Elecciones infectadas

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La idolatría de los candidatos. Es como un virus o una bacteria. Algo que se contagia y crea una nueva situación, una forma diferente de ver las cosas. Las cosas políticas, especialmente las electorales, se infectan con la idolatría de los candidatos.

Es como una mutación: la transformación de los candidatos que de ser simples opciones políticas pasan a ser personajes a los que se asocian ideas más propias de ídolos, titanes, superhombres. Dejan de ser humanos para convertirse en divinidades que obran milagros.

Esto puede verse con claridad en los casos obvios de personajes como Stalin y Mao; o más recientemente, F. Castro y H. Chávez. Seres colocados en la categoría de héroes a los que el resto tiene el deber de dar culto.

El fenómeno tiene su importancia porque, aunque en dosis menores, la conversión de candidatos políticos en superhombres es un fenómeno que infecta a las elecciones en todas partes. En México, por ejemplo, sucede desde hace tiempo, especialmente en el caso de López Obrador.

Lo que creo que bien vale una segunda opinión es, primero, reconocer esa infección electoral de candidatos convertidos en efigies milagrosas. Y, segundo, ver algunas de las consecuencias de esa mutación política no muy diferente a la idea del derecho divino de los reyes.

Cuando un candidato o un gobernante es elevado a la posición del titán salvador nacional, se suspende el uso de la razón y se suprime la utilidad de las opiniones y juicios. Ya no hace falta pensar. Lo único que se necesita es obedecer al titán salvador nacional. Su voz y sus órdenes son incuestionables. Hay que someterse a su voluntad.

Cuando ese candidato o político es colocado en su nicho de adoración nacional, se cancela también otra posibilidad, la moral. Lo bueno y lo malo se redefine: lo bueno es lo que el líder quiere hacer y lo malo es lo que impida que lo haga. Ningún medio es cuestionable si ello permite establecer la voluntad del líder glorioso.

Cuando las elecciones son infectadas por esta transformación de personas en semidioses, la democracia comienza a derrumbarse. Se convierte ella en un simple sistema de elección de dictadores. Los ciudadanos van y votan para elegir quién abusará de ellos creyendo que eso es un ensueño. La elección habrá sido quizá democrática, pero ese gobierno no lo será.

Cuando la mutación del gobernante en un ser divino va tomando forma, alrededor suyo se forma una cohorte de creyentes fieles al líder; una multitud de místicos por conveniencia que se encargan de repetir el mensaje del líder, de dar a conocer sus dogmas irrefutables y de revelar sus mega poderes: él salvará al país y lo convertirá en un paraíso.

Esta promesa de un edén futuro le atraerá otros seguidores, esos ingenuos a quienes atrae la solución del problema que ellos han seleccionado como el central. Para quienes lamentan la desigualdad, él logrará la igualdad. Quienes buscan justicia social verán en él a su encarnación. Aquellos a quienes preocupa el desempleo, creerán que sus políticas lo resolverán.

Esto da al nuevo semidiós una multitud de fervorosos partidarios que difundirán su palabra y ejercerán una notable influencia sobre otros ciudadanos, los indecisos que no tienen otro criterio de elección que el de buscar al que resuelva los problemas nacionales por sí mismo.

Eso fue lo que sucedió, por ejemplo, con Hitler y Mussolini, a quienes se atribuyeron poderes suficientes como para que su elección bastara para resolver los problemas nacionales y crear una nueva nación. Una nueva nación ilustrada en discursos.

«No permitiré que en Venezuela haya un solo niño de la calle, y si no, dejo de llamarme Hugo Chávez. No tengo intención de nacionalizar ningún canal del estado, basta con Venezolana de Televisión, tengo la mejor relación con los canales privados y deben seguir siendo privados». el-nacional.com

Lo que he intentado hacer es resaltar el fenómeno de político transformado en un ser con poderes divinos y a quien muchos creen capaz de convertir a su país en un paraíso en el que todas sus necesidades sean satisfechas por medio de un plan gubernamental.

Es como una infección contagiosa que se convierte en epidemia haciendo posible que lleguen al poder personas que jamás deberían llegar por el riesgo que representan de abuso de poder. Y, mucho me temo, la infección es una abundante en violencia posible, la que se presenta gane o no gane el candidato convertido en divinidad.

Post Scriptum

¿La vacuna contra esa enfermedad? Mucho me temo que solo hay una, la razón, el sentido común, o como quiera usted llamarle.

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