Dios como aventura

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«No soy religioso». Algunos de mis amigos se describen así. «Quizá existe Dios, quizá no», dicen. «No tengo religión, ni sentimientos religiosos», afirman.

No es que sean ateos propiamente. Mucho menos ateos combativos. Incluso, a veces, ven con cierta admiración a quien es religioso y sigue a su religión. Parecen sentirse como aparte de cualquier religión y esperan ser convencidos.

Esto es llamativo en algunos de ellos. Dan la impresión de estar en espera de que algo suceda, no saben exactamente qué, y que eso los convenza. Una persona me dijo un día algo muy similar a esto: «Pues yo no creo porque nunca nadie se ha preocupado por venir a verme y explicarme las razones por las que debo creer en Dios. Y mientras no me expliquen esas cosas no creeré en religión alguna».

Uno de los que escucharon eso le dijo que podía esperar sentado y que lo que él debería hacer es salir y buscar y estudiar y examinar esas cosas con su propio esfuerzo, en lugar de ser perezoso y suponer que alguien tiene la obligación de buscarlo y persuadirlo.

Visto de cerca, esto último tiene su punto que bien vale una segunda opinión.

Si alguien quiere saber acerca de como hacer un panettone con naranja y pasas, será escasamente probable que sentado en su casa alguien aparezca en con tal receta, especialmente cuando no ha avisado a nadie que la quiere.

Si alguien desea conocer algo, lo razonable es que esa misma persona adopte un papel activo y busque ese conocimiento. Vaya, si usted necesita una lata de angulas seguramente no la conseguirá si se queda sentado en su casa esperando que alguien toque la puerta vendiendo angulas.

Cuando a ese que dice que no tiene sentimientos religiosos le pique la curiosidad sobre el tema hará mal en esperar que suceda algo que lo convenza. Lo que más le conviene es tomar un papel activo y tener una conducta un tanto fisgona. Que se vuelva intelectualmente curioso.

Que salga de su pasividad en el tema y emprenda una aventura adentrándose en un territorio desconocido para él. Como escribió Benedicto XVI, que «comience con la locura de la fe, y obtendrá el conocimiento. Esta locura es sabiduría; esta locura es el camino de la verdad».

Un filósofo, William James (1842-1910) lo expuso también ingeniosamente. Creer en algo de lo que no existe evidencia alguna es irracional; si se cree en algo eso es porque se tiene evidencias convincentes. Muy bien, pero hay otra posibilidad.

¿Hay creencias que son verdaderas pero cuyas evidencias se tienen después de creer en ellas? En algún momento no se tenían evidencia sólidas acerca de las transmisiones inalámbricas, pero creyendo en ellas sin evidencias pudieron ser conocidas después.

Es esa «locura de la fe» que más tarde se convierte en «sabiduría» y es un «camino a la verdad». Quizá esos que no tienen sentimientos religiosos puedan transformarse cometiendo ese aparente disparate para ellos. Ser curiosos, tener fe y tener esa conducta alocada de momento: creer en Dios y actuar en concordancia.

Si eso hacen es una posibilidad que terminen poseyendo sentimientos religiosos y encuentren las evidencias que antes no tenían. Pero eso deben hacerlo ellos y no esperar pasivamente que alguien les muestre las evidencias en las que no creerán. No creerán en ellas hasta que las vivan.

Post Scriptum

La cita completa de Benedicto XVI es:

«Pascal’s advice to his friend may seem skeptical, but it is correct: begin with the folly of faith, and you will attain knowledge. This folly is wisdom; this folly is the path of truth». Ratzinger, Joseph Cardinal. Christianity And The Crisis Of Cultures (p. 116). Ignatius Press. Kindle Edition.

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