Abandono del amor

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Es una realidad que, me parece, está en crecimiento. Algo que en otros tiempos trataba de ser frenado en lo posible, ahora es promovido.

Promovido por entenderse como un adelanto, un síntoma de progreso. Me refiero a la violencia explícita, al sexo explícito. «Una película que antes era solo para adultos, ahora pasa por televisión en horario infantil», como lo expresó un amigo.

Creo que no necesito probarlo. Eso puede verse todos los días en casi todos los medios. Es como un rasgo esencial de nuestros tiempos. El contraste es fascinante, por ejemplo, contra las tragedias griegas. En ellas, las acciones violentas sucedían fuera del escenario, sin necesidad de mostrarlas. No más.

Parece una obsesión el mostrar violencia explícita, incluso como parte de una categoría fílmica. E incluso en televisión. Lo mismo sucede con el sexo explícito.

¿Cómo entender estos cambios? Porque, después de todo existe una gran diferencia entre cosas como Edipo Rey y Addicted To Sexting. O entre Macbeth y Nymphomaniac Volume 1. ¿Qué ha sucedido?

Aceptar que ha sucedido es ya un adelanto, igual que reconocer que para muchos esto es aceptado como al nuevo estándar, la normalidad actual. Y, aceptando su existencia, tratar de comprender su fondo. ¿Qué es realmente ese apremio por lo explícito, ascendentemente explícito?

Una razonable manera de entenderlo es como un sacrilegio. La degradación intencional de lo sagrado, el envilecimiento de lo elevado. Un autor lo ha expresado así:

«La profanación intencional de la forma humana, ya sea mediante la pornografía del sexo o la pornografía de la muerte y la violencia, se ha convertido, para mucha gente, en un tipo de compulsión. Y esta profanación, que echa a perder la experiencia de la libertad, es también una negación del amor. Es un intento para rehacer al mundo como si el amor no fuera ya parte de él». Roger Scruton, Beauty: a very short introduction.

Lo allí afirmado es terrible. Habla de una obsesión por rebajar la dignidad humana, abusando de la libertad y negando el amor. Cuando usted ama no hace esas cosas violentas y viles a otros, pero tampoco hace películas donde se muestran esas cosas. Esto es lo que merece atención.

No es tanto la realidad de la alta disponibilidad de lo explícito degradante en los medios que quiera usted, lo que ya es malo en sí mismo, sino lo que eso dice acerca del espíritu de nuestros tiempos, nuestro zeitgeist.

Quizá pueda explicarse con la pérdida de lo espiritual. Me refiero al abandono de elementos místicos e inmateriales de nuestra existencia. Un vacío que ha ocupado lo material y corpóreo, que es grueso y tosco comparado con lo sutil y frágil de lo inmaterial.

Ese mundo material, meramente corpóreo y burdo, es uno en el que la dimensión del amor más allá de lo material es difícil de comprender. Es el mundo en el que incomprensiblemente se entiende que hacer el amor es tener sexo con quien sea.

Un asunto religioso sin duda. Abandonar la idea del amor, que es espiritual, significa permanecer en un mundo en el que el amor solo puede entenderse como gozo físico de plazo corto, sin recompensa futura. Vaya, incluso cuando la religión se «materializa», pierde el amor y comienza a justificar la violencia, como en atentados terroristas.

Hablo de una profanación de la dignidad humana manifestada en el abandono del amor hacia otros y que exhibe en lo explícito de la violencia y el sexo. Conforme más se abandona la idea del amor, más manifiesta es la pérdida de lo espiritual.

El problema, creo, es en su fondo la secularización. La deserción religiosa y su sentido espiritual, más allá de lo material inmediato. Es lo que lleva a la obsesión sacrílega de la persona, como una adicción al sexo y a la violencia, en donde ambos son confundidos. Una compulsión por lo físico e inmediato.

En fin, solo quise apuntar lo que me parece un rasgo de nuestros tiempos, el abandono del amor hacia otros y hacia uno mismo. Producido por el abandono de lo espiritual, sagrado y religioso, es no puede producir otra cosa que eso con lo que comencé: sexo y violencia explícitos.

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