Aún mata el socialismo es la primera de las columnas que se presentan a continuación. Todas ellas de colaboradores del Acton Institute sobre el tema común del socialismo.

.

Explicar la supervivencia de ideas socialistas es la idea de Kishore Jayabalan en esta columna. El título original de la columna es «Socialism still kills».

Aún mata el socialismo

Hable usted lo suficiente a los conservadores europeos y eventualmente le recordarán que los comunistas occidentales y orientales del Viejo Continente nunca han rendido cuentas por sus crímenes. Al menos no en la medida en que se les persiguió a los miembros del partido nazi después de la Segunda Guerra Mundial.

Esta falta de rendición de cuentas ha significado que el comunismo nunca haya sido completamente desacreditado por la izquierda política, por lo que alguna variante del comunismo/socialismo estaba destinada a resurgir, a pesar de la evidencia insuperable de su costo humano y su abyecto fracaso.

A menudo me he preguntado por qué los comunistas nunca han tenido que pagar un precio por sus pecados y graves errores de juicio moral. Quizá los demócratas liberales victoriosos estaban demasiado ansiosos por la reconciliación después de la Guerra Fría, demasiado compasivos como para castigar a los malhechores.

O tal vez estos mismos demócratas liberales no creyeron que realmente ganaron la Guerra Fría, y en su lugar fue el otro lado el que simplemente falló por su propia cuenta, debido a algún tipo de error involuntario.

Los liberales parecieron abstenerse de regodearse en lo que pensaron que era un triunfo inmerecido. ¿Creyeron realmente alguna vez en la superioridad de sus creencias?

Cualquiera que sea la razón, el fracaso en desacreditar al comunismo y al socialismo ha regresado para perseguirnos. Habría sido inimaginable hace apenas diez años la popularidad de Bernie Sanders, el único político abiertamente socialista en el Congreso de Estados Unidos, entre los jóvenes estadounidenses junto con su aversión al capitalismo.

Los conservadores religiosos del milenio en lugares como First Things están de acuerdo en llamarse a sí mismos socialistas cristianos.

Dos conservadores religiosos más viejos y sabios, el editor de First Things Rusty Reno y el presidente del Acton Institute, el padre Robert Sirico, recientemente debatieron los méritos del mercado libre.

Desde mi punto de vista, obviamente sesgado, el padre Sirico ganó el debate ampliamente, sobre todo porque al final Reno pareció defender el capitalismo. Pero, de nuevo, nunca me han atraído las ideas socialistas y siempre he pensado que la mayoría de las críticas a la economía de mercado son exageradas o extraviadas; soy, después de todo, una criatura de la década de 1980.

Creciendo con Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II como mis héroes, no sorprende que tenga yo tanto aprecio por el capitalismo democrático liberal informado religiosamente.

La generación del milenio pasó por la adolescencia durante la presidencia de Clinton y entró en la edad adulta con los ataques del 11 de septiembre, guerras aún no concluidas en Afganistán e Irak, la crisis financiera de las hipotecas de alto riesgo, la renuncia del Papa Benedicto XVI y la legalización del matrimonio de personas del mismo sexo.

Las certezas con las que crecí parecen haberse desvanecido en el aire.

Por lo tanto, es fácil entender por qué los de esa generación están tan hastiados y ahora flirtean con ideas desacreditadas e incluso inhumanas. Pero si los niños de la era Reagan-Thatcher-JPII somos fieles a nuestras creencias, debemos rechazar esta lectura excesivamente historicista del tiempo presente.

¿Acaso no tenemos aún a la razón y al libre albedrío, no podemos todavía ver, juzgar y decidir entre las alternativas que tenemos ante nosotros? Si es así, tenemos que mirar las realidades actuales para renovar nuestra defensa de la democracia liberal.

Es verdad, después de todo, que no tenemos una economía completamente capitalista en Occidente; el tamaño del gobierno ha reducido drásticamente el alcance de la libertad económica en las últimas décadas, independientemente de qué partido haya estado en el poder.

