El político carismático

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El socialismo necesita carisma, mucho carisma. Lo mismo va para los regímenes centralistas al estilo de las dictaduras y, por supuesto el totalitarismo. Carisma de un líder, ese quien encabeza el régimen.

Analizando ese asunto, un autor escribió:

«Los dictadores, su personalidad e intenciones percibidas, jugaron un papel importante en la legitimación de los sistemas políticos que dominaban. Es difícil imaginar que cualquiera de estos sistemas hubieran sido admirados sin sus líderes deificados y heroicos. Incluso un líder menos carismático o pseudocarismático era esencial para simbolizar las supuestas bendiciones de estos sistemas». Paul Hollander.

Puesto al desnudo: los regímenes que se basan en la acumulación de poder en el gobierno necesitan, para su éxito, que quien los encabeza sea carismático para un gran número de personas comunes. Que en él vean una encarnación del total de virtudes y sentimientos paternalistas. Una especie de superhombre al que todos admiran y frente al que todos ceden.

Y, lo que bien vale una segunda opinión, es la otra función del carisma del líder de un gobierno excedido. Esa otra función es servir para encubrir la realidad del líder: «hambre inmensa de poder, creencia en su papel histórico e importancia, un sentido de misión, megalomanía y ser despiadado» (ibídem).

Lo que digo es que la cabeza de un gobierno excedido, grande y centralista, necesita tener carisma para sostenerse en el poder. Ese carisma tiene dos funciones

  1. (1) mantener al líder como un objeto incuestionable de virtudes y
  2. (2) ocultar su realidad mucho más bárbara y desalmada.

Carisma es, por supuesto, esa capacidad personal para cautivar a otros, para atraerlos y seducirlos, logrando convertirlos en adeptos y admiradores. En casos extremos, los convertirá en fanáticos incondicionales dispuestos a todo por su líder.

Y el carisma, propongo, es un elemento conveniente y de extrema utilidad en la proporción en la que un gobierno acumule poder en él y en su líder. Cuanto más centralizado está el poder en una persona más carisma necesitará, es decir, más incondicionales requerirá.

La idea del «culto a la personalidad» ayuda a describir este fenómeno del carisma del político autoritario: «la elevación y adulación a escala religiosa, de un líder vivo y carismático, generalmente un jefe de Estado o un dictador» es.metapedia.org.

Ejemplos de esto los conocemos, como Castro en Cuba o Chávez en Venezuela, e incluso Xi Jinping en China ahora mismo con sólidos indicios anteriores.

Pero hay un problema serio cuando el síndrome del político carismático tienta las mentes de segmentos importantes del electorado. Cuando las personas comienzan a contemplar a los candidatos como líderes carismáticos e inician el proceso de convertirlos en la encarnación de toda virtud detrás de lo que se oculta la simple ambición de poder.

En resumen, la aparición de líderes carismáticos en una democracia corresponde a la desaparición de esa misma democracia que les permite su entrada. ¿Para qué se necesita democracia si se tiene al superhombre en el poder?

Y una cosa más…

La dos primeras citas son del libro de Hollander, Paul. From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship (p. 299). Cambridge University Press. Kindle Edition.

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