Eligiendo a Napoleón

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Sobre cómo es que llegan al poder la persona con mente trastornada y sin que nadie se dé cuenta, al contrario.

Es la más estresada, la más nerviosa e inquieta. Llega a estados de histeria y delirio.

Así es el estado mental de todo candidato en tiempos de campaña electoral. Vive con ansiedad y excitación, muchas veces extremas. La razón es obvia.

Las elecciones son algo en el que un cierto día él se juega todo. Y solo hay un ganador. Perder es el golpe más duro que puede recibir; su vida entera se desmoronaría y su vida dejaría de tener sentido.

No extraña que viva en un estado de zozobra continua durante los meses en campaña.

Este estado de estrés perenne tiene una consecuencia llamativa en las promesas que tiene él que hacer para volverse atractivo al votante, a la mayoría de ellos. Tiene que prometer, en resumen, que él es la persona correcta y que realizará las acciones correctas de gobierno.

Es decir, tiene que verse a sí mismo como el único medio por el que su país podrá resolver sus problemas acertadamente. Tiene que estar convencido de ello, lo que no está mal en sí mismo, pero que puede llegar a extremos indeseables, que es lo que exploro a continuación.

Me refiero al extremo en el que el candidato se separa de la realidad y comienza a vivir en el mundo que su mente ha creado. El mundo en el que él es un superdotado, el héroe incuestionable que es la garantía de la salvación de su país.

Creo que la palabra clave es ‘aislamiento’, la separación mental del candidato con relación a la realidad. Sí, tiene una existencia real: hace discursos, promete bienestar, pide votos, da entrevistas, filma comerciales, tiene reuniones; pero todo lo entiende y ve desde el mundo que su mente ha creado.

Su cuerpo va de evento en evento, pero su mente se ha apartado y adherido en ese mundo creado por él y que, piensa él, será realidad cuando gane. Perder es destruir el mundo creado que él ambiciona más que nada en el mundo. Esta es la razón por la que con tal de ganar nada lo detendrá. Nada, literalmente nada.

Mentirá por supuesto, pero quizá más que eso, creerá que es verdad el mundo que ha creado y mostrará síntomas de eso: no será realista, creará abstracciones inútiles, propondrá absurdos, hará generalizaciones inválidas, creará problemas inexistentes, prometerá lo imposible, pontificará constantemente, asegurará lo falso, negará lo verdadero.

En fin, se convertirá en un caso por el que Freud, Skinner, Fromm y Addler pelearían por analizar. Un caso curioso de eso que leí en alguna parte,

«Antes, si alguien creía ser Napoleón, lo metíamos en un manicomio. Hoy los elegimos para que nos gobiernen».

La realidad innegable es que ninguna persona está preparada para gobernar a otros. Nadie en verdad y esos quienes creen que tienen la capacidad son aquellos a los que más nos vale hacer de lado en toda elección gubernamental.

Es esa incapacidad humana para gobernar la que hace deseable lo que conocemos como Estado de Derecho, eso que pone limitaciones severas al mayor de los afrodisiacos existentes, el poder sobre los demás (como decía H. Kissinger).

Ha sido mi intención hacer notar algo que parece ser más secreto que la fórmula de Coca-Cola, la realidad de mente aislada, alterada y trastornada que tiene el gobernante y que se debe a su separación de la realidad.

Y es así que pueden creer representar al obrero sin necesidad de haber visitado una fábrica, como Lenin. Y reglamentar negocios sin haber administrado uno. Porque en su mundo, lo que ellos hacen siempre tiene resultados óptimos.

Lo admirable de todo esto es que los ciudadanos los toman en serio, como si fuesen seres sensatos, prudentes y formales que en verdad se interesan por el bien del país. Curioso efecto de la democracia.

«Lo primero que hará un hombre por sus ideales es mentir». J. A. Schumpeter

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