Pero Estados Unidos y cualquier otro país próspero del mundo son definitivamente más capitalistas que socialistas. Si no quiere creer en fuentes como el Índice de Libertad Económica, simplemente mire países (más bien prisiones) como Corea del Norte, Cuba y Venezuela.

Observe los flujos migratorios internacionales y verá una diferencia fundamental entre los países que intentan mantener a la gente y los que tienen que limitar el número que reciben. Es un cliché pero sigue siendo cierto: la gente vota con los pies y abrumadoramente eligen a la democracia liberal por encima del socialismo.

¿No saben quizá estos migrantes lo que están eligiendo? Tal vez se sienten atraídos por los edificios altos y brillantes y la opulencia seductora de Occidente, solo para ser explotados y marginados por los corruptos plutócratas que prosperan gracias a mano de obra barata. Siempre ha sido este el argumento del intelectual en contra la promesa de oportunidad económica. Tal vez el problema sea que el capitalismo ha tenido éxito en poner al alcance de todos lo que solía estar reservado a las clases altas.

La causa intelectual ha sido tanto sobre la «cultura burguesa (es decir, vulgar)» del capitalismo democrático como sobre la economía. Nuestro buen amigo Alberto Mingardi ha estado discutiendo el ensayo de 1952 de Gertrude Himmelfarb «La democracia estadounidense y sus críticos europeos» y cita este buen pasaje:

«Cuando Coca-Cola, los cómics y los misterios de asesinato de Raymond Chandler invadieron Europa, penetrando incluso en la fortaleza británica, los radicales lanzaron un gran clamor contra el capitalismo estadounidense. Lo que eligieron no ver es que el verdadero delincuente no es tanto el capitalismo como las masas europeas, que han dado una recepción entusiasta a estos productos supuestamente degenerados del capitalismo estadounidense. La verdadera queja de Europa contra Estados Unidos no es que Estados Unidos esté exportando cultura capitalista, sino que está exportando cultura popular».

Entonces, en lugar de ceder a la desesperación sobre el futuro o confiar en una ingenua esperanza en el progreso histórico, los demócratas liberales debemos redoblar nuestros esfuerzos porque la realidad fundamental está de nuestro lado.

Puede que no siempre sea edificante o ennoblecedor, pero tiene la gran ventaja de ser cierto. Terminaré recordando a los derechistas más jóvenes una afirmación audaz atribuida a uno de esos políticos de los 80, «Las realidades de la vida son conservadoras».

.

Una idea de Samuel Gregg. El título original de la columna es So who is our Keeper, Mr. President?

¿Y quién es su guardián?

En caso de que se lo hayan perdido, el Presidente Obama visitó la República Popular de Vermont a finales de marzo.

Fue, como el Presidente recordó a sus adoradores fans en un mitin, la primera ocasión en la que un presidente en el poder había visitado la tierra del senador Bernie Sanders (independiente-Socialista Demócrata) desde 1995 (cuando otro presidente demócrata era candidato a la reelección).

Para el deleite de su público, el Presidente de EEUU usó toda la conocida retórica sobre las inversiones en energía limpia (Solyndra es, al parecer, ahora una “inversión”), sobre el galante rescate (también conocido como bail-out) de las empresas de autos de Detroit (impulsado por el sindicato de los UAW y décadas de aquiescencia de sus administraciones), y cómo una reelección es una condición sine qua non para el cambio eterno.

Escondidas en el texto, sin embargo, estaban unas pocas líneas que revelan mucho acerca de cómo el presidente Obama entiende cómo enfrentamos nuestras responsabilidades con nuestro prójimo.

Al describir la posición de sus oponentes conservadores sobre este tema, el Presidente insistió:

«Su filosofía es simple: Estás por tu cuenta. Estás por tu cuenta. Si no tienes trabajo, no puedes encontrar un empleo, mala suerte, estás por tu cuenta. No tienes atención médica —ése es su problema— estás por tu cuenta. Si naciste pobre, levántate con sus propios medios, incluso si no los tienes. Estás por tu cuenta. Ellos creen que es su —que así es como de América ha avanzado. Esa es la angosta y estrecha concepción que tienen de la libertad. Y están equivocados. (Aplausos.) Se equivocan».

