alguno entre sus actos y sus consecuencias.

La supresión de la relación causa-efecto entre conducta y resultados crea un vacío racional que deja a la persona en una vida en la que puede hacer lo que desee y, a pesar de ello, poder reclamar y exigir los resultados que obtuvieron otros que no abandonaron a la responsabilidad.

Una sociedad en la que demasiados hayan perdido la relación causa-efecto entre conducta y consecuencias es una en la que la irresponsabilidad prolifera y escasean las posibilidades de prosperidad.

El único camino que permanece es el de los irresponsables convertidos en manantiales de reclamos —quejosos de injusticias inexistentes.

El libro usado para esta columna fue Landsburg, Steven E. The Big Questions: Tackling the Problems of Philosophy with Ideas from Mathematics, Economics, and Physics. New York: Free Press, 2009, p. 193.

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