Expertos e ignorantes

El problema es curioso. Es el balance entre la necesidad de expertos especialistas y del sentido común general. Entre un pequeño grupo de conocedores y un numeroso grupo de ignorantes.

Tome usted, por ejemplo, un tema, el del déficit comercial:

«De enero a septiembre pasados, el déficit comercial de Estados Unidos con México creció 10.9% a 53,092 millones de dólares […] » eleconomista.com.mx

Esta información tendrá un significado en cada uno de esos grupos. Los expertos lo verán de un modo y los no expertos de otro. Los expertos seguramente no tendrán la reacción emotiva de quienes desconocen el tema los que (1) se alegrarán si son mexicanos y (2) de alarmarán si son estadounidenses.

En casos así, las ideas que se necesitan son las de los expertos y especialistas, no las de los demás. Quienes, por ejemplo, vean con alarma ese déficit comercial podrán reaccionar pidiendo que se modifique un tratado de libre comercio, cuando el experto recomendará no poner atención en esa cifra.

A lo que hago referencia es al contraste entre las ideas de los especialistas expertos y las opiniones de quienes no lo son.

Este es un asunto central en la democracia, la que da gran poder a los no especialistas, incluso a quienes no tienen idea alguna acerca de un tema.

Ponga, por ejemplo, el caso de un referéndum acerca de si se establecen o no refinerías estatales que sustituyan a la importación de gasolina. Cualquiera que sea el resultado del referéndum, eso será la consecuencia de miles de votos emitidos por personas que no tienen la menor idea acerca del tema. El resultado podrá ser «democrático», pero no siempre conveniente.

¿Hace esto necesario que todas las decisiones sean todas tomadas por los expertos especialistas? Definitivamente no, como tampoco sería aconsejable dejar todas las decisiones en manos de los ciudadanos. Un sano balance entre los dos es aconsejable.

Si el experto no se deja llevar por sus sesgos personales y se orienta hacia la verdad; y si los ciudadanos no se dejan llevar por sus sentimientos y se orientan por su sentido común, entonces podrían tenerse una razonable situación propicia al progreso.

Si la anterior es la situación ideal, hacia la que debe dirigirse la política del cualquier país, saber esto nos permite conocer algo más útil aún: esa situación que sería la más indeseable. Quizá nunca se llegue a esa situación óptima, pero conocerla nos permite conocer cuáles son las situaciones que debemos evitar, esas que nos crearían riesgos serios.

— Dejar todo en manos de expertos, muy especialmente cuando se ostentan como expertos quienes en realidad son activistas de agendas ideológicas. El experto no es sustituto total del ciudadano.

— Dejar todo en manos de los ciudadanos, muy especialmente cuando ellos pueden ser muy fácilmente manipulados por gobernantes que persiguen mantenerse en el poder. El ciudadano no es sustituto total del experto.

— Dejar que los gobernantes renuncien a sus responsabilidades y se rijan solamente por los consejos de los expertos o el estado de la opinión pública, según convenga a su agenda de poder.

— Dejar el realismo político de lo posible y dejarse llevar por el optimismo sin escrúpulos de las promesas que suponen que es posible una sociedad ideal sin esfuerzo y con tan solo cambiar de gobernante.

El gran peligro es, en el fondo, el síndrome del optimismo irresponsable que hace creer que con tan solo poner a un nuevo gobernante en el lugar del anterior, el país se convertirá en uno de ensueño. Esto es lo que creo que sucede actualmente en México.

Ante la realidad de gobiernos consistentemente malos, de muy baja calidad y de honestidad cuestionable, el sentimiento general es uno de crítica desesperada que conduce a la búsqueda de soluciones simplistas que aceptan las pospuestas más ingenuas y absurdas de candidatos que se venden como garantía de un país idílico futuro.

El gobernante responsable, entonces, es ese que balancea las opiniones de expertos con opiniones públicas y tiene el sentido común, la inteligencia y la prudencia de gobernar en un estado de derecho.

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