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El encanto del populismo
Selección de ContraPeso.info
22 enero 2018
Sección: POLITICA, Sección: Asuntos
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Los rasgos centrales del populismo es la idea de Manuel Sánchez González en esta columna.

Durante el presente siglo, un creciente número de países ha optado por elegir mandatarios cuyas plataformas políticas son consideradas «populistas».

Esta tendencia ha abarcado no sólo a naciones en desarrollo, las cuales anteriormente habían sido más proclives a esas orientaciones, sino también a las avanzadas.

Dado que la próxima elección presidencial en México abre la puerta a la posibilidad de un giro en esa dirección, conviene entender ese fenómeno.

De inicio, debe aclararse que el «populismo» es un concepto difícil de acotar. Sus definiciones son frecuentemente vagas y admiten muchas variedades.

Sin ignorar esa complejidad, la característica común del populismo es su concepción de que la sociedad se divide en dos grupos, juzgados antagónicos: la gente común, la mayoría o el «pueblo», por un lado, y las élites, ciertas minorías o los extraños, por el otro.

Los populistas se autoproclaman como representantes auténticos del primer colectivo, para reivindicar sus derechos a expensas del segundo.

En la mayoría de los casos, esta postura se combina con un liderazgo carismático y, muchas veces, el objetivo se resume en una ruptura con el establishment.

Esta visión tiene, por lo menos, tres implicaciones.

La primera es que el populismo requiere, para su existencia, de un grupo de personas al que puede culpar de los problemas.

En las naciones en desarrollo, la concentración del ingreso, con frecuencia percibida como alcanzada de forma ilegítima, convierte a los ricos en el blanco natural de la inconformidad.

De ahí que históricamente, el populismo en esos países haya pretendido ser de carácter «incluyente», mediante la aplicación de políticas redistributivas.

Por el contrario, en las naciones desarrolladas, la crisis financiera reciente y sus secuelas parecen haber avivado la animadversión hacia los extranjeros.

Entre otras formas, ésta se ha manifestado en la oposición a la inmigración, a las importaciones y a la inversión en otros países.

La elección del presidente Trump y su agenda política en Estados Unidos, así como la salida del Reino Unido de la Unión Europea comparten, en diferente grado, un populismo de tipo «excluyente».

En estos y otros casos, los programas han coincidido con el surgimiento del nacionalismo.

La segunda implicación es que el populismo tiende a favorecer políticas que pueden tener un éxito inmediato, pero, tarde o temprano, imponen un costo a la población.

Una razón de esa temeridad es la concepción antagonista de la sociedad, que conduce a interpretar la actividad económica como un juego suma cero, donde para que unos ganen otros deben perder.

De hecho, parte de la ilusión populista es suponer que, si las medidas implementadas tienen algún costo, éste recaerá principalmente sobre las minorías que supuestamente causan las dificultades. Paradójicamente, lo contrario tiende a ocurrir.

Así, tradicionalmente el populismo en América Latina ha buscado la justicia social, entre otras vías, mediante la expansión del gasto público, los controles de precios y las expropiaciones. En un inicio, estas medidas han impulsado el crecimiento económico.

Sin embargo, la ausencia de disciplina fiscal y monetaria y el deterioro del ambiente productivo han desembocado en crisis de balanza de pagos, aceleración de la inflación, desabasto y recesión.

El caso paradigmático actual es Venezuela. Ahí, como en otros episodios, la población más afectada ha sido la más pobre.

De forma semejante, las medidas de aislamiento promovidas por las agendas populistas de los países desarrollados podrían generar algunos beneficios inmediatos, por ejemplo, en términos de empleo, pero rápidamente decepcionan.

La causa principal de la larga tendencia de contracción laboral manufacturera, preocupación de muchos votantes estadounidenses, ha sido el cambio tecnológico y la automatización, no las importaciones.

Finalmente, el populismo ha avanzado porque es popular y ello, en buena medida, refleja inquietudes legítimas de muchas personas.

Por ejemplo, un descontento amplio en muchos países, incluyendo obviamente México, es el tratamiento desigual que diversos grupos poblacionales reciben frente a la ley, lo que se traduce en favoritismo y corrupción.

El deterioro del sentido de justicia daña la credibilidad de las instituciones y fomenta la división social, pieza fundamental del populismo.

De ahí que sea un error enfrentar al populismo mediante su descalificación. Un enfoque más constructivo sería identificar los problemas que lo inspiran y comprometerse con soluciones de fondo sostenibles. Sólo así se promueve un cambio económico favorable.

Nota del Editor

El lector puede ver en Populismo: una definición los rasgos centrales del populismo. En Locuras que ganan elecciones se examinan palabras de Evita Perón que ilustran esos rasgos.

Esta columna fue publicada anteriormente en El Financiero.

Agradecemos al autor, Manuel Sánchez González, y a El Financiero el amable permiso de reproducción. Manuel fue subgobernador del Banco de México durante 2009-2016 y es autor de Economía Para Desencantados.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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