Domingo de Ramos (ciclo B)

• La segunda lectura (Filipenses 2, 6-11) nos da una gran visión de los sucesos recordados este domingo.

«Cristo Jesús […] Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz».

Es el mayor acto de amor jamás realizado. Nuestro mismo creador se hizo semejante a nosotros y se humilló por nuestra salvación hasta padecer la muerte.

Es nuestro punto de partida en este domingo: Dios, nuestro Creador, convertido en hombre y sujeto a un sacrificio voluntario por causa de nuestra salvación.

 

• Antes, en la primera lectura (Isaías 50, 4-7), había palabras proféticas.

«Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que tiraban mi barba; no oculté la cara ante los insultos y salivazos».

Las ideas son similares a las del salmo responsorial.

«[…] me cerca una banda de malvados: taladran mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos… Se reparten mis ropas, se sortean mi vestido».

Un sacrificio de Dios mismo que tiene un objetivo, nosotros mismos, nuestra salvación. Jesús es nuestra fuerza, nuestro socorro y nosotros anunciaremos su nombre como salvación.

 

• El evangelio de este domingo  (Marcos 14, 1-72; 15, 1-47) narra la Pasión de Jesús.

Inicia diciendo,

«Faltaban dos días para la fiesta de pascua […] Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando el modo de arrestar a Jesús […] llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro, que era muy caro. Rompió el frasco y lo derramó sobre la cabeza de Jesús […] Jesús les dijo: “Déjenla. ¿Por qué la apenan? Ha hecho conmigo una buena obra. […] Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura”».

Posteriormente, después de establecer a la Eucaristía, dijo

«Les aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que beba un vino nuevo en el reino de Dios».

Ya en Getsemaní, Jesús ora:

«Padre, todo te es posible. Aparta de mí este cáliz de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Sigue el proceso después de su arresto:

«Entonces el sumo sacerdote tomó la palabra en medio de todos y preguntó a Jesús: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?”. Jesús contestó: “Yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo” […]».

«Pilato le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le respondió: ‘Tú lo dices”».

«Los soldados […] Lo vistieron con un manto rojo y, trenzando una corona de espinas, se le pusieron. […] Lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían […] Después de burlarse de él, le quitaron el manto rojo, lo vistieron con sus ropas y lo sacaron para crucificarlo”.

«Condujeron a Jesús hasta el Gólgota […] lo crucificaron […] Los que pasaban por allí lo insultaban, haciendo muecas […] los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban de él… Hasta los que habían sido crucificados junto con él lo insultaban».

«Al llegar el mediodía, toda la región quedó a oscuras hasta las tres de la tarde. […] Entonces Jesús, dando un fuerte grito, expiró. La cortina del templo se rasgó en dos de arriba abajo. Y el oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver que había expirado de aquella manera, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”».

 

• Estas palabras son las que resuenan y se quedan. Realmente era el Hijo de Dios. Dios mismo hecho hombre, padeciendo por nuestra salvación.

“Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” y había muerto en su forma humana para salvarnos. El acto de amor más grande que puede realizarse y que no puede ser descrito con palabras humanas.

¡Es nuestro mismo Creador, el Señor, quien se ha sacrificado por nosotros y con su muerte y resurrección pide que amemos!

La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comunes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.


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