En Nuestra Señora de París, la novela de Víctor Hugo, como en todo buen libro, uno se encuentra con ideas que echan a andar a las neuronas.

Por ejemplo, al principio, se pinta a Quasimodo: cuando se le ve caminar resulta que es patizambo, cuando aparece se nota que es jorobado, cuando se le habla resulta que es sordo de tanto tocar las campanas, aunque no es mudo y tiene un solo ojo.

¿Sería mejor ser tuerto que ciego? Un personaje de esta escena responde

«No. Un tuerto es mucho más incompleto que un ciego, pues sabe lo que le falta».

Cosas como esas son buena parte de lo que hace a las grandes novelas, como una especie de filosofía derivada de la observación. Eso que todos vemos a diario, es captado por alguien y nos lo hace aparecer casi como nuevo ante nuestros ojos. 

En una de las descripciones de una parte de París, Hugo apunta que allí había tantas iglesias como molinos, pero que solamente quedan los molinos, «pues la sociedad no pide ya más que el alimento del cuerpo».

E incluso suele encontrarse una cierta poesía en la prosa de los buenos libros, como cuando se describen los ruidos de esa ciudad:

«Normalmente los ruidos que en París se oyen durante el día, son como el habla de la ciudad, y por la noche, son su respiración, pero en este caso, es la ciudad que canta». 

El autor de novelas como esta, creo, tiene una libertad mayor a la del filósofo que usando conceptos abstractos y siguiendo razonamientos disciplinados, nos muestra alguna verdad. La libertad de la literatura no tiene necesidad de tanto procedimiento y disciplina, pudiendo dejar caer, donde convenga, una idea como esta:

«Toda civilización tiene su origen en la teocracia, y su fin en la democracia». 

O bien, observaciones sobre la naturaleza humana, como estas dos:

«[…] cuanto más ciega es la pasión, con más tenacidad se mantiene. Nunca es más sólida que cuando no tiene en qué apoyarse».

«[…] pues aunque no se crea en nada, hay momentos en la vida en que uno siempre se acoge a la religión del templo que se tiene más a la mano».

¿No hemos acaso visto ocasiones en las que las pasiones se vuelven más tercas y sólidas conforme más ciegas son? ¿O situaciones en las que el más incrédulo de los hombres se acerca al sentimiento espiritual que más cerca tiene?

Nuestra Señor de París es una novela excepcional, escrita en 1831 y que, cosa fantástica, sigue manteniendo su atracción hoy. Aunque con una situación de desventaja, la competencia por el tiempo humano entre televisión, redes sociales y similares, y obras maestras como esta novela.

Escribo esto después de hacer varios intentos de ver series en televisión, en las que parece ser un requisito recurrir a la zafiedad y vulgaridad, con un lenguaje bajo y vil, y sexo explícito patán y burdo, que oscurece lo que de otra manera podía ser una buena historia.

Es como si quisiera exaltarse a la fealdad y la aberración, olvidando que existe la belleza y la finura. En fin, parecen estos ser signos de nuestros tiempos en los que se ha olvidado que existe eso que se llama ingenio, lucidez y talento.

Y una cosa más…

Las citas están tomadas de Hugo, Victor. Nuestra Señora de París (con notas): Anotada por Álvaro Díaz (Spanish Edition). Ediciones NACE. Kindle Edition.

Me recuerda todo esto una película, Rennaisance Man, en donde uno de los diálogos dice esto:

«[Talking about Shakespeare to the class]. Bill Rago: “He wrote plays. Plays…? You know, like TV without the box”».

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