La exagerada admiración por la democracia ha ocasionado confusiones llamativas —siendo una de ellas esa en la que pongo atención en esta columna.

Una cita será de utilidad para distinguir ideas entre dos nociones diferentes, pero que pueden estar ligadas.

«Liberalismo y democracia, aunque compatibles, no son iguales. El primero se ocupa del monto del poder gubernamental, la segunda de quién tiene ese poder. La diferencia es mejor apreciada si consideramos sus opuestos: lo contrario de liberalismo es totalitarismo, mientras que lo contrario de democracia es autoritarismo». The essence of Hayek (p.364)

Esa distinción hace posible posibilidades: (1) un gobierno democrático puede ser totalitario y (2) un gobierno autoritario puede ser liberal.

El liberalismo tiene como preocupación central la libertad humana, especialmente la económica y con consecuencia obvia en la política y cultural —algo que lo hace perfectamente compatible con la democracia, cuando ella se entiende como un instrumento de defensa de las libertades: su sentido republicano.

Pero sucede que cuando la democracia es llevada a la exageración que implica suponer que es la obediencia a la voluntad mayoritaria, ella puede conducir al gobierno totalitario —ese que amparado en la suposición de que conoce la voluntad popular, impone en todos su versión de esa creencia.

El efecto real de la consideración anterior es políticamente valiosa: la real defensa de la libertad humana no se encuentra en la democracia, sino en el liberalismo —que es el pensamiento cuya preocupación central es el exceso del poder gubernamental.

Por tanto, los reclamos y demandas de democracia como signo de avance político en los países son actos muy desencaminados cuando ellos pretenden defender libertades humanas, no lo lograrán —y con facilidad pavimentarán el camino a regímenes de naturaleza cuando menos dictatorial e incluso totalitaria.

Más explícitamente expuesto: el encumbramiento de la ‘democracia’ como el valor político por excelencia y la clave del avance nacional lleva a descarriar la política nacional —pues da entrada fácil a quien sea que se adjudique ser el portavoz de la nación, el representante de la voluntad popular.

Esto puede verse en los apelativos de, por ejemplo, República Democrática del Congo (117), República Democrática de Corea, la del norte (118), República Democrática Popular de Laos (133). Los números entre paréntesis son los lugares que ocupan en cuanto a libertad económica.

La conclusión es la que fácilmente se obtiene de lo anterior.

• Si se quiere proteger a los ciudadanos de los abusos de poder, el camino no es la democracia.

• La mejor manera de proteger a los ciudadanos es el liberalismo —especialmente por su preocupación por evitar el crecimiento del poder gubernamental.

Una vez establecido lo anterior, que es un aviso de precaución política acerca de la democracia, merece citarse de nuevo a Hayek:

«El concepto central del liberalismo es que bajo el cumplimiento de reglas universales de conducta justa, protegiendo un dominio privado reconocible de los individuos, se formará un orden espontáneo de actividades humanas de mucha mayor complejidad de la que pudiera jamás tenerse por medio de arreglos deliberados, y que en consecuencia las actividades coercitivas del gobierno deben ser limitadas al cumplimiento de esas reglas, cualesquiera que sean los otros servicios que un gobierno al mismo tiempo pueda realizar al administrar esos recursos particulares que han sido colocados a su disposición para esos propósitos» Ibídem pp. 365-366.

Esto añade otra dimensión a la discusión anterior —la que puede entenderse en sus dos manifestaciones:

• El liberalismo que evita abusos de poder y defiende libertades, y bajo reglas universales, produce un orden libre, estructuras espontáneas, sistemas voluntarios que son imposibles de prever —y de gran complejidad.

• La democracia que supone obedecer a la voluntad popular y bajo sus propias reglas trata de imponer orden, estructuras y sistemas diseñados ex profeso —simples y que presuponen resultados anticipados garantizados.

Entonces ya es posible comprender el porqué la democracia no protege a las personas de regímenes en los que los ciudadanos pierden libertades —y, con eso, oportunidades de vivir mejor.

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