Demasiado optimismo político

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Es un problema de fanatismo. De optimismo político fanático. Un asunto de exageración mayúscula.

Es el asunto de idolatría estatal, de adoración del gobierno, como el medio y proceso que es garantía de una sociedad ideal: justa, compasiva, rica. Un objetivo que no puede ser puesto en duda. ¿Quién es el que no quiere esa sociedad perfecta?

La pregunta, como es planteada, tiene solamente una respuesta aceptable. Quien sea que la ponga en duda, es un crítico que no tiene cabida en el proyecto; alguien que debe ser acallado y que, más aún, es justo hacerlo.

¿Quién es el que no quiere esa sociedad perfecta? Esta pregunta está mal planteada. Por simple lógica debe partirse de un punto obvio, el de si es realmente posible que exista esa sociedad perfecta. La respuesta es no, un no rotundo.

Más aún, la otra parte de esa pregunta pasa desapercibida. Ella supone que a esa sociedad perfecta, que piensa que es posible, puede arribarse por medio de una única vía, la acción gubernamental. Centralizando el poder en el gobierno y siguiendo sus instrucciones, se cree, los ciudadanos podrán llegar a disfrutar de esa sociedad ideal.

Eso es lo que se supone que es verdad en regímenes totalitarios. Piense usted en el comunismo ruso y chino, en el de Cambodia y Cuba. También en el venezolano. En esta lista debe incluirse al fascismo italiano y al nazismo alemán. Todos esos regímenes fueron promesas de sociedades ideales.

Ellos han sido rechazados. Produjeron situaciones inhumanas gravísimas. Y, sin embargo, la idea que los creó sigue vigente. Esa idea de una sociedad ideal a la que es posible arribar por medio de la acción gubernamental, como en su nueva versión, el estado de bienestar y la democracia progresista,

Sin duda es una constante humana esa ansia de tener una vida ideal, una existencia perfecta, libre de preocupaciones y sufrimiento. No está eso mal en sí mismo, al contrario. Los problemas comienzan cuando tal ansia se convierte en la promesa formal de una propuesta política que solo necesita llegar al poder y dejar que ella sea impuesta en todos.

A lo que me refiero y que creo que bien vale una segunda opinión es a la transformación de ese anhelo de una vida mejor que es común a todos, en la promesa política de un sistema político o la elección de un gobernante. Su condición: dejar al gobernante con el poder que requiera para implantar esa sociedad mejor.

Conforme esa idea van siendo aceptada, las personas comienzan a creer que efectivamente es posible tener una solución perfecta. Viendo a su alrededor que hay vicios, injusticias, egoísmo, crece su anhelo de una sociedad mejor y, poco a poco, se hacen partidarios de esa imposibilidad, la sociedad perfecta convertida en promesa política. Una confusión que afecta al más ignorante, pero también al más letrado.

Ese es el problema del optimismo irresponsable. Suponer que tener una sociedad perfecta o casi perfecta es una posibilidad real por medio de la llegada al poder de alguien que dice conocer los medios para hacerlo, tiene que ser una de las peores alucinaciones que puede tenerse en política.

Es una nueva función gubernamental, la de formar al nuevo ciudadano en la nueva moral de la sociedad ideal que el gobierno creará.

«[…] se busca construir una sociedad con valores renovados fundamentados en Cristo, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, Che Guevara y Hugo Chávez para crear una conciencia revolucionaria de la necesidad de una nueva moral colectiva, alcanzada mediante la dialéctica de la lucha por la transformación» redalyc.org

«[…] auspiciar una manera de vivir sustentada en el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza, a la patria y a la humanidad […] auspiciar una nueva corriente de pensamiento para promover un paradigma moral [cuyos] contenidos serán transmitidos en las escuelas, en los hogares y a través de impresos, radio, televisión y redes sociales [para] establecer las bases para una convivencia futura sustentada en el amor y en hacer el bien para alcanzar la verdadera felicidad» A. M. López Obrador, La salida.

Creo que el punto es obvio: esa nueva sociedad perfecta necesita a una persona perfecta y esta es una que ha sido moldeada por el gobierno. La que se ha creado ex profeso por la autoridad usando su fuerza.

Eso es lo que hace que el disidente sea acallado y que hacerlo sea un deber moral usando cualquier medio necesario. La nueva sociedad prometida como ideal es así convertida en un sistema totalitario dominado por el poder central que jamás piensa en la posibilidad de estar equivocado.

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