Firmemente establecidos en la mente de su público estos espantapájaros neo-darwinistas, defensores de lo que el Presidente llama “economía del estás por tu cuenta”, el Comandante en Jefe dijo entonces asegurando que, a diferencia de sus cobardes rivales, él y sus discípulos reconocieron que “yo soy el guardián de mi hermano, yo soy el guardián de mi hermana.”

Pero, ¿quién es el “yo” que el presidente Obama tiene en mente?

Mirando cuidadosamente su discurso, no son ciertamente las asociaciones libres y las comunidades que Alexis de Tocqueville pensó que hacían tan diferente y vivo a los EEUU del siglo XIX en comparación su estatizada Francia natal.

No: nuestro “guardián” número uno, en la mente de nuestro presidente, es el gobierno federal.

Todo esto se hace evidente al fijarnos en las ideas para “reconstruir a los EEUU” que figuran en el discurso. Todo se trata de inversiones del gobierno en las cosas que iban mucho más allá del tipo de obras públicas que nada menos que Adam Smith pensaba que los gobiernos deben emprender.

Prácticamente todas las propuestas suponen más gastos del gobierno en cosas como energía limpia (otra vez) y el favorito de siempre, el tren de alta velocidad (suspiro).

Incluso cuando el Presidente propuso algo sensato, como suspender los “regalos de los contribuyentes a la industria petrolera que rara vez ha sido  más rentable”, se apresuró a añadir que ahora era el momento de “aplicarse al doble en la energía limpia, la que nunca ha sido más prometedora —solar y eólica y biocombustibles y energía eficiente, baterías eléctricas “.

Al parecer, nuestro líder no se ha dado cuenta de que incluso algunos gobiernos europeos, muchos de los cuales han entregado tantos recursos como ha sido posible a los políticamente bien conectados, políticamente correctos compinches-capitalistas en los últimos 15 años, están concluyendo que es probable que muchos de estos proyectos no sean económicamente viables, ni ahora ni en un futuro lejano.

Dejando, sin embargo, todos estos puntos ciegos, es especialmente notable que al insistir en que debemos cuidar de nuestro prójimo, el Presidente no dijo nada sobre el papel de las asociaciones de voluntarios —o de cualquier establecimiento no gubernamental que sea— para abordar los desafíos sociales y económicos.

Tampoco mencionó nada sobre el trabajo a menudo desinteresado de amar a nuestro prójimo realizado por las mismas organizaciones religiosas, cuya libertad constitucionalmente garantizada (y natural) para vivir, actuar y servir a los demás de acuerdo a sus creencias, está siendo restringida irracionalmente por los segmentos más macabros de su Administración en nombre de la “selección (choice)”.

Como a todos los buenos rawlsianos, al presidente Obama le resulta difícil comprender la posibilidad de que las comunidades y asociaciones privadas a menudo podrían ser mejores que los gobiernos para ayudar a nuestro prójimo necesitado.

En su lugar, su instinto es buscar inmediatamente una política enfocada en una solución estatal.

Si el Presidente invirtiera algo de tiempo explorando el concepto de justicia social, descubriría que sus primeros expositores —en su mayoría teólogos católicos italianos de mediados del siglo XIX— pensaban que ella debe realizarse principalmente a través de asociaciones e instituciones de la sociedad civil, con el gobierno jugando un papel secundario de ayuda.

Uno de los límites de la imaginación moral de nuestro Presidente es que parece no poder reconocer que sus oponentes no son un montón de narcisistas randoides.

La gran mayoría de ellos, de hecho, creemos que somos guardianes de nuestros hermanos. También reconocemos que hay algunos problemas —incluso muchos— que los mercados no pueden resolver.

Pero tampoco creen que los estadounidenses de alguna manera deben delegar en masa la mayor parte de las obligaciones concretas de carácter personal ante los necesitados, dándolas a funcionarios electos y funcionarios públicos.

Por el contrario, comprenden, como Tocqueville escribió, que “La moral y la inteligencia de un pueblo democrático estaría en mucho peligro al igual que su comercio y su industria, si alguna vez un gobierno usurpara totalmente el lugar de las asociaciones libres.”

