El término ‘democracia’ es una de las palabras predilectas del discurso público.

Ella y sus derivados son ingredientes indispensables en los contenidos políticos y académicos —un tipo de componente con usos variados, confusos y cómodos.

Es este éxtasis lingüístico causado por la ‘democracia’ de un tamaño tal que no admite discusión y la convierte en un mito con mil usos —incluso ha sido añadida produciendo cosas como «familia democrática», «diálogo democrático», «ciencia democrática», e incluso llamados a democratizar a la Iglesia.

Mi tesis es exponer este error: la democracia no es un valor político, ni forma parte de principios humanos, morales o políticos, que le concedan consideración axiológica —no es un valor que justifique una defensa ética.

La democracia, cuando es entendida correctamente, no es nada más allá de un utensilio creado bajo las condiciones que intentan defender a la dignidad humana individual —especialmente ante los ataques gubernamentales de abuso de poder.

La democracia no puede ser colocada en nichos de admiración política, porque solamente es una herramienta, un dispositivo que tiene el propósito de proteger a la persona de los excesos de poder —un mecanismo ingenioso aunque crudo de resguardar a la libertad.

«La Democracia es esencialmente un medio, un artefacto utilitario para la salvaguarda de la paz interna y la libertad individual» F. A Hayek (1899-1992), The Road to Serfdom.

Ocupando su lugar correcto, como un dispositivo para la preservación de las libertades personales, la democracia puede ser reexaminada sin que ello sea interpretado como un sacrilegio.

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• La democracia, como originalmente se entiende, es un sistema cimentado en la división del poder político —y esperando que esa división aminore todo lo posible los abusos del poder político cuando este no está dividido.

El poder político es fragmentado en el tiempo, en territorios y en funciones, de manera que se amplíe al máximo posible la esfera de libertad personal —con un mínimo de interferencia gubernamental, la que solo se justifica cuando la libertad personal está amenazada.

• Es teóricamente posible construir un sistema diferente al democrático conocido y conseguir ese mismo objetivo de salvaguarda de las libertades personales —aunque siempre contenga un elemento de cautela central para evitar concentraciones de poder que se presten a su abuso.

• También, es concebible la existencia de un régimen no-democrático en el que existan amplias libertades económicas y culturales —cuando su gobierno opta por esa política general de respeto a la libertad.

• Pero lo más interesante es la existencia probable de sistemas democráticos con libertades muy restringidas, lo que traiciona al espíritu democrático esencial —y es un fenómeno real dese hace muchas décadas.

Es una deserción de la democracia y se padece cuando los gobiernos adquieren funciones y responsabilidades adicionales a las de la protección de la libertad personal de sus ciudadanos —siendo el caso más llamativo el del estado de bienestar, en el que se deja de respetar a la libertad y el gobierno asume un papel de tutor universal de ciudadanos-niños.

El estado de bienestar y, en general, los sistemas de gobiernos ensanchados utilizan mecanismos democráticos para implantarse y atropellar el valor que sí debe defenderse, el de la libertad.

Son casos en los que el instrumento, originalmente pensado para defender al valor supremo de la libertad, suplanta a este valor y actúa para destruirlo —una consecuencia de la confusión de creer que la democracia es un valor político, cuando es solamente un instrumento.

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Esto último es lo que quiero destacar: creer que la democracia es un valor es una equivocación de grandes dimensiones porque provoca el olvido del fin que persigue y que es la salvaguarda de la libertad personal.

Cuando las personas sufren esa confusión, con facilidad caen en otro aturdimiento, el de presuponer que mientras el gobierno sea guiado por la voluntad mayoritaria no habrá arbitrariedad, como lo expresó Hayek en el libro citado arriba.

La democracia, cuando se interpreta como un valor político y no como un instrumento, conduce fácilmente a situaciones en las que se pierden libertades creyendo que eso está justificado por la voluntad mayoritaria.

Es decir, la democracia puede ser usada de tal manera que fabrique un sistema no-democrático sin libertades y aún así posea la nomenclatura democrática —como la República Popular Democrática de Corea (la del norte), la República Democrática Popular de Laos, o la extinta República Democrática Alemana (la comunista).

Aunque esos son caso extremos, es parte de la realidad política occidental la expansión gubernamental que bajo el término de ‘democrático’ actúan en contra de su destino original —provocado por suponer que la democracia es un valor político cuando solamente es un artefacto.

[Véase también «Democracia transformada» para otro análisis de la mutación de este régimen].

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