Imagine usted a un economista que ignora qué fue la Revolución Industrial. Este es el ejemplo que usa el autor de un gran libro de historia, Cristopher Andrew.

Me refiero a su obra The Secret World: A History of Intelligence (Penguin Books). Allí el autor usa el ejemplo del economista para comparar la ignorancia de la historia de la inteligencia militar entre quienes ejercen esa profesión. 

Cierto que la historia de cosas tan secretas y confidenciales como la inteligencia militar y diplomática resulta difícil de conocer pero no es excusa como para ignorarla. El principio aplica a cualquier otra cosa y tiene su clímax en ese dictum de que quien no conoce a la historia tenderá a repetirla, quien sea quien lo haya expresado originalmente.

«Aquel que no conoce su historia esta condenado a repetirla» es una frase que, para tener sentido, tiene que ser interpretada negativamente: el desconocimiento de la historia provocará que se repitan las cosas que no debían serlo.

Pero, leída con más detenimiento implicaría que también, sin quererlo, el desconocimiento de la historia podría producir la repetición de algunos aciertos. De manera involuntaria e ignorante, pero la alternativa existe.

La cosa no se detiene allí. Existe otra posibilidad, la que plantea que incluso cuando se conoce la historia, ella podrá ser repetida. Ella querrá ser repetida a pesar de que el conocimiento que se tenga de ella indique la inconveniencia de hacerlo.

Un amigo expresa esto de manera curiosa. «En la historia de América Latina se muestra una y otra vez el fracaso de llevar al poder líderes carismáticos que prometen el cielo en la tierra, pero a pesar de conocer sus historias ellos son elegidos incluso por vías democráticas», dice él.

Y cita su ejemplo favorito, el del régimen cubano y sus resultados, «lo que tiene el valor de un chícharo para quienes proponen de nuevo como óptimos regímenes como los de Chávez, Ortega, Morales y el resto».

Es decir, el conocimiento de tragedias históricas no es, en muchos casos, inconveniente alguno para repetirlas. ¿La razón? Usted dirá. Podrá ser quizá una esperanza extraviada en la promesa de que el hacer lo mismo producirá esta nueva vez resultados distintos.

El caso es ahora aplicable en México, donde al parecer hay un regreso a tiempos anteriores y no precisamente buenos. ¿La razón? Diga usted. Quizá sea la nostalgia que crea el sentimiento de que tiempos pasados fueron siempre mejores y que es producto de la atención selectiva.

Lo que creo que merece una segunda opinión es apuntar que esa frase que suele ser tomada como una verdad revelada que no tiene oposición, debe ser interpretada con cautela. 

Incluso quienes conocen la historia pueden tener una inclinación para intentar repetirla a pesar de saber de antemano los resultados de experiencias pasadas.

«Sin la memoria, las experiencias se perderían y el individuo no podría beneficiarse de las experiencias pasadas. La memoria, también está al servicio de la inteligencia, ya que según las experiencias vividas, podemos comparar unas con otras y, por lo tanto, pensar». pedalogia.com

Una forma de entender a la inteligencia es el aprendizaje del pasado. Ya que la historia es un cúmulo de experiencias universales, resulta una demanda razonable el conocer siquiera lo básico de historia. De allí saldrá la inspiración que lleva a las lecciones aprendidas de cosas que deben repetirse o que no deben serlo.

El libro citado antes, de Cristopher Andrew The Secret World: A History of Intelligence es una de esas piezas de información que merece conocerse, entre muchísimas otras y que llevan a una lección que creo central, la de aceptar a la constante de la imperfección humana y, por tanto, la imposibilidad de sociedades perfectas.

Y una cosa más…

Me he encontrado repetidamente el consejo de que para aprender de historia es conveniente empezar con biografías y no con historia en general. Creo que hay razón en esto.

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