Esto, al parecer, es algo que nunca entenderán progresistas.

.

Una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna Challenging Liberals on Economic Immobility. Recuérdese que “liberals” en los EEUU es la posición opuesta a la de los “liberales” fuera de ese país. “Liberals” ha sido traducido como “socialistas”, es decir, personas de izquierda.

Socialismo e Inmovilidad Económica

Cuando se trata de aplicar a la economía las ideas de liberté, égalité, fraternité, los socialistas modernos siempre han tenido una fuerte fijación en el segundo miembro de esta trinidad, la igualdad.

Ella es una preocupación central de la biblia del socialismo americano moderno: el libro de John Rawls A Theory of Justice (1971). En él, un hiper-secularizado amor por al prójimo ha sido convertido en una preocupación por la igualdad en el sentido de similitud general.

Del mismo modo, la libertad económica es restringida con fuerza cada vez que existe una posibilidad factible de que su ejercicio produzca disparidades significativas de riqueza.

Así que, si bien es tentador atribuir a la administración de Obama un más o menos obvio uso de la envidia de clases en el actual ciclo electoral como resultado de los cálculos inmediatos sobre la forma de derrotar a Mitt Romney, uno no debe olvidar lo central que es para la identidad de la izquierda la interminable búsqueda de una cada vez mayor igualdad económica.

En realidad, sin ella, la izquierda moderna tiene poco en su orden del día que no sea la promoción de estilos de vida libertarios y otros fines socialmente destructivos.

En el Washington Post, sin embargo, E. J. Dionne, señaló recientemente en un artículo del 15 de julio titulado “Un reto para los conservadores” que algunos conservadores están preocupados por una aparente disminución en la movilidad económica ascendente en Estados Unidos.

Continuó, sin embargo, argumentando que países como Suecia y Alemania, que tienen más inclinaciones económicas social-demócratas parecen gozar de una mayor movilidad económica que los EEUU. Y a nadie sorprenderá saber que, en su mayor parte, Dionne ve a la mayor intervención económica del gobierno como la manera de facilitar una mayor movilidad económica en su país.

Dejando de lado el hecho de que muchos de los países citados por Dionne —entre ellos Suecia y Alemania— en realidad aplicaron liberalizaciones económicas significativas (incluyendo reducciones de impuestos y reformas del mercado de trabajo) durante la década del 2000 (una de las razones por las cuales no se encuentran entre los casos sin remedio del Club Med de Europa), la disminución de la movilidad económica, obviamente, debe preocupar a los estadounidenses que no son de izquierda.

Parte del anunciado sueño americano es que cualquiera puede lograr una considerable movilidad económica ascendente con iniciativa y trabajo duro. Si ese ideal deja de tener tracción en la realidad, entonces no sólo se abre la puerta a aquellos que ven una mayor intervención del gobierno como la solución al problema; el mismo reclamo de la singularidad de Estados Unidos se pone en tela de juicio.

El significado y la naturaleza de la movilidad económica es el tema de bosques enteros de libros eruditos y no tanto, y de artículos. Pero hay algunas cosas que he encontrado que los socialistas son reacios a considerar en cualquier discusión seria sobre este tema, entre las que no son insignificantes las causas de la inmovilidad económica en Estados Unidos.

En la izquierda, su hipótesis de trabajo tiende a pensar que los avances económicos de una persona se dan a expensas de la inmovilidad económica del resto. Pero, ¿es eso cierto?

¿La larga marcha de Steve Jobs hacia la riqueza, por ejemplo, hizo que millones de personas se mantuvieran económicamente estáticas? ¿O ayudó a facilitar una revolución tecnológica que ayudó a millones de personas directa e indirectamente a crecer económicamente mucho más allá de sus situaciones iniciales de partida, por no hablar de mejorar las condiciones de vida de miles de millones en todo el mundo?

De hecho, desde hace mucho tiempo los socialistas deberían haber considerado cómo todo tipo de programas e intervenciones del gobierno, en nombre de una mayor igualdad económica, en realidad contribuyen a la inmovilidad económica.

