Ambición y certeza absolutas 

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Combinan el poder suficiente como para hacer posible el terror con otro ingrediente fatal, la certeza absoluta en sus ideas.

Un ejemplo clásico, entre otros posibles, es el de J. Stalin:

«Era cruel por temperamento y carente de compasión. De todos los métodos disponibles para resolver el conflicto político, social y económico, él favoreció el terror y no vio ninguna razón para moderar su uso. Al igual que otros dictadores, era obstinado e inflexible. La concesión y el compromiso fueron vistos como una amenaza a la inviolabilidad de su poder. Hizo reformas limitadas y poco entusiastas solo cuando las crisis socioeconómicas estaban llegando al punto de ruptura y la estabilidad del sistema estaba en peligro. Su dogmatismo teórico estaba en la raíz de la violencia que definía su régimen». Khlevniuk, Oleg V. Stalin: a new biography of a dictator. Yale University Press. Versión Kindle.»

Para realmente implantar sus ideas, el dictador necesita tener poder, mucho poder, y sin las limitaciones que le imponga la ley y los contrapesos republicanos. pero aún así, no es suficiente.

Necesita ese otro elemento irremplazable, la crueldad total. Es decir, ausencia de todo sentimiento de consideración hacia otros. Ningún sentimiento de culpa, ni de arrepentimiento.

El caso de Stalin es extremo, pero tiene sus versiones menos intensas constituyendo una regla de aplicación inmediata en toda elección: desechar al candidato que muestre indicios de ignorar a la ley, de concentrar el poder, de querer tener el poder él y solo él.

Llevar al poder a este candidato, de cualquier signo político, es un riesgo real y presente para la nación.

Esta es la primera lección que nos da el estudio de los dictadores: evitar elegir a cualquiera que manifieste una mentalidad que ambiciona el poder personal creciente y muestre desprecio por las reglas de la república.

¿Cuál es la segunda lección que sacamos del caso de Stalin? La de hacer de lado a todo candidato que demuestre ser un teórico dogmático incapaz de escuchar ni aceptar la discusión de sus ideas.

No hablo del candidato que defiende sus ideas y las razona y debate. Me refiero a quien se rehusa a enfrentarse a ideas opuestas, a quien no cede un ápice y suele con frecuencia usar insultos y calificativos en contra de sus opositores.

Por ejemplo, Stalin se aferró a su idea de que la economía de su país dejaría de usar al dinero y los ciudadanos recibirían con gusto las órdenes estatales a cambio los bienes que ese mismo gobierno pensara que necesitarían.

Por supuesto, hay otros rasgos de gobernantes que deben ser dejados de considerar seriamente en toda elección por parte de cualquier ciudadano medianamente racional. Solamente he anotado dos muy indeseables.

1. La ambición desmedida de poder con desdén hacia leyes, instituciones y contrapesos republicanos.

2. La terquedad teórica de sus ideas que no está dispuesto a confrontar con ideas opuestas. Una especie de fundamentalismo político que deriva en el uso de insultos hacia sus enemigos.

Y una cosa más…

Una publicación reciente El pueblo soy yo de Enrique Krauze, provee un marco de conocimiento para el buen entendimiento de las dos lecciones que apunté arriba, con énfasis en los casos de F. Castro, H. Chávez. A. M. López Obrador y D. Trump.

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