«No creo en Dios porque no hay evidencia científica que pruebe que existe».

Eso dijo alguien en un video en línea. Un buen resumen de la narrativa atea sustentada en la ciencia.

Tiene esa narrativa atea su punto atractivo. Toma a la ciencia como filtro máximo que sirve para negar o ignorar todo lo que no pasa ese tamiz. El razonamiento es simple y cualquiera lo entiende.

El punto, sin embargo, es más enmarañado que eso. Por ejemplo, en un tiempo muy alejado, habría podido negarse la existencia del toda galaxia simplemente porque las galaxias no pasaban el filtro máximo de la ciencia en ese tiempo.

Puede decirse, incluso, que los avances de la ciencia logran que ese filtro se mueva aceptando nuevos conocimientos y que, concebiblemente podría llegarse a especular que un día futuro se probará científicamente la existencia de Dios.

No creo que llegue ese día, aunque estoy abierto a posibilidades. En fin, por ahora solamente es posible concluir razonablemente otra cosa: nadie realmente sabe y tiene pruebas científicas de que Dios no exista.

La clave está en esa condición «pruebas científicas» de que no exista. Una demostración tangible, medible, experimental, cuantificada, reproducible de esa negación no existe. Quizá nunca se tenga, como tampoco esa misma prueba científica y contudente de que sí exista.

¿Qué hacer ahora? Una posibilidad, y no la más lógica, es poner a Dios en la zona de lo subjetivo: que cada quien crea o no crea es un asunto personal emotivo y sentimental, de fe y creencia individual. Es una zona afectiva que crea indiferencia y coloca a Dios como un sobrante que atrae a los más impresionables.

Hay otra ruta razonable y es la de hacer una pregunta incómoda. ¿Es la ciencia el filtro adecuado para estudiar a Dios? Me refiero a esos conocimientos organizados  y obtenidos por medio de observaciones, mediciones, experimentos, verificaciones y demás.

El desafío es muy específico: el método científico no es el recurso único que genera conocimiento humano. También hay conocimiento posible por medio del pensar disciplinadamente, con reglas lógicas y rigor. Esta es otra vía de obtención de conocimiento y es la que produce nuestro entendimiento en temas como justicia, ética e incluso acerca de los fundamentos de la ciencia misma.

Eso es lo que hace la Teología, una ciencia que tiene a Dios como objeto de estudio. No son objetos en los que pueda aplicarse el método científico. Piense usted en asuntos como la belleza, nuestra naturaleza, cómo conocemos, la verdad, la moral, la política y cosas por el estilo. Ninguno tiene una naturaleza que se preste a un estudio de tipo científico. Y no son cosas que puedan hacerse de lado e ignorarlas por no pasar el filtro de la ciencia.

Esto es lo que me lleva a lo que bien creo que vale una segunda opinión.

Es quizá un signo de nuestros tiempos el ignorar y desechar, no sin desdeño, a los asuntos y cuestiones que se considera que no son sujetos de estudio científico. Una consecuencia de esta mentalidad, ya la vimos, es concluir que Dios no existe o que al menos es una idea subjetiva e intrascendente.

La otra consecuencia es la que usted ya ha detectado: también son mandadas al terreno de lo trivial la moral, la política, la verdad, la belleza y todo lo que no admita el método científico. Una buena cantidad de cosas, que son seguramente las más importantes, son relegadas al territorio de lo trivial y subjetivo. La pérdida es sustancial. Nos hace perder rumbo.

Pongo ahora atención en una de las secuelas de lo anterior, el relativismo cultural y moral. Cuando se pone a la ciencia como el único filtro del conocimiento, usted hace que cosas como la moral y la verdad sean vistas como creencias personales subjetivas.

Es un desenlace trágico que hace perder dirección y sentido de vida. Más aún, el política es lo que produce los sueños de sociedades ideales construidas desde bases que se autonombran científicas (piense en la URSS, por ejemplo, o en las promesas de sociedades amorosas de la actualidad).

Y todo parte de un origen, el suponer que todo conocimiento que no tiene el sello científico de aprobación debe ser ignorado.

«Los límites de la ciencia no deben ser confundidos con los límites de nuestra existencia, porque eso sería un fracaso en la comprensión tanto de la ciencia como del hombre». Joseph Cardenal Ratzinger.

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