Crear una utopía. Producir una sociedad perfecta. Esta es la ambición de muchos gobernantes. Quieren ser los autores del paraíso terrenal, donde gracias a ellos, todos vivamos en una sociedad amorosa, justa y fraternal.

Eso, mucho me temo, será imposible. La intención de esos gobernantes se enfrenta a un obstáculo absoluto, nuestra propia naturaleza: somos imperfectos y no podemos construir una sociedad perfecta. Pero eso no importa al gobernante utópico y soñador.

En la mente de ese gobernante optimista sin escrúpulos se forma una meta más o menos explícita: será un reformador de conciencias, cambiará a la naturaleza humana, convertirá a las personas en seres ideales. Para hacer esto, necesitará modificar el mismo interior de las personas en escala masiva.

«Y la convicción de que la humanidad podría ser remodelada por proyectos masivos de ingeniería social llevó a algunas de las mayores atrocidades de la historia … la ambición de rehacer la naturaleza humana … convirtió a los líderes en déspotas totalitarios y asesinos en masa … Los deseos humanos innatos son una molestia para aquellos con visiones totalitarias, que a menudo equivalen a lo mismo. Lo que se interpone en el camino de la mayoría de las utopías es … el comportamiento humano». Joseph Brodsky

Deténgase un momento y piense en la escala del proyecto que desea implantar el gobernante utópico: cambiar a la naturaleza humana. modificar la conducta de millones y millones, unificar sus ideas, solventar sus dificultades: convertir a su país en un reino de ángeles por los medios que él quiere implantar.

Y ahora conteste si eso es posible. El más mínimo sentido común dará la respuesta realista, pero aún así habrá quienes se unan a esa intención. recuerda esto la frase de George Orwell, «hay algunas ideas tan absurdas que solamente un intelectual las creería».

Esa intención de modificar el interior de la humanidad para lograr el paraíso terrenal atraerá el elemento romántico que todos tenemos, ese deseo de ser felices y vivir en un mundo sin problemas. Y eso, mucho me temo, le creará adeptos al gobernante que lo proponga, sin importar que sea una total imposibilidad.

Hasta aquí tenemos una situación de ensueño exaltado y nada pasaría más allá de escribir un poema o una canción. Sin embargo, cuando esa intención de modificar a la naturaleza humana usando medios gubernamentales se convierte en acciones estatales, entonces comienzan los problemas.

La naturaleza humana choca con las ambiciones del proyecto y el gobernante comienza a usar la fuerza sin que nadie lo detenga. ¿Quién quiere ser ese que se oponga a la construcción de la sociedad ideal? Y, entonces, todo, absolutamente todo, se autorizará. Los intelectuales dejarán de usar su intelecto, los partidarios se unirán a ese abandono de la razón y la gente común vivirá en una pesadilla real que se interpreta como el costo de alcanzar la utopía futura.

La evidencia histórica de esa conversión de proyectos políticos utópicos en sistemas totalitarios es abundante, lo que hace aún más llamativa la insistencia en implantarlos aún hoy en día (recuerde el socialismo del siglo 21 en Venezuela, y la constitución moral de López Obrador en México).

Mucho me temo que esa ansia de la utopía sea una constante en nuestros tiempos, por una razón. El surgimiento de gobiernos excedidos en funciones y responsabilidades produce desilusión al fracasar esos gobiernos y no cumplir con las grandes expectativas prometidas. Conforma más desilusión exista más tendencia habrá a los sueños románticos de la sociedad ideal.

Y algo más…

La cita de Brodsky fue tomada de Hollander, Paul. From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship (p. 318). Cambridge University Press. Kindle Edition.

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