ciclo intervencionista

¿Qué es democracia económica? La definición de un concepto doble. Tiene un sentido económico y otro político. La combinación sorprenderá a muchos.

Economía y política, mercado y gobierno

Un mercado libre y una democracia política son muy similares. Ambos tienen su origen en la libertad humana.

Libertad económica es democracia económica

«[…] un mercado libre es un proceso en el que muchas personas actúan de manera individual, movidas por iniciativas personales, realizando intercambios entre sí y sin intervención gubernamental que oriente esas acciones». L. Girondella

Libertad política es democracia política

La parte electoral de la democracia supone también que las personas seleccionan candidatos entre varios en competencia, no muy distinto a la competencia entre productos a comprar y producir.

El votante y el comprador son los grandes personajes en los dos campos. Son los que deciden y seleccionan.

Una democracia económica

Un mercado libre es en realidad una democracia económica cotidiana. Un proceso de elecciones diarias de preferencias de uso y consumo.

Difícilmente puede tenerse un proceso más democrático que el libre mercado, en el que todos «votan» a diario sin discriminación alguna.

La democracia económica es, en realidad, otra manera de designar al libre mercado.

Otro significado de democracia económica

Esto, que creo que no tiene gran dificultad para entenderse, no parece ser comprendido por un cierto tipo de opinión que reclama «democracia económica» y la define de manera muy particular.

Intervencionismo económico

Propone que el libre mercado de bienes y servicios ofrecidos y comprados sea sustituido por un sistema político de voto al estilo electoral.

Esto persigue que las personas alteren las decisiones de negocios para crear, producir y distribuir bienes y servicios. Las decisiones económicas, en otras palabras, estarían sujetas a voto popular. O bien, a autorización gubernamental.

Un ejemplo de «democracia económica»

Para ser mejor entendido. Antes de lanzar al mercado un iPhone, la decisión de hacerlo se pone a votación general del país y se acata la voluntad de la mayoría.

Una especie de consulta popular que frena o autoriza la apertura de un restaurante, o el lanzamiento de una nueva cerveza.

Lo que podría dar como resultado que en algún caso se hubiera cancelado la producción de televisores de plasma.

Votar para autorizar

Esta manera de entender a la «democracia económica» como un proceso de voto previo que interviene en las decisiones económicas de las empresas privadas, es aplaudida como una manera de influir en las decisiones que alteran la vida de todos.

Por ejemplo, SpaceX, antes de ser lanzado habría tenido que someter su idea a una votación previa que podría haber dado como resultado la cancelación de ese proyecto.

Sus inversionistas habrían tenido que suprimir su idea, no sin antes haber gastado en propaganda electoral para tener un voto favorable.

Ataque a la libertad y al derecho de propiedad

Esa supuesta «democracia económica» es en su fondo una transferencia del poder. El poder de tomar decisiones personales con recursos propios se anula. Debe pedirse permiso a todos para hacer algo con la propiedad personal.

Podría, por ejemplo, haberse prohibido a Spotify abrir su negocio, o anulado la idea de quien abrió un restaurante llamado El Sireno Panzón.

Cada decisión de negocio estaría potencialmente sujeta a ser pospuesta esperando los resultados de un voto popular.

Esto tiene un problema obvio. Dada la cantidad de decisiones de negocios los ciudadanos tendrían que votar a diario en una variedad de temas y áreas de los que no se espera que tengan conocimientos suficientes. ¿Qué hacer entonces?

Lo que cualquiera se imagina y que es lo obvio. El gobierno se adjudica ese poder como representante popular y adquiere el poder para tomar decisiones ajenas usando recursos que no son de su propiedad.

Un ejemplo, el prohibir que Uber opere en una ciudad.

La narrativa usual de la «democracia económica»

Esta forma de pensar tiene su narrativa conocida:

«Las empresas privadas, las instituciones capitalistas y las ciegas fuerzas de la oferta y la demanda operan sin responsabilidad social, conspirando en contra del bienestar general bajo principios de egoísmo y lucro, por lo que el gobierno tiene el deber de regular a la competencia salvaje y crear un sistema económico responsable y colaborativo».

La narrativa de la «democracia económica», a pesar de sus buenas intenciones, tiene el problema obvio, el de las buenas intenciones.

Supone que la intervención económica estatal es perfecta, no tiene problemas y resolverá los defectos del mercado libre.

La realidad es que el mercado libre tiene defectos (nada en este mundo es perfecto), pero también los tiene la intervención económica estatal y ellos son mayores y de peores consecuencias.

Por ejemplo, frena a la innovación y con ello a la inversión y a la eficiencia. Obstaculiza la creación de empleo y da entrada a la influencia de intereses creados.

Concluyendo

Quien defienda a la democracia política, mucho me temo, si es lógico, tendrá que defender a los mercados libres los que también parten de la idea de la libertad humana.

Quien crea que las personas son capaces de elegir a quienes las gobiernan, debe suponer que también son capaces de seleccionar los productos que compran y producen.

Y algo más…

En «El inexistente salvajismo» se trata el clisé de la competencia sin freno del capitalismo. En «¿Qué es Competencia Económica?» hay una buena definición de ese concepto económico.

[La columna fue revisada en 2019-06]