ciclo intervencionista

¿Cómo evaluar propuestas y políticas de gobierno? ¿Hay forma de saber si ellas son buenas o malas? Sí, hay maneras, pero la forma acostumbrada es errónea. Ellas no pueden ni deben ser evaluadas examinando sus intenciones y propósitos.

Introducción

¿Por qué una política de gobierno es una buena política, o una mala? La pregunta no puede ser respondida haciendo una lista de sus beneficios e intenciones. Es la falacia de las buenas intenciones.

Esta es la idea que expone S. E. Landsburg revelando que la mayoría de las evaluaciones que se hacen de cualquier política gubernamental son erróneas.

Landsburg comienza estableciendo una regla esencial para analizar políticas y propuestas de gobierno: ella no puede ser calificada como deseable mencionando los beneficios que de ella se esperan.

El libro usado en esta columna es el de Steven E. Landsburg, The Armchair Economist: Economics and Everyday Life (New York: Free Press, 1995), 50-51.

Punto de partida

Cuando cualquiera defiende sus propuestas haciendo una lista de los buenos efectos que esas propuestas tendrán, se hace una mala evaluación.

Toda propuesta, así sea la más alocada, puede encontrar una lista de beneficios que ella tendrá, o que se espera que tenga.

De ese principio se deriva otro. Cuando alguien quiera evaluar políticas o propuestas de gobierno no debe defenderlas afirmando que ellas harás un bien. Lo que tiene que demostrar es que harán más bien que mal.

Evaluar políticas y propuestas de gobierno

Hacerlo bajo dos criterios directos:

  • El principio correcto para evaluarlas es entonces probar que harán más bien que mal.
  • El principio incorrecto es hacer solamente una lista de las cosas buenas que logrará.

Esto es reconocer que la realidad es compleja y que en el mundo real las políticas de gobierno producen una innumerable cantidad de compromisos o compensaciones de ganancias y pérdidas entre una enorme cantidad de personas. Toda acción tiene efectos no intencionales.

Un ejemplo

Landsburg usa un ejemplo, el de un plan de salud propuesto por un candidato que dará beneficios de 1,000 millones a las familias más pobres del país.

Al mismo tiempo, los segmentos de mayores ingresos verían aumentados sus impuestos totales en 1,500 millones.

¿Hace esa propuesta más bien que mal? Todo dependerá de lo que quiera definirse como «más» en ese principio de más bien que mal.

Peras y manzanas

El asunto es complejo, muy por encima de la vaga idea general de ayudar a los pobres haciendo menos ricos a los ricos. Y va más allá de hacer una lista de pros y contras sin considerar que en algún punto deberá decidirse cuántos contras se necesitarán para anular a los pros.

Pueden usarse expertos que haga cálculos y den cifras, pero cuando «los costos están medidos en manzanas y los beneficios en naranjas», esos números no son guías para alumbrar la decisión correcta.

Otro ejemplo

Una propuesta de gobierno para reducir las tasas de interés alegando que ello ayudaría a la adquisición de viviendas por medio de hipotecas, es otro ejemplo de Landsburg.

Por supuesto, es obvio que tasas de interés inferiores serán de gran ayuda a esos jóvenes que quieren comprar casa propia.

Considerar este beneficio es violar el principio de cómo evaluar políticas y propuestas de gobierno, el de demostrar que hará más bien que mal.

Las tasas bajas de interés, del otro lado, lastiman a ahorradores y jubilados. De allí la necesidad de que la defensa de la reducción de las tasas de interés tenga que demostrar la razón por la que debe ayudarse a los compradores de casa y dañar a los ahorradores y jubilados.

En otras palabras, debe justificar no por qué es bueno ayudar a quienes piden créditos hipotecarios. Debe demostrar por qué al mismo tiempo es bueno ayudar a los que solicitan hipotecas y dañar a ahorradores y jubilados.

Tres guías de evaluación de acciones de gobierno

La idea central es clara y puede ser expuesta en dos partes:

1.La manera equivocada

Solamente hace un recuento de las cosas buenas y beneficios que ellas lograrían. Exaltar las ventajas de la propuesta o política no justifica su aplicación.

Es un frecuente y grave error defender una acción gubernamental por medio de los buenos resultados que se piensa que tendrá.

2.La manera correcta

Una evaluación completa y correcta de cualquier política y propuesta de gobierno es la que demuestra que su implantación hará más bien que mal.

Esto es un cálculo del efecto neto de las consecuencias buenas y malas de la política o propuesta. Deberán mencionarse los buenos resultados esperados, pero también los malos.

3.Ayuda moral

Aún así, ese efecto neto del «hacer más bien que mal» necesita un criterio moral para ayudar a la evaluación de la política o propuesta en cuestión.

Concluyendo

La idea de Landsburg acerca de cómo evaluar políticas, propuestas y acciones de gobierno es una herramienta de tremenda utilidad.

Enfatiza el asunto de los efectos negativos, incluso no intencionales, de tantas medidas superficialmente aprobadas por considerar solamente sus buenas intenciones.

