Dios y la división del poder

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Sociedades con o sin religión. Esta es la pregunta común. Y se responde oficialmente con una narrativa secular sencilla:

Por respeto y tolerancia hacia las creencias ateas, agnósticas y otras religiones es deseable limitar o anular las manifestaciones religiosas y menciones de Dios que pueden ofenderlos.

Resultados de esto son mandatos como la prohibición de símbolos religiosos en escuelas, o la célebre omisión de la herencia cristiana en la constitución de la UE.

El retiro de religiones y sobre todo de la idea misma de Dios tiene consecuencias. Esta es una realidad reconocida por todos, los que favorecen el retiro y los que se oponen.

Quienes desean borrar nociones religiosas y divinas justifican eso diciendo que eso mejorará a todos. Los que se oponen al olvido de lo religioso y divino dicen lo opuesto, eso nos empeorará.

Un buen principio de solución comienza con la idea de libertad religiosa y de creencia. No es perfecta, genera problemas y puede funcionar en la medida en la que exista madurez para aceptar esa libertad mutuamente.

Los problemas inician cuando esta libertad se interpreta como un asunto de imposición y dominio de cualquiera de las dos posiciones. Una da como resultado la imposición religiosa estatal, es decir, regímenes de tipo teocrático. La otra da una imposición anti-religiosa estatal, es decir, regímenes de tipo ateístico.

Conocemos la opción teocrática de sobra, así que concentrémonos en la opción de gobiernos ateísticos. Definámoslos como esos,

«[…] que quisieran ver a Dios erradicado de una vez por todas de la vida pública de la humanidad y encerrado en la esfera subjetiva de los residuos culturales del pasado». Ratzinger, Joseph Cardinal. Christianity And The Crisis Of Cultures (pp. 44-46). Ignatius Press. Kindle Edition.Post Scriptum

El problema que surge de esta posición es el lógico, el de un vacío. El espacio vacante que deja en las personas y que tiene una consecuencia práctica. ¿De dónde obtengo los principios que guíen mi conducta y me ayuden a distinguir entre lo bueno y lo malo?

Si no los puedo obtener de principios religiosos y divinos solamente los puedo obtener de mí mismo o de otros iguales a mí. Ya no es una fuente que presupongo superior a mí, sino un origen de mi similar posición, sin superioridad supuesta o razonada. Un problema político de consideración.

Llego así a un punto vital, que creo que bien vale una segunda opinión: los gobiernos ateísticos conducen a regímenes totalitarios, en los que es el gobierno quien asume el papel de fuente de los preceptos morales (y que tiene poder para imponerlos por la fuerza). Me explico.

Dentro de una régimen con libertad religiosa, los preceptos morales son externos al gobierno y son también una forma de limitación del poder político, lo que evita abusos de autoridad. Si se elimina a la religión de la sociedad, desaparece esa fuerza de limitación al abuso del poder.

El vacío lo llena el gobierno y este ya no tiene obstáculos en el terreno de autoridad moral. Él se ha convertido en esa autoridad moral y eso es una grave violación de la idea de división del poder: deja en manos políticas la idea de lo bueno y lo malo.

Sabemos a lo que eso conduce, al totalitarismo. Lo que produce dos interpretaciones de lo que puede explicar a los partidarios de gobiernos ateísticos.

A. Ingenuidad y miopía. No se dan cuenta de la consecuencia de crear un vacío moral y que es la desaparición de mecanismos que limiten al poder. Sin quererlo ni darse cuenta apoyan una idea de alto riesgo que les llevará a una situación que no desearían.

B. Intención y pleno conocimiento. Se dan cuenta y saben lo que quieren, la imposición de un régimen totalitario que domine a las conciencias mismas de las personas.

Entonces, vuelvo al punto central que es obvio. Todos aquellos que aman a la libertad y que detestan a la religión, deben darse cuenta que en la creencia de Dios y en la plena libertad religiosa tienen aliados sorpresivos para la defensa de la libertad a la que defienden.

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