Piense en las miles de maneras en las que el Estado de Bienestar ha ayudado a producir familias severamente disfuncionales en las que tres generaciones han subsistido con ayudas gubernamentales y por lo tanto han permanecido aparentemente inmóviles.

Para ser justos, Dionne hace notar que algunos socialistas han reconocido las formas en las que la desintegración familiar ayuda a reducir la capacidad de la gente para superarse económicamente. Son muchos menos los socialistas que, sin embargo, reconocen el papel desempeñado por los programas de asistencia en ese proceso.

Están también las barreras creadas por el Estado regulador a las personas que quieren subir económicamente siendo emprendedores y la creando bienes y servicios que otras personas valoren. Como la Fundación Heritage señaló en marzo de este año:

«Durante los tres primeros años de la administración de Obama, 106 nuevas grandes regulaciones federales han añadido más de $46 mil millones por año en costos para los estadounidenses. Esto es casi cuatro veces el número —y más de cinco veces el costo de las principales regulaciones emitidas por George W. Bush durante sus primeros tres años. Otros cientos de reglamentos reptan por el proceso de su creación como consecuencia de la reglamentación de la ley financiera Dodd-Frank, de la Ley de Protección del Paciente y Cuidado Asequible de Salud y la cruzada del calentamiento global de la Agencia de Protección Ambiental, que amenazan con debilitar aún más una economía anémica y a la creación de empleo».

El informe añade que los afectados por estos acontecimientos no son sólo las pequeñas empresas y empresarios (es decir, los generadores principales de la movilidad económica). También afecta a aquellas personas cuyas posibilidades de trabajo se ven disminuidas por la falta de creación de empleo, así como los consumidores que se enfrentan a precios más altos y a una elección más reducida de productos.

A esto, podría añadirse que las mismas estructuras crean incentivos perversos para los ya ricos para acercarse aún más al gobierno con el fin de usar el poder político y bloquear el avance de sus menos influyentes y más arriesgados competidores, o incluso destruirlos.

Obviamente es un problema la inmovilidad económica extendida en una sociedad que pretende valorar la libertad económica y sus oportunidades.

Pero si los socialistas están muy preocupados por esto (en lugar de verlo como un motivo más para presentar el gobierno —y a ellos mismos— como la solución de casi todos los males sociales), podrían preguntarse sí mismos si sus supuestos y políticas están entre las principales causas.

Dudo que eso suceda.

.

Una idea de Hunter Baker. Esta es la versión breve de otro artículo, publicado como Social Leveling: Socialism and Secularism. “Social Leveling” ha sido traducido como nivelación social y connota la idea de igualación en los dos sentidos a los que Baker se refiere.

Nivelación Social

La nivelación social (social leveling) es algo que asociamos típicamente con la destrucción de diferencias materiales entre seres humanos.

Es el sueño socialista de una sociedad sin clases en la que las diferencias, usualmente el resultado de diversidad económica, se hacen irrelevantes.

El estado, con el poder de la acción política de las masas (o al menos del grupo que reclama hablar a nombre de las masas), trabaja para tomar control de la riqueza y de la propiedad de una sociedad y, entonces, redistribuirla en una manera que haga igual a las personas.

Debe ser obvio que este tipo de acción incrementa vastamente el poder del estado porque se convierte en el poseedor efectivo de toda la propiedad.

Aunque el socialismo persigue desaparecer a la desigualdad, puede meramente presentar una nueva oportunidad de pecado.

James Madison hizo notar que el tomar control de la propiedad en un estado no hará a la gente igual por más de un corto tiempo. Tienen ellas diferentes talentos, habilidades y niveles de energía. Una nueva elite surgirá, como lo ha hecho en cada nación con una revolución comunista.

Mientras que ha habido cristianos socialistas, el socialismo ha sido primariamente el terreno de los seculares.

Sospecho que es así porque mientras es fácil entender cómo los cristianos podrían apoyar el compartir voluntariamente toda la propiedad, es más difícil verlos apoyar el compartir no voluntariamente, lo que una persona más claramente podría calificar como la confiscación coercitiva legitimada por el poder gubernamental.

