Endeudamiento mundial: riesgos

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Un aviso de peligro por endeudamiento, esta es la idea de Manuel Sánchez González en su columna.

De acuerdo con datos del FMI, en 2016 la proporción de deuda total a PIB en el mundo alcanzó 225%, lo que representó un aumento de doce puntos porcentuales respecto al máximo observado en 2009.

El mayor apalancamiento es sorprendente, teniendo en cuenta que la crisis financiera global, extendida hasta ese año de referencia, se derivó, en última instancia, de una acumulación de pasivos a niveles insostenibles.

Debe reconocerse que la deuda de los hogares en los países afectados directamente por la crisis ha disminuido con relación a su ingreso. 

Sin embargo, tal desapalancamiento ha sido rebasado por la ampliación de otros débitos en esas y otras naciones.

En particular, la razón de deuda total ha aumentado tanto en las economías avanzadas como en las emergentes. En estas últimas el ritmo superó el de las primeras, lo cual se explica, en gran medida, por la explosión de empréstitos en China.

Asimismo, las proporciones de pasivos públicos y privados a PIB se han elevado en el mundo.

Los débitos del sector público se han multiplicado especialmente en los países desarrollados, lo cual refleja, entre otros elementos, los programas de estímulo fiscal diseñados para contrarrestar la Gran Recesión y apoyar la recuperación, así como los rescates de empresas en problemas.

También en las economías emergentes se ha expandido la deuda pública. Así, la razón reciente de obligaciones gubernamentales en las economías avanzadas es la más elevada de la posguerra, mientras que la de las emergentes no se había visto desde la crisis de empréstitos externos de los años ochenta del siglo pasado.

Por su parte, el endeudamiento privado ha aumentado considerablemente en las economías emergentes, lo que se ha asociado principalmente con los corporativos, incluyendo obligaciones en moneda extranjera. 

No obstante, gran parte del incremento de pasivos «privados» ha provenido de empresas paraestatales chinas, con garantías gubernamentales.

La proporción de deuda privada a PIB ha disminuido un poco en los países desarrollados. Empero, han surgido nuevos riesgos como el apogeo de préstamos a empresas de baja calidad crediticia con condiciones cada vez más laxas en Estados Unidos, así como el elevado endeudamiento hipotecario en algunas naciones que no experimentaron dificultades en ese sector hace diez años.

Si bien en el mayor endeudamiento global probablemente han influido varios factores, una causa central parecen haber sido la persistencia de tasas de interés reales inusitadamente bajas y la prolongada recuperación económica.

En los ciclos financieros, el entusiasmo crediticio se desata cuando los tiempos se perciben prósperos, típicamente con la premisa de que las condiciones favorables permanecerán.

Por desgracia, la historia económica confirma que los aumentos de deuda derivados de un optimismo exacerbado invariablemente conllevan correcciones posteriores, las cuales pueden ser abruptas y generar o profundizar las recesiones, con una lánguida reanimación posterior.

Una amplificación extrema de los ciclos económicos por las fluctuaciones financieras se observó en los años recientes, cuando la expectativa de que los precios de la vivienda seguirían subiendo de forma indefinida condujo, primero, a la bonanza hipotecaria en los países desarrollados y, posteriormente, a una severa caída del PIB global.

La tendencia y los niveles actuales de endeudamiento representan un peligro para la economía mundial. 

En cualquier momento, el entorno puede tornarse desfavorable, debido a incrementos mayores a los esperados en las tasas de interés de mercado, un menor dinamismo económico, o depreciaciones cambiarias de las naciones con cuantiosos pasivos en moneda extranjera.

Los posibles detonantes pueden ser múltiples y ocurrir de forma simultánea, incluyendo el aumento de la inflación, particularmente en las economías avanzadas sujetas a un relajamiento monetario sin precedente; el recrudecimiento de los conflictos comerciales que pudiera degenerar en guerras de divisas; y la mayor aversión al riesgo que propicie una corrida de capitales hacia activos considerados seguros.

Los eventos anteriores agravarían el costo de la deuda y disminuirían el valor de los activos que sustentan los empréstitos, en detrimento de la liquidez y la solvencia de los acreditados.

Ante tales escenarios, las tareas de las autoridades son vastas y deberían orientarse a prevenir las crisis más que a remediar sus consecuencias. 

Ello implica superar el error comúnmente incurrido por los gobiernos de que todo aumento de crédito impulsa el crecimiento económico sostenido

Nota del Editor

Esta columna fue publicada anteriormente en El Financiero. Agradecemos el amable permiso de reproducción. El autor fue subgobernador del Banco de México de 2009 a 2016. Desempeñó diversos cargos en BBVA Bancomer. Fue director general del CAIE en el ITAM.

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