Medir los resultados de una empresa privada es complejo —pero puede ser hecho mediante sus estados financieros, por ejemplo, o a través de su valor de capitalización en la bolsa.

Mi punto es que mientras existen mediciones estrictas del desempeño de empresas —y que ellas permiten su evaluación objetiva por parte de terceros— no existen mediciones similares para el desempeño de los gobiernos.

Mi punto puede demostrarse mediante las opiniones que tienen los ciudadanos acerca del desempeño de sus gobiernos, las que contienen una fuerte subjetividad.

Quien discuta acerca del éxito de Apple o Amazon tendrá a su disposición cifras e información sólida, pero no le sucederá lo mismo cuando discuta acerca del desempeño de sus gobernantes.

Consecuentemente, las elecciones de un nuevo gobierno y que implican un pronóstico de su actuación en comparación con el desempeño real del gobierno que sale, estarán afectadas por una enorme subjetividad —donde la parcialidad y lo arbitrario serán comunes.

Sucede, dado lo anterior, que en una democracia la elección de un nuevo gobierno no estará basada en información tan objetiva como lo estaría la inversión en una empresa —como está demostrado en las opiniones favorables y desfavorables que recibe el gobierno de D. Trump, o de Peña Nieto en México.

A eso contribuye con amplitud la afectación ideológica personal haciendo que quien sea que, por ejemplo, tenga opiniones socialistas se convierta en un partidario de un gobierno socialista —incluso a pesar de los errores de política que pueda tener.

A la cerrazón de la evaluación objetiva que causa la ideología personal se suma una especie de cúmulo informativo de gran complejidad que es arduo de desenredar para cualquiera —haciendo que el ciudadano acuda a una evaluación más simple, la de la imagen percibida del candidato o del gobernante, que es una preocupación central de toda campaña y gobierno.

Otro factor es el el tiempo que transcurre entre la implantación de medidas políticas y sus resultados finales —como cuando una expansión de la oferta monetaria produce en el corto plazo un boom económico y después de un tiempo, una crisis. La asociación entre la expansión monetaria y la crisis se borra por el tiempo entre ellas dos.

Debe considerarse también, la costumbre gubernamental de medir resultados expresados en dinero gastado —lo que hace que cualquier medida sea más exitosa conforme más dinero se gaste en ella, de donde sale el hábito de siempre pedir más recursos presupuestales y atribuir las fallas a la falta de ellos.

La falta de conocimiento especializado es otro factor que contribuye a la subjetividad de la evaluación de un gobierno. Las propuestas económicas durante una elección suelen ser exageradas en sus beneficios inmediatos y jamás consideran efectos no intencionales —los que el ciudadano común no tiene la preparación informativa para calcular.

Un caso curioso que implora la pregunta de si un ciudadano común tiene la capacidad para evaluar y decidir sobre un proyecto como este:

«AMLO anunció que someterá a “una consulta directa o una encuesta” la construcción del nuevo Aeropuerto, lo cual aviva la discusión sobre los instrumentos de democracia directa en México». forbes.com.mx

Con lo anterior, simplemente he querido mostrar la idea de que mientras la evaluación del éxito de las empresas existen mediciones objetivas, la evaluación de los gobiernos no tiene esa ventaja —y que por eso las elecciones democráticas están sujetas a subjetividad, parcialidad, impresiones e imágenes que pueden estar muy alejadas de la realidad.

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