Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gustos y estilos
Eduardo García Gaspar
2 enero 2018
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Las conversaciones son ocasiones de aprendizaje. No todas realmente, pero casi. Incluso las más triviales pueden contener alguna pieza de valor.

Fue ese el caso de una conversación reciente y que produjo ideas en abundancia. Varias personas hablaban de gustos culinarios y de intereses en viajes. La conclusión obvia es la que usted imagina: las personas son distintas, en gustos se rompen géneros, no hay estilos universales…

Muy bien, son esas las conclusiones usuales. A mi me gusta el queso roquefort y a otro no; uno le pone picante a las ostras, el otro no; uno va a museos cuando viaja, el otro no los visita. Nada por lo que usted no haya pasado varias veces.

¿Nos olvidamos de eso tan obvio y pasamos al tema siguiente, o puede encontrarse algo detrás de lo obvio?

Pienso que sí hay algo escondido en medio de esas conclusiones simples. Piense usted en la posibilidad de que sí existan criterios que resuelvan esos diferentes gustos y estilos. Por ejemplo, que exista un criterio que permita determinar que aunque no debe ser prohibido agregar salsa Tabasco a las ostras, es preferible respetar el sabor original de estas sin aditivos.

Es una posibilidad fascinante aunque en extremo problemática. No creo que tenga una solución fácil el encontrar un criterio que juzgue como inferior al queso fresco comparado con el queso Stilton. Ni encontrar una justificación para reprobar la adición de polvos picantes a frutas dulces, por horripilante que sea.

Quizá pueda verse esto como un terreno subjetivo, sin soluciones universales contundentes (como en cuestiones morales tal vez). Si alguien aborrece visitar catedrales durante sus viajes quizá sea conveniente admitir que sería mejor que lo hiciera, pero no comete una falta de consideración. Una asunto de levedad.

Sin embargo, es posible darle la vuelta al asunto. Un giro de 180 grados (hay quienes hablan de giros de 360 grados suponiendo que eso los coloca en una posición aún más opuesta que la de 180 grados). Veamos a las personas y no a las cosas. A ellas y no a los quesos, ni a los museos, ni a las ostras.

En otras palabras: la manifestación de gustos y estilos personales es una especie de retrato de lo que somos; una revelación de información personal que muestra lo que pensamos y valoramos.

Por ejemplo, algo simple, dos personas que viajan. Una de ellas es fanática de visitar museos y monumentos históricos. La otra no entra a museo alguno ni visita esos monumentos, prefiriendo pasar el tiempo probando los platillos del lugar.

Esa es una pieza de información acerca de la persona, como lo sería el resto de sus gustos y estilos. De la misma manera, es posible conocerlas examinando sus intereses más amplios, como la preferencia por la lectura en oposición a la preferencia por la televisión. Y mucho más, pues si examinamos a las creencias, a las opiniones ya las actitudes de ellas, eso es también una forma de encontrar quienes son.

Lo que hacemos y dejamos de hacer, nuestros gustos y estilos, nuestras aficiones y preferencias, lo que odiamos y amamos. Todo eso es información que hacemos disponible públicamente para revelarnos a otros. Así mostramos lo que somos, nuestra personalidad.

La pregunta que sigue es la obvia. ¿Es posible encontrar personalidades superiores a otras, personalidades reprobables y admirables? Creo que sí y que eso es simple en los casos de personalidades extremas, como cuando se compara al Marqués de Sade con Alexis de Tocqueville, o a Hitler o Stalin con Churchill.

Pero en los casos intermedios las cosas son extraordinariamente más complicadas por ser una mezcla de bondad y maldad y neutralidad. Todo lo que podemos aspirar a hacer es juzgar acciones concretas o pensamientos específicos, reprobándolos o aprobándolos. Un juicio final a la persona es imposible para los humanos.

Entonces, los gustos y estilos personales, muy difíciles de juzgar en terrenos como el arte y la comida, sí contienen una utilidad para revelar a la persona y lo que ella es en lo individual. Sobre lo que pueden emitirse juicios tentativos de superioridad o inferioridad en casos extremos y claros, pero no en los casos medios donde solo podemos juzgar algunas acciones o pensamientos concretos.

Mi conclusión es que juzgar a toda la persona en en el caso mayoritario una tarea imposible para los humanos, aunque sí podemos juzgar acciones e ideas concretas y específicas, como la condena del robo.

En asuntos de gustos y estilos, sin embargo, las cosas se complican. Quizá en algunos casos podamos decir que no es positivo estar en París y dejar de visitar Notre Dame, o que resulta mejor no añadir catsup a las ostras Gillardeau.

Pero esos son terrenos resbaladizos y de importancia menor, aunque en unión a otras facetas revelen a todos quiénes somos.

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