EEUU: enredos cambiarios

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¿Cuál valor es el deseable de una moneda? Esta es la idea de Manuel Sánchez González en esta columna.

[Hace dos semanas], el secretario del Tesoro de Estados Unidos declaró que un dólar débil era bueno para su país, lo que generó reacciones adversas de muchos comentaristas y una depreciación sustancial de esa moneda.

Posteriormente, el presidente Trump y ese mismo funcionario matizaron su postura pronunciándose a favor de un dólar fuerte.

Este vaivén en la posición estadounidense refleja, en gran medida, la dificultad de llegar a un veredicto inobjetable sobre el supuesto valor «deseable» de una moneda frente a otras.

Cualquier intento de evaluación cambiaria enfrenta varios problemas, entre los que destacan los siguientes.

El primero es de carácter semántico, pues suelen utilizarse términos ambiguos, y hasta desorientadores, que complican el diagnóstico. Específicamente, se dice que una moneda es fuerte si su poder adquisitivo en términos de otra es «alto», y débil si es «bajo».

Estos calificativos carecen de significado por sí mismos ya que forzosamente requieren una referencia. La dificultad es que diferentes puntos de partida pueden conducir a juicios contradictorios.

Por ejemplo, en enero de 2018, el dólar frente al euro podría considerarse fuerte o débil, dependiendo de si se toma como referencia diciembre de 2013 o diciembre de 2016.

Además, las expresiones de fortaleza o debilidad conducen a juzgar, con facilidad, las situaciones correspondientes como positivas o negativas. No obstante, el tipo de cambio, que mide el valor de una moneda en términos de otra, es un precio que se determina en el mercado.

Como sucede con otros intercambios, ese precio refleja el apetito del público por el dólar, así como su escasez relativa. También, la cotización sube si aumenta la demanda o disminuye la oferta de esa divisa, y baja en los casos contrarios.

En consecuencia, no existen precios buenos o malos, simplemente más altos o más bajos. De ahí que sea más apropiado referirse a los movimientos cambiarios como apreciaciones o depreciaciones de la moneda, en lugar de fortalecimientos o debilitamientos de la misma.

Un segundo problema, más de fondo, es que no existe un tipo de cambio que mejore o empeore las condiciones de todos y cada uno de los habitantes de un país. En particular, un valor relativo de la moneda más alto encarece los bienes nacionales y abarata los extranjeros.

Este efecto tiende a favorecer a los consumidores y a los importadores, y a perjudicar a los exportadores. Lo contrario ocurre con un valor relativo más bajo de la moneda.

La implicación de lo anterior es que juzgar como deseable un tipo de cambio por encima o por debajo del de mercado equivale a adoptar posiciones que benefician a algunos y dañan a otros, lo que necesariamente genera controversias.

El tercer problema es que pronunciarse a favor de cierto nivel o tendencia del tipo de cambio contradice el supuesto básico del régimen libre, en el que se encuentra el dólar y la mayoría de las monedas del mundo.

Si proviene del gobierno, tal postura envía la señal de que éste podría buscar utilizar diversas herramientas para apuntar hacia un cierto objetivo de precio.

Aunque durante el presente siglo, Estados Unidos prácticamente no ha recurrido a intervenciones directas en el mercado cambiario, un daño colateral de tal posicionamiento sería la posible suspicacia por parte del público de interpretar la conducción de la política monetaria en función de la meta cambiaria.

A juzgar por las reacciones, la preferencia oficial estadounidense por un dólar depreciado, expresada recientemente, se interpretó como una intención de apoyar a los exportadores de ese país.

Como el tipo de cambio es un precio relativo entre monedas, la concreción de tal propósito implicaría una desventaja inducida para los exportadores de otras naciones, lo que podría generar fricciones internacionales, incluyendo el desencadenamiento de devaluaciones competitivas.

La historia revela que los conflictos cambiarios pueden ser muy desestabilizadores. Por ejemplo, un factor que contribuyó al gran desplome bursátil de 1987 fueron las disputas entre Estados Unidos y Alemania sobre el valor de las monedas.

Finalmente, otro inconveniente de apoyar un dólar depreciado es la disminución del atractivo de los activos denominados en esa moneda. Ello presionaría al alza las tasas de interés y pondría en entredicho la conveniencia de esa moneda como medio de reserva.

En suma, el tipo de cambio adecuado es el determinado libremente por el mercado. Su variación responde a las condiciones económicas internacionales, lo que propicia las mejores decisiones de comercio e inversión.

Nota del Editor

Esta columna fue publicada anteriormente en El Financiero. Agradecemos al autor, Manuel Sánchez González, y a El Financiero el amable permiso de reproducción. Manuel fue subgobernador del Banco de México durante 2009-2016 y es autor de Economía Para Desencantados.

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