Economía (des)ordenada

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La planeación economía estatal contra el libre mercado fue el tema de una conversación que resumo en lo que sigue.

— Los mercados libres son desordenados, tienen cambios imprevistos, dan sorpresas continuas y se rigen por las leyes de oferta y demanda —dijo la persona.

— Es cierto, los mercados que son económicamente libres son incluso turbulentos en ocasiones, no tienen un diseño expreso, cambian y se ajustan continuamente, son competitivos y muestran innovaciones continuas —comenté.

— Entonces, lo que convendría es quitar todas esas señales de imprevistos y sorpresas. Me refiero a ordenar a los mercados para que sean estables y tranquilos. Conviene ordenarlos y hacerlos previsibles —dijo ella.

— ¿Cómo podrá lograrse eso?

— Por medio de la planeación central de la economía. Con el gobierno a cargo de planear a la economía, ella sería ordenada y predecible. Todos vivirían sin sorpresas, con tranquilidad. Sería un mejor mundo, más apacible —afirmó ella.

— Quiero entender eso mejor eso que usted dijo. ¿La planeación gubernamental de la economía tranquilizaría a los inquietos mercados libres?

—Eso es efectivamente lo que creo. Imagine usted que desde una oficina central se maneje a la economía entera, decidiendo dónde invertir, por ejemplo en refinerías de petróleo. Así se pondría orden y armonía en los mercados, evitando el caos que ellos tienen.

— Creo que le he entendido. ¿Quitaría usted entonces a la competencia económica me imagino?

— Sin duda, porque es la competencia económica lo que hace que los mercados sean desordenados y caóticos. Nadie puede predecir lo que en ellos sucederá mañana. En cambio, con la planeación central ellos estarían ordenados y no darían sorpresas —dijo la persona.

— Tengo una pregunta. Usted retiraría a la competencia económica de los mercados libres, pero ¿no cree usted que había competencia política en esa agencia gubernamental de planeación?

— No entiendo. ¿A qué se refiere? —preguntó.

— A que dentro de la agencia planificadora habría discusiones y conflictos, es decir, competencia de opiniones y de proyectos a realizar. Unos querrían tener refinerías de petróleo, pero otros querrán tal vez plantas para producir acero.

— ¡Ah, pues sí! Eso sería parte del proceso de decisión planificadora, la discusión de posibilidades de inversión, de producción, de fijación de precios, importaciones y exportaciones y cosas por el estilo —dijo.

— Entonces, sí habría competencia económica, solo que ahora dentro de la oficina planificadora. Sería como una competencia política para realizar acciones económicas. La competencia no desaparece, solo se ha trasladado al gobierno.

— Correcto y dentro del gobierno se discutirán alternativas económicas, como importar o no automóviles.

— Entonces, así no desaparece la incertidumbre. Todo el país estaría en espera de alguna sorpresa, de decisiones impredecibles y cambios de un momento a otro dependiendo de quién gane las discusiones en esa oficina.

— Bueno, pero una vez decidido habría orden y tranquilidad en los mercados —aseguró la persona.

— No porque todos estarían a la expectativa de esas decisiones y de sus modificaciones. Seguiría la incertidumbre, con el problema del cúmulo enorme de decisiones a tomar. No podrían manejarlo, ni tendrían la información.

— Bueno, pero con la información macroeconómica que existe se podrían tomar decisiones correctas —dijo.

— Las decisiones de mercado no las toma la gente con datos macroeconómicos sino con la información parcial que ellos tienen y que es microeconómica hasta lo mínimo. Cometerían errores seguramente y vivirían decidiendo cómo corregirlos, lo que haría en extremo inestable a la economía del país.

— Pero de lo que se trata es de ordenar al mercado y hacerlo previsible —dijo.

— Creo que eso es imposible. ¿Puede usted predecir con certeza conductas humanas de millones, siquiera de una sola persona?

— No realmente —respondió.

— Pues entonces tampoco puede predecir la conducta de los planeadores estatales y eso hace que la incertidumbre de la planeación económica sea aún mayor que la del mercado.

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