Candor e ignorancia

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En parte, la ignorancia lo explica. Pero también, la ingenuidad extrema.

Ingenuidad e ignorancia, actuando juntas, explican quizá la mayor parte del arribo de los incapaces a puestos de gobierno. De los incapaces, pero también de esos que se convertirán en déspotas.

Lo que apunto es algo que bien merece una segunda opinión y se refiere a rasgos del electorado, de una buena proporción de él. Un asunto de distancia entre la realidad política y la ensoñación electoral.

No hace mucho, un amigo me habló de la ilusión que había provocado la candidatura independiente de un gobernador en Nuevo León, México. «¿No te convenció este hombre?», me preguntó, asegurando que él y muchos más se habían ilusionado con su candidatura y su eventual victoria.

Le respondí que no, que jamás me había deslumbrado esa persona. Por el contrario, mi amigo y muchos más estuvieron en un estado de delirio optimista ocasionado por la idea de tener un candidato sin partido oficial. Vivieron un estado de anhelo alucinante que les hizo percibir una ficción fantástica.

No es la única vez que eso ha sucedido. Al contrario, es un fenómeno constante durante las elecciones, cuando el desconocimiento y la inconsciencia se combinan con la inocencia y el candor. El resultado neto de esa mezcla es la construcción de un ídolo falso en el que se depositan esperanzas alocadas.

El origen de esa ensoñación política está en esos dos factores.

Primero, la ignorancia. Este es el desconocimiento casi total de la realidad del candidato. Se ignora su personalidad, su historial, sus propuestas y sus intenciones. Muy pocos se tomarán el tiempo para remediar esta ignorancia y se contentarán con la pequeña información que contienen los medios.

Medios que reportan sucesos anecdóticos de escasa relevancia, declaraciones curiosas o llamativas, conflictos, declaraciones y poco más que eso. Poco o nada habrá que sirva para dar el panorama general de la realidad.

Peor aún, las candidaturas y los conflictos entre ellas oscurecerán los debates. Todo se entenderá como lucha en pro o en contra, sin que exista la posibilidad de una objetividad razonable. Critique usted a uno de ellos y será entendido como su opositor, no como alguien que hace una observación razonable.

Segundo, la ingenuidad, Esta es la simpleza candorosa que produce el anhelo de ver en alguno de los candidatos a la personificación del ideal político. Funciona en sentido positivo cuando la persona ve en el candidato las buenas ideas que ella tiene. Traslada al candidato sus propias ensoñaciones y lo convierte en una proyección de sus ideales.

La falta de conocimiento, el vacío que ella provoca, se llena con las ilusiones de esperanzas personales proyectadas en el candidato. Se llena y, mucho me temo, se desborda causando un optimismo irreal («Este candidato salvará al país»).

Un optimismo irresponsable que resalta el problema electoral: distancia entre la realidad política y la ensoñación electoral. Una distancia que siempre existe y que se convierte en problema cuando rebasa cierto nivel razonable.

Siempre habrá un ciclo ilusión-desencanto entre las esperanzas electorales y las realidades políticas posteriores. Es algo inevitable.

Regreso a mi punto central. La ingenuidad del electorado mezclada con su ignorancia es lo que hace perfectamente posible la llegada al poder de los incapaces y, peor aún, de los que creen ser redentores sociales. Todo lo que ellos tienen que hacer es montarse encima de esos dos caballos.

Capitalizando la ingenuidad que hace creer posibles las más descabelladas propuestas y sustituyendo al conocimiento con emociones y sentimientos, los candidatos lucharán por conseguir la mayor cantidad de votos. No tendrán realmente la necesidad de informar y ser realistas pues con prometer y emocionar basta.

La democracia, en su porción electoral, toma como un supuesto que el electorado está informado y tiene interés en estarlo; que el electorado tiene sentido común y recela de gobiernos con demasiado poder; que valora sus libertades y no está dispuesto a cederlas a cambio de promesas vacías.

El remedio es el que usted se imagina.

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