El pensamiento agustino pensó así cuando él imaginó a los gobiernos como bandas de ladrones con uniformes oficiales del estado.

Hay otra razón por la que los cristianos están poco inclinados a apoyar la nivelación social. La lógica de la nivelación social se aplica a más que a la propiedad. En realidad, el socialismo y el secularismo están cercanamente relacionados uno con otro.

Mientras el socialismo busca borrar las diferencias económicas entre seres humanos por medio del retiro de decisiones personales sobre la propiedad, el secularismo busca borrar las diferencias entre las personas por medio del hacer a la religión algo irrelevante en la vida de la comunidad.

Esta acción del secularismo, tan similar al socialismo, es la razón por la que lo refiero también como una nivelación social.

La nivelación social tiene un cierto atractivo. La idea es que la gente será hecha igual porque la igualdad es una meta valiosa de perseguir. El gran problema al aplicar la nivelación social a la propiedad y/o al logro económico es que ignora el mérito y no reconoce la virtud, por tanto disminuye el valor de ambos.

La nivelación social aplicada a la religión puede ser peor aún porque no pone atención en la posibilidad de la verdad religiosa. Todas las propuestas religiosas son tratadas como revelaciones totalmente imposibles de probar y propias primariamente del crédulo.

Esto presenta un problema especial para los cristianos que creen que su fe es realmente verdadera y de que existe evidencia para probarlo en espacio y tiempo real. No debe sorprenderse uno que los seculares vean al Cristianismo como una muleta psicológica.

La nivelación social en la modalidad del secularismo en realidad trata fielmente a las religiones como lo mismo. Ellas se convierten por igual en una forma privada y segregada de la vida de la comunidad.

Desde luego, los seculares esperan que la religión eventualmente desaparezca al abrazar su igualdad una persona con otra. El empiricismo tienden a ir en una dirección distinta. Si hay igualdad entre los seres humanos, es igualdad ante Dios que ha colocado su imagen en nosotros.

He argumentado que la nivelación social logra un mal resultado en el sentido de que ignora cosas como mérito y virtud en su forma socialista y la verdad en su modalidad secular. Solamente eso es una buena razón para oponerse, pero hay un problema más grande.

La nivelación social que se logra por medio del socialismo y del secularismo sólo puede ser implantada por una entidad en la sociedad. Esa entidad es el estado. Por tanto, el estado se convertirá en el real poseedor de toda propiedad y el estado determinará también qué manifestaciones religiosas (si es que las hay) son aceptables para él.

Si damos poder al estado hasta ese nivel, entonces el estado dicta realmente la realidad y tiende a moverse en la dirección del totalitarismo.

Es notable que el sueño marxista de la fraternidad universal cimentada en la igualdad universal se ha detenido repetidamente en la etapa de la dictadura, sin ningún movimiento probable hacia adelante al “desvanecimiento del estado”, como Marx lo predijo.

Esta tendencia a la dictadura entre las naciones que han optado por la fraternidad radical confirman la visión sobre los seres humanos de los Padres Fundadores, en EEUU, y están en desacuerdo con la visión de Marx.

En otras palabras, la sospecha del poder adoptada por los conciencia cristiana del pecado es un enfoque más realista. Esa sospecha llevó a los fundadores de EEUU a hacer sea extraordinariamente difícil de lograr un sistema dictatorial, o su equivalente funcional.

El siglo 20 fue el siglo por excelencia de la nivelación social. En ningún otro momento de la historia se ha puesto tanta energía en los experimentos gubernamentales a escala masiva. Fue el más peligroso siglo que el mundo ha conocido porque casó la más grande ambición política con el mayor logro tecnológico.

Aunque el final del siglo 20 vio embotarse la amenaza del totalitarismo, debemos entender el papel que en su ascenso jugó el entusiasmo por la nivelación social.

Y debemos continuar opuestos a la nivelación social, al regresar ella con apariencias más suaves, más amigables.

.

Una idea de Samuel Gregg. El título original de la columna es Why the Left Keeps Winning.

¿Por Qué Gana la Izquierda?