Es un error persistente el que gobernantes y candidatos defiendan sus ideas usando una lista de los beneficios que ellas tendrían. Es una equivocación frecuente el que muchas personas comunes acepten esas ideas poniendo atención solo en los beneficios que les aseguran que tendrán.

La inevitable complejidad del mundo real hace imposible que alguna de esas ideas tengan solamente efectos benéficos sin consecuencias negativas.

Es una obligación racional el considerar esas consecuencias dañinas e incorporarlas en la evaluación de políticas públicas.

Cuando cualquiera desee defender una política de gobierno no debe probar que ella logrará muchos bienes, sino demostrar que tendrá más bienes que males.

Y unas cosas más…

Este error de aprobar propuestas y políticas de gobierno solo por laa bondad de sus intenciones puede explicar, en parte, el atractivo que el socialismo ejerce sobre los intelectuales. Al igual que la noción de economía solidaria y las ideas de hacer a la Economía una ciencia moral.

Mucha de la inercia del intervencionismo económico puede ser explicada por la frecuencia con la que se comete el error de solamente examinar las buenas intenciones y los resultados positivos que se esperan de cada acción de gobierno.

F. Bastiat puede ser visto como un precursor claro de la idea de Landsburg, si se recuerda su idea sobre lo que hace un buen economista: ver las cosas que no son vistas por otros.

Más sobre el tema de cómo evaluar políticas y propuestas de gobierno.

El gobierno responsable de la felicidad

Por Eduardo García Gaspar 

Es un asunto para pensar. Una cuestión de usar la cabeza. Imagine usted que escucha una propuesta, la de un gobernante.

Dice él que los gobiernos deben ser responsables de la felicidad de las personas. Que deben atender esa felicidad antes de preocuparse por otras cosas, como el desarrollo económico.

Desnuda, la propuesta es simple. La felicidad de las personas es importante, lo que nadie niega. Tan importante que debe convertirse en una meta estatal.

Un documento oficial en Argentina contiene esto:

«defínese como Doctrina nacional adoptada por el Pueblo argentino, la Doctrina Peronista o Justicialismo, que tiene como finalidad suprema alcanzar la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación, mediante la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política, armonizando los valores materiales con los valores espirituales y los derechos del individuo con los derechos de la sociedad».

Para evaluar sus propuestas y políticas, ese gobierno argumentará que todas ellas deben ser aprobadas. Y deben serlo porque tienen una buena intención, porque buscan un buen resultado.

Con esa mentalidad se cierra la posibilidad de que sean examinadas las consecuencias negativas y los efectos no intencionales de las políticas que persigan hacer felices a la personas.

En el saldo final, de cosas buenas y cosas malas, es realista pensar que las propuestas de gobierno para hacernos felices no sean convenientes. Sus efectos malos pueden ser mayores que los buenos.

Por ejemplo, la idea de querer que el gobierno se haga cargo de nuestra felicidad requeriría que la población estandarizara su personalidad a un modelo único. Al la definición de felicidad que ha adoptado el gobierno.

Todo, absolutamente todo, será aprobado

Si esto le suena a una pesadilla totalitaria, ha acertado. Y esto permanecerá ignorado porque toda propuesta de gobierno será aprobada justificándola por su objetivo. ¿Quién se opondrá al objetivo de alcanzar la felicidad de la sociedad?

Eso recuerda a Harrison Bergeron, el cuento de K. Vonnegut.

Imagine usted una posibilidad, que se narra en ese cuento: las personas guapas tienen más probabilidad de ser felices, dice el gobierno. Para que las feas también lo sean es necesario reducir la belleza de los primeros. Hay que ponerles máscaras. Todos deben ser iguales.

Pensemos en la suegra malhumorada que hace infeliz al marido (o a la esposa). ¿Podría el gobierno intervenir para reducir el malhumor de ellas? Algunos verían eso con buenos ojos, pero seamos realistas. No se puede.

En resumen, la conclusión es simple y sólida: los gobiernos no pueden adjudicarse la responsabilidad de hacernos felices a los ciudadanos. Intentarlo ha sido llamado charlatenería política (quack policy).

Pero ninguna de sus propuestas y políticas podrá ser reprobada ni criticada. Al contrario, debe ser aprobada e implantada porque su propósito es bueno y sus intenciones positivas.

Finalmente

La obra de J. Whyte es un texto obligado en el tema Quack Policy: Abusing Science in the Cause of Paternalism (PDF).

No es broma la propuesta de hacer que el gobierno se haga responsable de la felicidad de la gente. En Venezuela hay un Viceministerio Para la Suprema Felicidad del Pueblo.

La idea llega a extremos poéticos o, mejor dicho, de rimas políticas:

En este tema es muy recomendable acudir al libro de Snowdon, Christopher. Selfishness, Greed and Capitalism. Institute of Economic Affairs, 2015, capítulo 8.

[La columna fue actualizada en 2019-12]