El fan político

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Hay un tipo nuevo de fan. El fan político. Ese que toma a un candidato y se transforma en un ser irracional y crédulo que deja de ver a la realidad.

No muy distinto al fanático del futbol que favorece a su equipo hasta lo absurdo y llega a llorar con sus derrotas. El fenómeno del fan político es fascinante por ser una muestra vehemente de irracionalidad de nuestros tiempos.

El candidato preferido por el fan político recibe una admiración febril motivada centralmente por dos factores en orden de importancia: (1) el odio a sus opositores y (2) la adoración de su preferido.

Pero el fan político va más allá y se aficiona a su preferido por no mayor razón que la de sus buenas intenciones. Un fenómeno puro de imagen percibida que poco o nada tiene que ver con la realidad. Es la figura que imagina lo que le motiva y a la que coloca como la antítesis de sus opositores (de allí que el odio sea parte integral del fan político).

La figura que imagina de su preferido está construida sobre bases comunes. Su preferido es decente, generoso, dispuesto a servir, idealista, con grandes y admirables intenciones. Está alejado de todo vicio, como la codicia y el interés monetario. Es la acumulación perfecta de toda virtud humana. Un superhombre.

La imagen que se ha forjado el fan político es convenientemente vaga y difusa, lo suficientemente indeterminada como para no admitir aspectos negativos. ¿Quién argumentará contra sus loables objetivos de combatir a la corrupción, o a la pobreza?

Lo demás, poco o nada importa. Son detalles sin importancia las propuestas y acciones que anuncia el candidato. Podrán ser absurdas, imposibles, ridículas, o alocadas, pero el fan político las verá como serias, posibles, adecuadas y razonables.

En otras palabras, el fan político se ha vuelto un romántico incurable convirtiendo a su candidato en un dogma político imposible de ser cuestionado. Lo que tiene un efecto concreto, muy bien ilustrado en esto:

«John Ackerman, simpatizante y muy cercano de Andrés Manuel López Obrador, amenazó que habrá “chingadazos”, si el político tabasqueño no gana las elecciones presidenciales del próximo 1 de julio». elsoldemexico.com

El fan político presenta de nuevo a la democracia el problema que ella pretendía resolver, el de la transición violenta del poder. Para el fan político la derrota de su adorado es impensable. El ciudadano convertido en una especie de hooligan político que apoya a su candidato haga lo que haga y diga lo que diga.

Post Scriptum

Insisto en mi punto, el de la combinación de la vaguedad de las buenas intenciones asociadas con una imagen difusa del candidato preferido, con el rencor extremo a sus opositores. La combinación perfecta para destruir a la democracia, en buena parte porque ese candidato preferido tiende a ser visto como el dictador benevolente.

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