Euforia política y ceguera

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Es un momento de júbilo, incluso exuberancia. La celebración de un triunfo ansiado. El tiempo en el que se posee la victoria después de esfuerzos, luchas y conflictos. 

El momento en el que todo es posible, o al menos, eso se cree. El regocijo todo lo ocupa y desplaza a la razón pausada. El optimismo se desborda y no hay meta que no pueda lograrse. 

Cosas así suceden en los cambios políticos, especialmente los percibidos como mayores en su propio tiempo.

Tocqueville lo expresó así al hablar de los momentos inmediatos después de 1789 en Francia:

«[…] un tiempo en que el amor por la igualdad y la libertad tenían partes iguales de sus corazones; un tiempo en la que deseaban fundar no solo instituciones democráticas sino también libres; no solo para destruir privilegios sino para reconocer y santificar derechos. Eran tiempos de juventud, entusiasmo, orgullo, pasiones generosas y sinceras […]». Tocqueville, Alexis de. The Ancien Regime and the Revolution (Penguin Classics) (p. 10). Penguin Books Ltd. Kindle Edition. Mi traducción

En una escala más humilde algo así sucede en México ahora con el triunfo electoral de MORENA, un nuevo partido y su victoria arrolladora hace unos meses. Existe, entre muchos, un alborozo sustancial que les hace vivir momentos de exaltación de tal calibre que no puede aceptarse que exista algo que el nuevo gobierno no pueda hacer.

Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión, el apuntar la existencia de momentos políticos de tal optimismo que hace creer a los actores que nada existe que ellos no puedan volver realidad. 

Es el optimismo sin escrúpulos del que habló Roger Scruton. La esperanza alocada y que ha sido separada de la realidad, para provocar la ensoñación de un mundo en el que todo es posible. 

Esto es lo que pienso que viven y piensan los gobernantes que ganaron las elecciones en México. No exagero. El nuevo presidente ha insistido en ver a su victoria como un cambio histórico, la «cuarta transformación» de México. No puede acusársele de falta de humildad ni de escasez de optimismo.

Es ese precisamente mi punto, la existencia de tiempos políticos de tal euforia y vehemencia que ellos se vacían de realismo y objetividad.

Tiempos en los que toda decisión política es aprobada por sus intenciones y no por sus posibilidades. Tiempos en los que los fracasos no son responsabilidad propia sino causados por enemigos ocultos.

Tiempos en los que cualquier fin justifica los medios y en los que la duda es considerada traición. Tiempos en los que las ideas y palabras del presidente son elevadas a órdenes por encima de la ley.

Tiempos en lo que los gobernantes viven en mundos virtuales creados por ellos mismos, donde sus decisiones y acciones son perfectas y que se destruye cuando la realidad les explota.

Tiempos en los que la necesidad primaria en la acumulación de poder creciente en ese que ha creado un mundo de optimismo ilimitado.

Y una cosa más…

En «Política virtual» se amplía ese mundo inventado en la mente del gobernante.

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