Ya se trate de Bernie Sanders, el senador de Vermont autodenominado socialista democrático; de la elección de Jeremy Corben como líder laborista británico, alguien más allá del estereotípico izquierdista de los 70 con barba y sandalias; de las encuestas que calculan que el 36% de los estadounidenses del milenio tienen opiniones positivas sobre el socialismo; del gran avance dentro de la política tradicional de partidos de izquierda como Syriza en Grecia, los nacionalistas escoceses en Gran Bretaña y de Podemos en España, o los últimos programas de ingeniería social del alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, es difícil negar que la izquierda hoy parece envalentonada en gran parte de Occidente.

Sin embargo, menos atención se ha puesto en considerar cómo es que todo esto haya llegado a suceder. Parte de la respuesta tiene que ver con eventos relativamente recientes —solo una parte.

Mucho de ello también es reflejo de desarrollos de largo plazo que los conservadores han dejado de ver o han preferido ignorar.

Uno de los acontecimientos recientes ha sido la gran recesión de 2008. Cualesquiera que hayan sido los hechos, muchas personas la relacionan con el capitalismo y no con malas políticas gubernamentales. Eso ha inclinado a muchas personas a sostener opiniones negativas de los mercados libres.

Está además un asunto relacionado, el de la inseguridad económica. La generación del milenio que sale de las universidades no está solamente enfrentando sus préstamos de estudiante y estudios cada vez más incompetentes. En algunos casos ellos se enfrentan a mercados de trabajo inestables, especialmente en Europa Occidental. Dado que muchos de ellos también han sido ampliamente sumergidos en las ideas progresistas de izquierda durante al menos tres años, no debe sorprendernos que comiencen viendo a las soluciones socialistas como alternativas atractivas.

Estos problemas contemporáneos, sin embargo, ocultan el impacto de tendencias más profundas que están sosteniendo y reforzando a la izquierda en el plazo largo.

Y, aunque algunos conservadores no lo acepten, poco de esto es posible de solucionar con rapidez, mucho menos por medio de otra campaña en medios sociales. Las siguientes son solamente tres de las fuerzas predominantes que están operando.

• Sugiero que una causa permanente de la ascendencia continua de la izquierda es el visible debilitamiento de la religión ortodoxa a través de Occidente.

Como observó el teólogo jesuita del siglo XX, Henri de Lubac, las formas progresistas de Judaísmo y Cristianismo no implican el abandono de un deseo de trascendencia. El hombre, dijo él, sigue siendo homo religiosus. El anhelo por el fin de los tiempos se canaliza subsecuentemente por la religión progresista hacia compromisos mundanos.

El más breve análisis de las declaraciones de muchas sinagogas, iglesias y órdenes religiosas progresistas, muestran lo enfocados que están en un activismo sin fin en favor de tu causa favorita de moda. Igualmente reveladora es la manera en la que ignoran las verdades importantes acerca de la condición humana, repetidamente enfatizadas en las escrituras judías y cristianas, como la banalidad de buscar al cielo en la tierra.

Pero, no hay por qué conformarse con quedarse a medio camino cuando puede optarse por la cosa de real —la utopía secular absoluta— ya sea socialismo, transhumanismo, ambientalismo neo-pagano, o buscando la inmortalidad virtual al tratar de subirse uno mismo a Internet.

Bajo esta luz, difícilmente sorprende que iglesias en países como Alemania sean museos, mientras que muchos judíos secularizados y cristianos nominales en los Estados Unidos hayan invertido todos sus instintos religiosos en un compromiso de realización de justicia social al estilo de John Rawls.

• Relacionado con esto, se encuentra una segunda dinámica permanente que impulsa la marcha hacia adelante de la izquierda y que quizá sea menos curable mediante cambios de política. Es, en una palabra, la democracia.

Con esto, no me refiero a la participación formal del números crecientes de ciudadanos en los procesos de toma de decisiones. Algunas veces eso es algo bueno. Más bien lo que tengo en mente es lo que Tocqueville, el filósofo francés, identificó como la fuerza que sustenta el surgimiento de la democracia: la pasión por la igualdad.

