Dios: creer o no creer

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Creer en Dios o no creer en Dios, y vivir de acuerdo con eso. Son dos las posibilidades planteadas.

1. Creer que Dios existe, aceptar lo que eso significa y tratar de llevar una vida en concordancia con esa creencia. Esto es, respetar sus mandatos, bien resumidos en los Diez Mandamientos y sus preceptos derivados acerca del bien y del mal.

2. Creer que Dios no existe, aceptar lo que eso significa y llevar una vida en concordancia con esa creencia. Esto es hacer de lado los Diez Mandamientos y tener cada quien sus propias ideas personalizadas del bien y del mal.

Las dos opciones tienen una gran similitud en cuanto a que poseen el mismo elemento: el la de la existencia de normas que guían a la persona acerca del bien y del mal. Las dos contienen un elemento ético o moral que trata el «deber ser».

Pero entre ellas hay una enorme diferencia acerca de ese elemento ético o moral que pretende guiar a la conducta.

En la primera opción, el elemento moral tiene un origen divino; las idea del bien y del mal son enviadas por Dios. En el cristianismo se encuentran en los Diez Mandamientos  y el Sermón de la Montaña.

En la segunda opción no hay una fuente original divina de lo bueno y lo malo que pueda usarse para comprender y conocer consecuencias razonables. En la segunda opción hay que crear la base moral desde la nada, ex nihilo. Eso lo puede hacer cualquiera, desde filósofos no creyentes hasta el menos inteligente de los mortales.

Esto es lo que supongo que merece una segunda opinión. La diferencia entre creer en Dios o no creer, y su consecuencia en las normas morales que la persona respete. 

El cristiano tiene resuelto el problema en buena parte; no se espera que la persona produzca ideas originales suyas de lo bueno y lo malo, ni normas morales. Ella ha recibido el cimiento de todo eso. El no creyente, en cambio, tiene alternativas diferentes de preceptos morales que le orienten entre el bien y el mal.

1. El no creyente puede crear él mismo sus propias reglas y normas. Una opción similar a la de una moral a la carta, por la que la persona selecciona y cambia a voluntad las normas que ella respetará. Una posibilidad que, si se hace bien, requiere gran trabajo y que puede sustituirse por la siguiente.

2. El no creyente puede usar las ideas de otros y no crear las propias suyas. Puede tomar a su filósofo favorito, al escritor de moda, a la celebridad popular, a la opinión de la mayoría, a su político preferido, a videos de youtube, al que quiera y le convenga. Esta alternativa no requiere esfuerzo.

(Estas dos últimas alternativas, es curioso, pero siempre tendrán una base esencial cristiana acerca de lo bueno y de lo malo. Trate usted de inventar una moral totalmente original y verá que es imposible).

Lo llamativo es que hay una tercera alternativa: quien no crea en Dios puede hacer otra cosa que inventar su propia moral personal original o tomar la creada por otros. Puede él tomar las ideas morales de Dios y seguirlas a pesar de no creer en él. Esto es lo que sugería B. Pascal a sus amigos no creyentes como algo que les convenía.

En fin, tratar estos temas, me parece, es deseable por las consecuencias cotidianas que acarrea. La aceptación o el rechazo de Dios, podrá ser un asunto percibido como abstracto y filosófico, sin consecuencias, pero realmente tiene efectos en la conducta personal y altera el bienestar de nuestras vidas.

Coincido con lo que sigue:

«[…] moldear los asuntos humanos a la exclusión total de Dios nos lleva cada vez más al borde del abismo, hacia la completa aniquilación del hombre. Por lo tanto, debemos revertir el axioma de la Ilustración y decir: incluso el que no logra encontrar el camino para aceptar la existencia de Dios debe, sin embargo, intentar vivir y dirigir su vida veluti si Deus daretur, como si Dios sí existiera». Ratzinger, Joseph Cardinal. Christianity And The Crisis Of Cultures, 2006, (p. 51). Ignatius Press. Mi traducción.

Y algo más…

En la página siguiente se lee:

«Necesitamos hombres cuyo intelecto esté iluminado por la luz de Dios, hombres cuyos corazones sean abiertos por Dios, para que su intelecto pueda hablar al intelecto de otros y sus corazones puedan abrir los corazones de otros. Es solo por medio de hombres que han sido tocados por Dios que Dios puede regresar para estar con la humanidad». Ibídem, p. 52

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