De dioses y gobernantes

Creen que los gobernantes son superiores, sabios, como ángeles de la política a quienes todos debemos obedecer. Es una hipótesis central del gran gobierno con cuatro características.

Un ejemplo de ilustra notablemente. Era una persona del círculo académico, con una forma de pensar que no es la excepción en esos medios. Para ella, los gobiernos, «los estados», como solía llamarles, eran una especie de figura paterna benevolente y sabia, omnipresente y todopoderosa. Una combinación de bondad y sabiduría ilimitadas.

Esto me llamaba poderosamente la atención porque ella se declaraba atea. Rechazaba toda religión, especialmente la cristiana (aunque curiosamente para el Islam solicitaba comprensión y tolerancia). Sin embargo, la idea cristiana del Dios Padre tiene una gran similitud con su idea del gobierno.

Lo que yo pienso de Dios se parecía mucho a lo que ella pensaba de los gobiernos: sabios, todopoderosos, amorosos, benevolentes, siempre presentes. Cada vez que escuchaba la propuesta de «el estado debe intervenir», esta persona era la más entusiasta para dar su total aprobación.

Examinar esta mentalidad es algo que bien merece una segunda opinión. Lo merece porque es una forma de pensar que es frecuente en todos los grupos sociales (aunque creo que es incluso más popular en los medios académicos e intelectuales).

Primero, el gobierno es esa figura paternal sabia y benevolente, inspirada por la caridad y el deseo de ayuda universal. Este rasgo es interesante por su connotación teológica, la del Dios cristiano que es perfecto y posee en su máxima expresión todas las virtudes.

Para estas personas, los gobiernos son la perfección terrenal y en ellos debe confiarse sin recelo. Este es el segundo rasgo, el de la confianza absoluta: los gobiernos son perfectos y por eso debe confiarse totalmente en ellos.

Tercero, si son perfectos y dignos de toda confianza, se concluye que deben tener la función de administrar los recursos de la sociedad, todos ellos o la inmensa mayoría. Usará esos recursos con perfección, con eficiencia, con honestidad, con caridad. Quien no quiera entregar sus propiedades al gobierno será un egoísta codicioso.

Cuarto, el gobierno es percibido como un salvador. Como un super héroe que está siempre dispuesto a ayudar. Una especie de obrador de milagros que nos salva de las maldiciones materiales, incluso de la infelicidad. Nos cura, nos educa, nos da caridad, nos alimenta, nos da empleo.

Lo mejor que puede hacer un ciudadano es confiar ciegamente y abandonarse en las manos benevolentes del todopoderoso gobierno, si es que quiere ser feliz.

Esos cuatro rasgos, casi siempre implícitos, están contenidos en la mente que propone medidas sustentadas en la acumulación de poder en el gobierno, en la adición de funciones estatales, en la transferencia de recursos privados a manos públicas. Es la esencia del socialismo en sus diferentes intensidades.

La mentalidad de manifiesta de mil maneras posibles, desde las más extensas obras filosóficas hasta la simple petición del ciudadano que reclama ante un problema cualquiera «¡El gobierno debería hacer algo!».

De cierta manera es un prejuicio, una premisa inicial oculta a la que no se pide explicación: el gobierno es perfecto o casi y, por eso, hace mejor las cosas. Si se examina la situación razonablemente, esa hipótesis de perfección gubernamental resulta al menos dudosa, aunque aún así se mantiene y conserva inalterada.

Un elemento adicional del gobierno entendido como Dios es la existencia de un líder que es una especie de encarnación de todas esas virtudes: honesto, sabio, poderoso, virtuoso, caritativo, confiable. Una especie de superhombre que es la garantía de la liberación social que lleva a la felicidad nacional.

La perfección gubernamental que necesita el socialismo como punto de partida obligado, también requiere personalizar esas cualidades en alguien. En una persona que reproduzca las cualidades divinas. Algo curioso, porque si el socialismo predica algo eso es la igualdad pero se ve obligado a suponer que ese líder y sus acólitos son necesariamente superiores.

Tan superiores que deben ser obedecidos sin cuestionarlos. ¿Quién se atreve a dudar de quien es perfecto? Peor aún, todo el problema político se resume a un momento, el de las elecciones para llevar al poder al líder. Lo demás no importa, ni las instituciones, ni las leyes, ni las tradiciones. El líder y su gobierno están por encima de ellas.

Lo notable de esto es la fragilidad del cimiento socialista al presuponer que los gobiernos deben dar un poder extremo a los gobernantes y que eso producirá una mejor vida para todos. Es un sostén sumamente endeble, demostrado a diario y en todo lugar.

¿La lección? Asombrosamente simple: aceptar que los gobernantes no son mejores que el resto de los ciudadanos y, por eso, mirarlos siempre con cautela y sospecha, no confiar demasiado en ellos. Y, sobre todo, limitar su poder. No son dioses.

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