Con frecuencia se dice que es la derecha defiende a la libertad mientras que la izquierda a la igualdad. No es eso totalmente exacto. Los conservadores están —o deben estar— unidos al principio de la igualdad de todos frente a la ley, algo que muchos liberales progresistas menosprecian como una mera igualdad formal que disfraza a desigualdades más profundas.

De igual manera, la izquierda no puede parar de hablar acerca de autonomía cuando se tratan temas como la eutanasia. En general, sin embargo, la insistencia en mayor igualdad —no sólo igualdad económica, sino también igualdad genética, igualdad matrimonial, igualdad de especies y cualquier otra igualdad —es exclusividad de la izquierda.

En su libro La Democracia en América, Tocqueville enfatiza la dificultad de poner límites a los efectos igualadores de la participación política ampliada. La búsqueda de la igualdad como similitud (equality-as-sameness) se derrama en otras esferas, como hizo notar el autor. Esto se manifiesta en actitudes cada vez más hostiles hacia los ricos, como también hacia el pluralismo genuino (por ejemplo, el no ordenado por Blasio).

A pesar de todo su hablar sobre la diversidad, la izquierda generalmente no tiene interés en opiniones que no sean las suyas. En realidad, tienden a convertirlas en demonios.

Intente usted sugerir, por ejemplo, a un grupo de progresistas de New York que las preferencias políticas de Paul Krugman están sujetas a críticas serias, o a los legisladores de San Francisco que el control de rentas generalmente lastima a los pobres. Le puedo garantizar que no tardará mucho antes de que ellos comiencen a sospechar de los motivos que usted tiene.

• En este sentido, ese deseo por igualdad de pensamiento —una tercera poderosa influencia de largo plazo— refleja la hermenéutica de la sospecha que ha sido parte esencial del pensamiento de la izquierda al menos desde Carlos Marx.

Tocqueville, sin embargo, afirmó que no conocía país alguno con «menos independencia de mente y libertad de discusión» que la sociedad democrática norteamericana.

Esto nos suena extraño. ¿no es acaso la libertad de expresión algo atesorado por muchos estadounidenses? Pero el punto de Tocqueville es que el deseo democrático de igualdad como similitud (equality-as-sameness) puede hacer que «ciertos pensamientos parezcan repentinamente desaparecer de la memoria de los hombres» y reforzar una «censura mil veces más poderosa que la ejercida por el poder».

Considere, por ejemplo, cuántas personas insisten en afirmar que la pobreza global está creciendo cuando la evidencia indica que ha estado disminuyendo durante un largo tiempo.

El problema enfatizado por Tocqueville es que cuando un punto de vista llega a hacer creído por un gran número de personas en las sociedades democráticas, es inevitable que se concluya que esta opinión deba ser aceptada por todos —sin importar lo equivocada que esté.

Esta trinidad de (1) la poderosa influencia ejercida por las opiniones ampliamente compartidas en las sociedades democráticas, (2) la demanda cada vez mayor para igualar las condiciones en todas las esferas de las mismas sociedades y (3) la utopía secular generalizada, crea una fuerza muy potente para la consecución de las diferentes agendas de la izquierda.

Es una que también es extremadamente difícil de enfrentar por parte de los conservadores. Ciertamente, los registros históricos no son amables con las políticas de la izquierda. Y todos sabemos a donde nos llevan los sueños del cielo en la tierra. Sin embargo, la izquierda continúa su marcha firme a través del cuerpo político de Occidente.

Hoy muchos conservadores enfocan su atención en responder a la izquierda por medio de la captura de su lenguaje, el uso inteligente de tecnologías de la comunicación, el desarrollo emocional de reclamos convincentes y el ganar elecciones.

Pero eso es sencillamente insuficiente si es que los conservadores van a enfrentar con seriedad algunas de las fuerzas subterráneas que, a pesar de las ruinas sociales y económicas creadas por la izquierda durante décadas, sigue propulsando a las prioridades de la izquierda hasta la vanguardia de la discusión política.

La perspectiva de largo plazo siempre gana. La izquierda sabe esto. Actúa en consecuencia. ¿Por qué no lo hacen los conservadores?