Creer o no creer

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Creer en la existencia de Dios, o no creer en ella.

La realidad diaria es sencilla: directa o indirectamente todos tomamos una de esas dos direcciones. Y actuamos en consecuencia.

Actuamos creyendo que existe, o bien creyendo que no existe Dios. Lo curioso es que actuamos de una de esas dos maneras incluso si ignoramos el asunto. No es algo de lo que nos podamos deshacer a voluntad.

Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión. La imposibilidad real de rehusar el tomar una decisión sobre si creer o no creer en Dios.

Para entender esto veamos dos casos, los de dos tipos de personas que de manera consciente han decidido uno de los dos caminos. Y aparte, el peculiar tercer caso.

Quien ha decidido tomar el camino ateístico y quien ha decidido tomar el camino opuesto, los dos, han pensado al respecto y seleccionado creer o no. No importa cuál de las dos opciones sea la verdadera en este análisis, lo que importa es que ellos han pensado y decidido.

Hay claramente otro tipo de persona. Es el que agrupa a aquellas que han puesto de lado al asunto. No han decidido creer en Dios, pero tampoco han decidido no creer. La suya es una actitud de desdén hacia la decisión, a la que claramente otorgan una importancia escasa.

Mi punto es que este tercer tipo de persona, las que han decidido ignorar o relegar la decisión de creer o no en Dios, han tomado una decisión de cualquier manera. Han decidido no creer, por la razón que sea, pero han elegido no creer en Dios.

En otras palabras, si estoy en lo correcto con lo expuesto antes, la decisión de creer o no es inevitable. No es una decisión que podamos mantener en suspenso y posponer.

Es imposible decir, por ejemplo, «Aún no he decidido si creo o no en Dios, y quizá lo piense más tarde y decida algo el año que viene». No hay abstenciones en esa decisión. Y esto puede explorarse en casos concretos.

A. Quien cree en Dios tenderá a actuar en concordancia con esa creencia. Su conducta será guiada por los preceptos religiosos. Tendrá fallas y cometerá actos indebidos, pero su patrón general de conducta tenderá a respetar esos preceptos.

B. Quien no cree en Dios tenderá a actuar en concordancia con esa creencia reaccionado de dos maneras posibles.

Una, actuando en contra de los preceptos religiosos (el que se da a placeres bajos, roba y daña a los demás y a sí mismo). Dos, actuando de manera que su conducta es muy similar a lo que ordenan los mandatos religiosos (el ateo que se comporta virtuosamente).

C. Quien ha decidido no decidir, el que se ha abstenido. Este es un grupo al que caracteriza la indiferencia y eso lo diferencia drásticamente de los dos anteriores a los que la decisión importa.

Eso es lo que hace a este grupo algo peculiar y, mucho me temo, a tender mucho más a ignorar la posibilidad de actuar virtuosamente como lo haría el ateo de conciencia recta. Sin convicciones en ninguna dirección, estas personas se convierten en veletas que se mueven sin convicción y son presas fáciles de cualquier moda o tendencia.

Y esto, mucho me temo, es incluso más terrible que la posición del ateo que al menos actúa con convicción habiendo dado importancia a su decisión. Quienes se han abstenido ignoran que este es el asunto de mayor importancia en su vida sobre el que sin darse cuenta ya han decidido.

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