Es esa frase que cuesta tanto trabajo pronunciar, «soy conservador». Eso que se presiente cuando se reconoce que la sociedad es frágil, muy frágil, que lo bueno que ella tiene es endeble y delicado, que puede romperse con facilidad.

Pero, sobre todo, que es mucho más fácil destruir lo bueno que tenemos que volverlo a crear. Eso bueno de lo que gozamos es la consecuencia del trabajo acumulado de generaciones anteriores, de sus ensayos y errores, de la experiencia acumulada de vidas previas.

Es la esencia del conservadurismo práctico: «el sentimiento de que las buenas cosas son fáciles de destruir, pero no fáciles de crear», como lo ha escrito R. Scruton.

Si le hacemos caso a ese autor, hay dos tipos de conservadurismo, el metafísico y el práctico. Este último es esa idea de que las cosas buenas que tenemos en nuestra existencia son sencillas de demoler, pero complicadas de producir. El otro es el cuidado de lo sagrado y la defensa en contra de su profanación.

Pero vayamos a lo que creo que bien vale una segunda opinión. Es un asunto de aburrir en relación a divertir; de lo tedioso comparado contra lo emocionante. Una desventaja notable de todos aquellos que son conservadores: son aburridos, pesados y monótonos.

Y son así porque sus opositores son entretenidos, amenos, emocionantes, atrevidos. Estos opositores son conocidos generalmente como progresistas. Esos que tienen grandes ambiciones futuras y proponen cambios, transformaciones y reformas. Lo que por lo general significa: «olvida lo que existe y cámbialo por algo nuevo que será mejor».

¿Qué cosa puede ser más emocionante que la propuesta de una sociedad mejorada y casi perfecta, posible si se reniega de lo presente y se realizan cambios dramáticos? Esta es una narrativa apasionante, sobrecogedora, que conmueve. Puede llegar a ser alucinante como lo hicieron las ideas de Lenin, de Mao.

En menor escala, es el conmovedor y sentimental mundo prometido del socialismo del siglo 21. O de las propuestas de un nuevo proyecto de nación gracias al simple hecho del arribo de un iluminado al poder.

Por el otro lado, el conservador carece de una retórica apasionante. No creo que nadie palpite de más escuchando su cauteloso mensaje. ¿Quién se emocionará cuando oiga que nuestra vida no puede ser perfecta y que debemos ser precavidos y desconfiados ante las promesas de grandes cambios?

Sin embargo,

«Su posición [la del conservador] es verdadera pero aburrida, la de sus oponentes emocionante pero falsa». R. Scruton (ibídem)

El contrate es en su fondo una desventaja retórica considerable y de consecuencias severas. La verdad, entonces, se presenta tediosamente, frecuentemente como una lamentación que aconseja prudencia. Y la falsedad toma la apariencia de lo nuevo, lo atrevido y emocionante.

Imagine usted el atractivo del discurso que genera el candidato que cree posible una sociedad en la que el gobierno duplicará pensiones y cubrirá los gastos médicos de todos, comparado con el discurso de otro candidato que reconoce la realidad de que eso no es posible porque no hay recursos para hacerlo (y si se intenta, nos previene, vendrá una crisis de finanzas públicas).

Las elecciones en países democráticos, mucho me temo, son más receptivas a las propuestas que, aunque falsas, crean emoción y sueños de utopías posibles. Son una especie de circo propenso a lo alucinante y atrevido, no a lo prudente y realista. El profeta Jeremías no ganaría una sola elección con sus lamentos.

¿Donde está el problema real? En la mente del gobernante que busca conmocionar, dramatizar y encandilar al votante con propuestas gloriosas y fantásticas solo posibles si él es elegido. Un modo de ser que es fácilmente contagiado a otros candidatos que podrían ser realistas.

Pero también el ciudadano es parte del problema. Su ingenuidad generalizada lo hace presea fácil de las elecciones comprendidas como espectáculo de emociones y sentimientos, como una cinta de efectos especiales en la que Supermán vuela y existe el Hombre Araña. Eso que lleva a suponer real los nuevos proyectos de nación y las sociedades ideales gracias a la elección del iluminado.

¿Qué oportunidad tiene la narrativa tediosa del realista frente a la narrativa fantástica del progresista? La ventaja retórica de este último es notable en un circo electoral. Aún así, hay esperanza en el monto en el que el sentido común domine al ciudadano y este sepa distinguir entre lo posible aburrido y lo imposible emocionante.

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